Crisis y críticos: ¿última llamada?

José Carreño Carlón

Autonegaciones. La secuela de la renuncia del secretario de Hacienda ha dejado sentir una serie de convulsiones internas en el régimen. Bandos enfrentados por territorios de poder y defecciones. El presidente sólo oye rechinidos y anuncia que habrá más.

El golpe (o intento de golpe) de estado bajacaliforniano aprobado por el Congreso local para avalar la toma del poder sin elecciones, una vez concluido el periodo para el que sí fue electo el gobernador de Morena, es visto como ensayo para una eventual prórroga del periodo presidencial y ha sido condenado incluso por el presidente morenista de la Cámara de Diputados. AMLO se lava las manos.

Un empresario farmacéutico, aliado y proveedor del gobierno y señalado por el oficialismo como siguiente gobernador de Jalisco, renuncia a su trampolín de superdelegado bajo siete investigaciones de la Contraloría. Silencio en Palacio.

Eso sí. El mandatario y su maquinaria oficialista en redes y medios electrónicos arrecian la violencia verbal contra empresas informativas nacionales e internacionales para desautorizar sus advertencias de crisis en ciernes. Ayer le tocó la descalificación a la señal de alerta del WS Journal sobre el daño a la confianza de los inversionistas provocado por la dimisión de Urzúa y sobre el riesgo que deduce la analista de la renuncia, de ver convertido al país en un feudo de AMLO.

Lo cierto es que, al séptimo mes de gobierno, el saldo crítico de las decisiones presidenciales cuestionadas por el dimitente refuerza la desconfianza en el ‘nuevo modelo’: freno a la actividad industrial, baja en la generación de empleos a niveles de hace diez años y una economía en el umbral de la recesión. Por si fuera poco, la rebelión en la Policía Federal y la coincidencia de la militarización de las funciones policiales y las agresiones presidenciales a la Comisión Nacional de Derechos Humanos, abren riesgos adicionales para el estado de derecho y revelan una nueva veta de inconformidad ciudadana.

Contra el pánico. De acuerdo a criterios de aplicación generalmente aceptados en el mundo, estos y otros hechos y datos apuntarían a un encadenamiento de crisis en ebullición en los órdenes político y económico. Nada que no pueda controlar el presidente si atiende a las señales de alerta y corrige la ruta de navegación: si escucha y no insiste en demonizar como neoliberal la que podría ser la última llamada —la de Urzúa— de contener el voluntarismo autocrático y sus efectos a la vista. No debería cundir el pánico frente a los filos de la realidad. La primera gran prueba en materia de prevención y, en su caso, gestión de crisis, radica en la oportunidad para diagnosticarla. Adelantarse a su estallido trae el riesgo de precipitarla. Pero retrasar su reconocimiento puede multiplicar y hacer incontrolables los estragos. Pretender que se gana tiempo al negar los truenos que anticipan tormenta, con evasivas, recursos distractores, ataques a la prensa y a los críticos, humor exclusivo para adictos y carcajadas nerviosas, en espera de que así desaparezcan milagrosamente los nubarrones, puede traducirse más bien en pérdida irrecuperable de tiempo para ponernos a salvo.

Funciones de la crítica. La forma que adopta el manejo de crisis califica las costumbres democráticas o autoritarias de un régimen. Un reto a enfrentar en las democracias radica en que críticos y opositores encuentran en las contingencias la oportunidad de poner a prueba capacidades y reflejos de los gobernantes, exhibir sus errores y explotar sus debilidades. Son las reglas del juego. En contraste, en los regímenes autoritarios estas funciones de la crítica y la oposición suelen atribuirse a conspiraciones, traiciones y falta de comprensión del cambio.


Profesor Derecho de la Información UNAM

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