Las pasadas campañas y elecciones evidenciaron la ruptura de viejos paradigmas políticos y replantearon los alineamientos programáticos y esquemas de toma de decisiones en el conjunto de los actores fundamentales de la vida nacional.

Particularmente zarandeó a la izquierda mexicana en sus valoraciones, estrategias y definiciones de línea política, y dejaron una gran confusión acerca del concepto de “izquierda” como uno de los saldos más preocupantes y urgentes de atender.

El Partido de la Revolución Democrática, principal instituto político que tradicionalmente había participado en elecciones presidenciales con fuerzas identificadas con el espectro de izquierda como el Partido del Trabajo (PT) y Movimiento Ciudadano (MC), ahora fue en coalición con Acción Nacional y MC; mientras que Morena, autodenominada —y a la postre vista por la mayoría del electorado— como la “izquierda verdadera” se alió con el PT y Encuentro Social, partido de corte religioso y claramente de derecha conservadora.

¿Qué coalición electoral representaba, entonces, la verdadera opción de izquierda? Una mayoría social piensa que por primera vez ganó la izquierda en México, y en el PRD no pocos suponen que el de AMLO será “un gobierno de izquierda”.

En colaboraciones anteriores en este espacio he argumentado que no es así, que el de AMLO no será un gobierno de izquierda, ya que una real “cuarta transformación” —ahora sí de izquierda— significaría enfrentar institucionalmente a los poderes fácticos, separar al poder político del económico, dejar atrás el presidencialismo, admitir un verdadero equilibrio institucional de poderes, y democratizar el poder público con una mayor participación de la sociedad; ampliar los derechos de las mujeres y de la diversidad sexual; impulsar una profunda reforma fiscal para que paguen más los que más ganan y que haya mayores recursos para educación, salud e infraestructura, así como una mejor distribución en las participaciones para estados y municipios, y no gastar el presupuesto que no se tiene en programas clientelares.

En suma: una modificación sustancial de las relaciones de poder.

Nada de eso está en la agenda del próximo gobierno, sino la concentración del poder en el presidente, así como simulación de ejercicios democráticos tipo “consulta popular”. Y dado que no saben cómo enfrentar la crisis de violencia ni quieren combatir a fondo la corrupción con un fiscal autónomo, y porque creen que con imponer una “Constitución Moral” se resolverán los problemas, entonces estamos ante el riesgo de que el país caiga en un pantano de consecuencias desastrosas.

Por eso no es tiempo de resignación ni de pesimismo paralizante.

Quienes hemos militado toda la vida en la izquierda, así como importantes sectores de la intelectualidad, la academia, y dirigentes políticos y sociales que compartimos estas preocupaciones, estamos obligados a conformar un polo de izquierda progresista, social y político, con profundo compromiso social, para actuar con urgentes iniciativas, y conformarnos como un contrapeso y opción ante los excesos del presidencialismo; ante la decepción de muchos electores, que ya está en curso.

Conscientes de que el PRD cerró un ciclo de su vida, en días pasados se creó una Comisión de Diálogo integrada por los principales dirigentes del partido, con el propósito de buscar acercamientos con fuerzas externas y avanzar hacia un nuevo modelo partidario, un nuevo programa y una línea política acorde con la nueva realidad.

No faltaron quienes de inmediato salieron a decir que era más de lo mismo, que aunque se cambiara el nombre, la gente no confiaría, y que el destino de esa decisión era el fracaso. O sea, “la nueva muerte” del partido.

En realidad, la crisis que vive el PRD no admitiría una transformación que no significara un salto hacia adelante, que derive en algo distinto y superior.

El gatopardismo y el auto engaño serían, ahora sí, mortales para este partido.

Con esa decisión se pretende empezar un nuevo ciclo de redefinición de la izquierda mexicana, que surja de la síntesis de lo más avanzado del pensamiento progresista y de izquierda democrática y social, con una dirección que represente esta suma de voluntades. La necesidad crea el instrumento y ante ese reto estamos situados.

Ex diputado federal

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