¿Cómo lidiar con Trump?

Mauricio Meschoulam

No sé. Esa es la respuesta corta y rápida. No está simple, en serio. Es decir, a raíz de sus recientes amenazas de imponer aranceles a productos mexicanos, han surgido toda clase de reacciones en nuestra opinión pública entre las que se incluyen la necesidad de reaccionar con mucha más fuerza y energía para que vea quiénes somos. Y se vale pensar así. En teoría, lo peor que se puede hacer al negociar es hacerlo desde una posición de debilidad. Solo que, para quienes nos dedicamos a estudiar todos los días la forma como ese presidente se conduce tanto al interior de EEUU como con otros países—aliados y rivales por igual—la cosa parece menos simple. Esta mañana, además de llamar al alcalde de Londres, “un frío perdedor”, Trump dijo que, si Reino Unido quiere un mejor acuerdo, lo que debería hacer es pararse de la mesa y dejar a los europeos sentados. De hecho, hace unas semanas, algo así es precisamente lo que hizo en la Casa Blanca. Apenas a unos minutos de iniciada una reunión de agenda colaborativa con legisladores, el presidente se paró de la mesa (haciendo “berrinche” según Pelosi) y, dejando a todos paralizados, corrió ante los medios a culpar a los demócratas del estancamiento legislativo que vive su país. Ese es Trump. Un presidente que ha entendido cómo usar sus poderes ejecutivos, incluso estirando las interpretaciones legales tanto como haga falta, para imponerse e imponer su agenda. Muchos, dentro y fuera de EEUU, están tratando de lidiar con él y no, no es tan sencillo. Intentando esa mirada panorámica, dejo a continuación algunas ideas al respecto.

Empecemos pensando en qué es lo que lo mueve y cómo se mueve este presidente:

1. Los temas sagrados de su agenda: America First (EEUU primero) y Make America Great Again (hacer a EEUU grande otra vez).

a. Para Trump, todos los países llevan décadas aprovechándose de EEUU y han sacado partido de la “inocencia” de los “pésimos” gobernantes previos a él (demócratas y republicanos). Las malas decisiones de esos gobernantes han resultado en terribles tratados, acuerdos y arreglos. EEUU es el que paga, el que “pone todo”, el que invierte, el que manda a sus soldados a luchar “conflictos ajenos y lejanos”, sin sacar “nada” a cambio. Peor aún, a la hora de comerciar, todos le ven la cara. Para Trump, su país se encuentra en desigualdad de condiciones en casi todas sus relaciones comerciales.

b. Esto supone para él, demostrar que lo que hicieron los mandatarios previos, es absolutamente mejorable: Estableciendo nuevas condiciones, nuevos tratos, renegociando o cancelando malos acuerdos.

c. El tema migratorio es especial en esa agenda. En la visión de Trump y su base, las políticas migratorias del pasado han sido un rotundo fracaso. Por las porosas fronteras se cuelan “criminales”, “terroristas”, y lo “peor” de los países “de mierda” del sur. Esto apela, entre otras, a emociones como vulnerabilidad y miedo, algo muy presente entre la población estadounidense, pero especialmente entre los republicanos y los votantes de Trump según estudios varios. ¿Cuál es el problema? Después de más de dos años de gobierno, los resultados en esta materia son nulos. El prometido muro no llega. El número de cruces de migrantes se mantiene escalando y las predicciones son que esto seguirá empeorando. Por tanto, todo (quiero enfatizarlo, TODO) lo que el presidente haga para mostrar a su base que él no escatima esfuerzos para “controlar” estos flujos migratorios, cumple con la lógica que mueve el corazón de su agenda. Incluso si ello supone adoptar medidas (como la imposición de aranceles a México) con las que sus más cercanos asesores no concuerdan. Cada paso tomado en esta dirección comunica el mensaje de que, a pesar de los obstáculos con los que se ha topado, él no soltará la cuestión migratoria. Y mientras más se acerquen las elecciones, esto se irá intensificando. Estamos en la Temporada 1 o 2 de Game of Thrones. Faltan muchas más.

2. Trump va a buscar siempre proyectarse como un personaje creíble, completamente dispuesto a cumplir con sus amenazas. Muchas veces las cumple, incluso si eso perjudica a los intereses de su país, solo con el objeto de comunicar que él, a diferencia de los mandatarios del pasado, sí cumple.

3. Es un personaje que se mueve muy bien en el conflicto. Mientras más, mejor. No le importa encarar al mismo tiempo a China, Europa, Canadá y México, o a los demócratas, a los medios y al alcalde de Londres. Trump vive y se nutre de ese conflicto, busca que sus contrapartes se enganchen en sus guerras de palabras, y una vez atrapados en la riña y en el lodo, consigue que la propia dinámica conflictiva lo haga crecer. El gran dilema es que decidir confrontarse con él supone entrar en su juego, pero evadirlo, también. Esto ha implicado para todos los países que negocian con él, intentar comprender cómo alcanzar un equilibrio entre la necesidad de ofrecer respuestas ante sus amenazas, sin activar espirales conflictivas interminables. Sobra decir que no todos esos actores han conseguido los equilibrios que buscaban.

4. Adicionalmente, se trata de un personaje reactivo, quien frecuentemente despliega respuestas no racionales ante las circunstancias. Es común que sus asesores o sus contrapartes busquen hacerlo entrar en razón y no lo consigan. Más aún, si de lo que se trata es de discutir cuestiones que él percibe como cruciales para sus agendas de “America First”, “Make America Great Again”, “Muros y Fronteras”, entre otras, desoye argumentos, ignora potenciales repercusiones de “largo plazo”, y se muestra recalcitrante, hasta agresivo con su equipo, al grado de provocar renuncias. Cuente usted la cantidad de personalidades que ha abandonado la Casa Blanca en este par de años. Algunos han preferido mantener ocultas sus diferencias con Trump. En otros casos, esas diferencias han salido a la luz.

5. Trump cree firmemente que EEUU es una especie de país todopoderoso, con muy pocas debilidades o defectos. Su país es la máxima potencia económica y militar y, por tanto, puede “invadir” Siria, destruir a Corea del Norte o a Irán en el mismo instante en que lo desee, o ganar cualquier—CUALQUIER—guerra comercial a la que se lance. Esto le otorga una autopercepción de fuerza absoluta, lo que, para él, es el punto de partida para cualquier negociación.

Y entonces, ¿qué se hace con un personaje que se siente todopoderoso, que responde de formas no racionales, que se alimenta del conflicto, quien busca deshacer lo que hicieron sus antecesores, construir muros, imponer aranceles y cerrar la frontera usando sus poderes de emergencia?

Repito, no es nada simple. Pero como hacer un poco de reflexión no nos cuesta, esbozo algunas ideas partiendo de la experiencia internacional:

Primero, normalmente no funciona confrontarlo. Que sus contrapartes caigan en la trampa de la espiral conflictiva es precisamente lo que él busca que suceda. Queda claro que esto no es siempre lo que nos dicen los manuales de negociación, el corazón o el orgullo. Pero con una persona así, lo que se necesita es mucha inteligencia emocional, pensar muchas veces antes de emitir cada palabra y cada respuesta, y dedicar el valioso tiempo y todo el esfuerzo al diseño de estrategias bien elaboradas. Las estrategias que han funcionado con él normalmente no incluyen entrar en su juego discursivo, en guerras de tuits, o morder los anzuelos que lanza pues eso alimenta los incentivos que él tiene para mantenerse por el camino que va.

Segundo, buscar aliados en sus círculos próximos y en círculos distantes (lo que incluye, por ejemplo, toda una serie de actores políticos y económicos en EEUU que se encuentran afectados por sus decisiones y medidas). Los canales de comunicación con estos actores deben ser permanentes, no solo limitarse a coyunturas como la que vivimos. Hacer un frente común con estos actores implica pensar en estrategias de corto, mediano y largo plazo para (a) minimizar el impacto de las crisis, (b) idear formas de incidir en los planteamientos o medidas impuestas. Esto puede implicar el encontrar caminos para que en lugar de confrontarse con la agenda de los temas que son cruciales para el presidente (ver punto 1), se le haga revisar alternativas con menores costos y más beneficios para impulsar esa misma agenda en la que firmemente cree. Abrir el abanico de opciones, transformar el conflicto en escenarios de ganancia mutua, cuando son comunicadas por actores a quien sí escucha—no siempre, pero sí a veces—son alternativas que tienden a funcionar mejor con personajes así. Hay que intentar trabajar con esos actores.

Tercero, buscar siempre un balance entre esa consideración de no caer en la trampa del conflicto, y a la vez, sostener (y saber comunicar) una posición de poder relativo. Los autores Starkey, Boyer y Wilkenfeld explican que el poder siempre es situacional y éste está determinado no por las capacidades materiales de un actor, sino por el abanico de posibilidades que ese actor tiene para incidir en agendas específicas. Conocer nuestras fortalezas y usarlas inteligentemente, sin caer en la trampa del conflicto, es todo un arte que hoy se requiere desplegar.

Hay mucho más que decir. La verdad es que muchos ya han intentado esos (y otros) caminos, y no todos han conseguido contener a Trump cuando se le sube una idea a la cabeza. Otros, como los demócratas en el Congreso, sí han conseguido doblegarlo temporalmente, solo para enterarse días después, de que cuando se trata de su agenda sagrada, él siempre cuenta con alternativas y poderes de emergencia para imponerse. Lo que, a mí, al menos, me queda claro, después de seguir muy de cerca lo que ha hecho cada uno de los días de esta administración, es que ante un personaje brutalmente anti-tradicional, las ideas tradicionales son menos eficaces de lo que a veces creemos.

Twitter: @maurimm

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