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Cansado del castrismo, Fernando salió de Cuba pensando que llegaría a Estados Unidos, en especifico a Miami. Con préstamos y el dinero que unos familiares les mandaron, logró juntar los 2 mil dólares que le pedían para hacer un viaje en una balsa, pero fue timado: cuando se dio cuenta amaneció en Isla Mujeres.
“Aquí no es Miami”, dijo y de ahí empezó una nueva travesía. Con cinco años en otra isla, no tuvo más opciones que dedicarse a levantar camastros y al trabajo rudo en el único restaurante que le dio la oportunidad.
Le dijeron que “su caminar tosco y rudo intimida a los clientes”, pero él asegura que nunca se ha metido en problemas ni ha discutido con nadie.
No dominar el inglés no es problema para él, ya que no interactúa con los clientes. Su trabajo consiste en cargar los camastros, tener listas las sombrillas, que no falten los hielos y que no se acumule la basura. Por las noches debe cuidar las botellas y evitar que alguien irrumpa en el lugar; además del sueldo y del permiso para dormir donde pueda, recibe propina de los meseros a quienes ayuda.
“Lo más triste es la familia; no tengo manera de cómo saber de ellos; tenía dos hermanos ya grandes y no sé qué pasó con ellos, pero ¿cómo le hago?, no puedo regresar y ya me acostumbré a estar aquí, allá no había trabajo, no había nada, aquí me tratan bien.
“Tengo dónde dormir y comida no me falta, entonces solamente trabajo y me porto bien. No he tenido problemas con nadie y nunca me han pedido mis papeles; los policías y todos aquí no me dicen nada porque saben que llego no’más a trabajar y no hacer daño”, narra con cierta lentitud en sus palabras el cubano de 47 años.
Una vez que se empieza a levantar todo —antes de las cinco de la tarde— los meseros se retiran, le dan su propina y le encargan a los clientes. Parte de su trabajo es esperar a que el último se retire y acomodar todo en su lugar, después, dice, busca algo qué cenar y se resguarda, no sale, no toma y ocasionalmente se fuma un cigarro.
Los policías y los encargados de los estacionamientos saben que siempre deambula por las inmediaciones de playa Tortuga sin meterse en problemas con nadie.
“Ya lo conocemos, nadie le dice nada, su tamaño además da miedo y mejor lo tenemos como amigo”, comenta un guía de turistas que trabaja con él.
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