El videoclub que se niega a morir

Un negocio en la colonia Del Valle, de la Ciudad de México, sobrevive a las nuevas plataformas digitales, cuenta con 7 mil títulos

Don Rómulo González, junto con su hijo César, maneja el Videoclub Amores, el cual lleva más de tres décadas de vida en la capital (CARLOS MEJÍA. EL UNIVERSAL)
Espectáculos 10/07/2016 04:30 César Huerta Ortiz Actualizada 05:24

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Llegaron a ser 10 mil videoclubes en México y debía tenerse una credencial del lugar para poder acceder a la renta de películas; dependiendo el día, era el costo y su fecha de entrega.

Era la década de los 90 y Blockbuster y Videocentro disputaban la supremacía clientelar, además de haber otros negocios familiares que se esforzaban por permanecer en el mercado del formato casero.

Hoy, según datos extraoficiales, aún perduran poco más de 300 diseminados en territorio nacional, pero no existen cifras concretas tras haber desaparecido la Asociación Mexicana de Video, que los aglutinaba.

En la Ciudad de México por lo menos existen dos. El primero en Coyoacán, llamado Toma Uno; el otro es el Videoclub Amores que acaba de ser utilizado por Adal Ramones, Mónica Huarte y el realizador Juan Carlos Carrasco, para grabar una película.

Este último fue fundado hace 32 años por Rómulo González, cuenta con 7 mil títulos entre DVD y Blu-Ray.

En 1984 desembolsó 143 mil 640 pesos para hacerse de sus primeros 20 primeros títulos (todos en Beta, el antecesor del VHS) y entre los cuales se encontraban Pánico en Echo Park, hecha para televisión; Fiebre del oro en California y El valle de la furia, protagonizada esta última por la estrella hollywoodense Charlton Heston.

“¡Era la oportunidad de ver películas que habíamos visto en el cine y de pronto, podían estar en tu casa!”, recuerda el hombre de 71 años.

“No importaba si era buena o mala, la gente iba y la rentaba”, agrega.

La gente se formaba en filas que llegaban a los 50 compradores, mientras que había días requiriendo una decena de regresadoras de cinta trabajando simultáneas, para tener lista la película y entregarla al siguiente cliente.

Era el tiempo, narra, en que él y sus empleados (de los cuales llegó a contabilizar ocho) miraban por completo las películas que llegaban al lugar, para recomendarla a los interesados.

“Siempre me ha gustado el cine, como al 99.99 por ciento de la gente, sólo que yo quise también darle algo a los demás”, dice.

Hoy en su local que administra junto con su hijo César, hay una computadora de servicio con todo el catálogo disponible al público.

¿Cómo era enfrentar a los grandes videoclubes de la época?

Siempre fue difícil. Cuando llegó Blockbuster, Videocentro, que era pequeño, juntó sus tiendas y las hizo grandes, pero eso hizo que su radio de acción fuera más reducido.

A ellos les llegaban los estrenos dos o tres semanas antes que a nosotros y eso podía ser algo en contra. A mí me quisieron comprar para ser franquicia, pero dije que no.

Pero era decirle que no al respaldo de Televisa

Sí, pero pensé que si eso (el negocio del video) se acababa, pues era el final, y como independiente me gustaba más, creo que me salió bien (risas).

¿Muchos “pleitos” entre clientes o familias para elegir una película?

Pues no, más bien el problema es cuando antes y hoy han venido grupos de chamacos por una renta: cuando uno elige, otro ya la vio, a otro no le gusta y pasan dos horas, de verdad, eligiendo y al final se llevan una que no habían elegido al principio. En las familias, los niños siempre se quieren llevar una para ellos, aunque sea la misma que han visto varias veces (risas).

Antes las filas se acababan cuando ya no había películas qué rentar, ¿ahora cuánta gente llega?

Es variable, pueden ser 10 en algún momento al día. La gente sigue teniendo gusto por una película en casa, vienen de todas las edades, los chavos buscan ver cine que no encuentran digitalmente o en esas plataformas que hay y aquí se ha hecho una especie de museo, tenemos como una colección de películas.

¿Cuál es el enemigo entonces para el videoclub?

¡El tiempo! La gente pierde mucho transportándose de un lugar a otro y hay mucha oferta de diversión en los chavos como los teléfonos, todo el mundo chatea, la televisión tiene muchos programas, ya no tienen luego tiempo para ver películas.

¿Es negocio?

Da para vivir, antes podía uno salir de vacaciones, ahora ya no (risas). Las películas nos cuestan lo mismo que a como las venden en tiendas a todo mundo, la diferencia es que como las compramos en la distribuidora, ellas nos dan el póster, la publicidad y en lugar de adquirir ocho o 10 de cada título, como antes, ahora en promedio tomamos tres y eso abarata costos.

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