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Mientras escribo estas líneas, se lleva a cabo el primero de dos debates de lo que constituye la segunda tanda de encuentros de los aspirantes a obtener la candidatura del Partido Demócrata a la presidencia de los Estados Unidos. Si lo anterior le suena un poco enredado, apreciado lector, es porque son tantos los suspirantes que los tuvieron que separar en dos bloques de diez cada uno. Es decir que la primera tanda ya se realizó en Miami los días 26 y 27 de junio, mientras que esta segunda ronda tiene lugar en Detroit el 30 y 31 de julio.
No es común que un presidente en funciones que busca reelegirse tenga niveles tan bajos de aprobación como los que ostenta Donald Trump, ni tampoco que sea una figura tan divisoria, que suscita profundas emociones ya sea a su favor o en su contra. En ese sentido, Trump parecería un rival relativamente fácil de vencer: a lo largo de su gestión no ha logrado superar el 50% de opiniones favorables en ninguna encuesta seria; pese a la buena marcha de la economía, su agenda y su discurso están enfocados en otros temas, mucho más contenciosos: camina en territorio minado en política exterior (donde Irán, Afganistán, Corea del Norte o Medio Oriente le pueden estallar en la cara en cualquier momento), su ruta en materia de comercio internacional es similarmente arriesgada, con un TMEC con posibilidad de no ser aprobado por la mayoría demócrata en la Cámara de Representantes y lo que parece una inminente e inevitable guerra comercial con China.
Ante ese escenario y después de sus avances notables en las elecciones intermedias de noviembre del año pasado, los demócratas parecerían estar frente a una oportunidad inmejorable de despedir al presidente tras un solo periodo de cuatro años en la Casa Blanca. De hecho, hace apenas unos meses se especulaba que podrían no solamente retomar la presidencia, sino incluso la siempre elusiva —para ellos— mayoría en el Senado.
Pero es tal la animadversión que tienen por Donald Trump y lo que representa, que los demócratas se encuentran ante la paradoja de tener una cantidad tal de aspirantes que no solo no caben en un formato tradicional de debates, sino que ni siquiera terminan de acomodarse en dos: tener a diez oradores en cada sesión es no solamente confuso para el público, sino que se presta a maniobras distractoras o desesperadas de alguno de los contendientes. Y, mucho más relevante y riesgoso aun para ellos, contribuye a darle más tiempo en escena a candidatos con muy poca representatividad, que se encuentran demasiado a la izquierda de lo que el tradicional votante de ese partido está acostumbrado.
De los veinte precandidatos aceptados para los debates (hay por lo menos cinco o seis más que se quedaron fuera), solamente a cuatro o cinco se les considera con posibilidades reales de obtener la nominación y —más importante aun— de derrotar a Donald Trump en noviembre de 2020. Pero hay otros quince o dieciséis con los que están obligados a debatir y a compartir tiempo aire y visibilidad mediática que ya desde ahora son oro molido para cualquiera que pretenda ser competitivo. A la vez que se fragmenta la exposición televisiva, se dispersa también la popularidad y ese otro crucial componente de cualquier campaña exitosa: el dinero. Los donantes no muy saben a quién apostarle en estos momentos.
Son tales sus afanes por destronarlo, que los 20 precandidatos bien podrían ser los mejores aliados de la reelección de un Trump que se regodea en la adoración —que raya en el fanatismo— de sus partidarios y en la simpleza elemental de su mensaje patriotero, nativista y descaradamente racista.
Estas cosas no tienen tanta ciencia: la oposición en Estados Unidos necesita un mensaje unificado y propositivo en boca de una mujer o un hombre que aglutine más de lo que divide. Ya veremos si lo logran.
Analista político. @gabrielguerrac
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