“No podemos permitir que en el Valle de México se hagan proyectos aislados, obras sexenales que queden truncas, ya no debemos permitir soluciones de carácter político”. La cita anterior no es reciente ni se refiere al Aeropuerto. No. La cita es de 2004, de una nota publicada en el periódico Reforma titulada Critican arquitectos plan para el Metrobus”. La construcción del Metrobús encontró rechazo en amplios sectores de la población, la mayoría de ellos poco afines al partido gobernante en el entonces DF. Pocos meses después de haber sido inaugurada la primera línea de Metrobús, el entonces asambleísta del PAN Jacobo Bonilla criticó el nuevo medio de transporte; la cita textual no tiene desperdicio por su cinismo: “Durante un recorrido por el Metrobús, el diputado que reconoció trasladarse en automóvil constató con los usuarios cómo los autobuses van saturados y es muy complicado caminar en el pasillo aglomerado”.

El debate público en torno a proyectos de infraestructura en México es francamente tedioso. Sin excepción, los adherentes a la corriente política que propone un proyecto lo defienden a capa y espada y sus contrincantes buscan frenarlo a toda costa. El resultado es un país inmóvil en lo necesario y frenético en lo aberrante. Sea lo que sea, si es una obra de infraestructura, la voz gruesa de la corrección política pública intentará frenarlo a nombre de una gran causa. En parte esto tiene un origen válido; solo hace falta ver la cantidad de permisos de construcción que se dieron en este sexenio en la CDMX para entender la desconfianza que han generado las autoridades. Sin embargo a esta legítima desconfianza también se suma un elemento francamente negativo e inmovilizador en la psique social.

El ejemplo del Aeropuerto demuestra lo estéril que es el debate público en este sentido. A juzgar por la discusión pública no se trata de la contraposición de dos proyectos con ideas y argumentos; sino la contraposición de dos contraposiciones, el objetivo no es lograr llevar a cabo un proyecto sino que el otro no logre llevar a cabo el suyo. La nueva moda de los detractores del Aeropuerto de Texcoco es señalar que ellos “prefieren el lago”. Es curioso que durante lustros un grupo de arquitectos, urbanistas e intelectuales empujaran un proyecto para recuperar dicho lago y ninguna de estas voces, muchas de las cuales estaban en el poder, mostraron el más mínimo apoyo al proyecto. Más curioso aún que ninguna de estas voces recuerde que uno de los proyectos finalistas para la construcción del nuevo aeropuerto fue el de Teodoro González de León, que justamente planteaba desarrollar un aeropuerto que permitiera un verdadero rescate del lago. Si lo que prefieren es el lago, ¿no sería más conveniente exigir que se cambiara este proyecto por el que propuso uno de los mejores arquitectos que ha dado el país? Un proyecto que realmente buscaba regenerar ese “lago” que hoy, independientemente de aeropuertos, está completamente abandonado.

Estos argumentos gustaran mucho a los allegados al proyecto del nuevo aeropuerto en Texcoco, pero su posición es igual o más inconsistente. Este grupo apoya el proyecto de Texcoco pero considera que el Tren Maya es innecesario, que no hay estudios que lo avalen (aunque todavía ni siquiera entra el nuevo gobierno) y le parece un capricho y un gastadero de dinero innecesario y descomunal. Todos esos argumentos podrían aplicar al aeropuerto que actualmente se construye, pero se utilizan únicamente para atacar aquello que viene desde un lugar político que no agrada.

La inercia es agotadora; el presidente electo que quiere su tren y se queja de los que lo rechazan pero él mismo rechaza con vehemencia el aeropuerto. El grupo crítico al nuevo presidente electo que defiende el aeropuerto de Texcoco pero le parece una estupidez construir trenes, puertos y otros tipos de infraestructura. Los liberales que defendieron el tren a Querétaro, ahora en contra del Tren Maya; aquellos que se opusieron al tren a Querétaro ahora exaltados con el Tren Maya. Los ambientalistas que quieren el lago pero no la selva, los ambientalistas que se preocupan por la deforestación de la selva maya y cuando se plantea un proyecto de reforestación nacional se indignan porque no es cómo ellos pensaban o con quien ellos pensaban. País de cangrejos.

Sospecho que hay muchos que observamos tímidos y agotados estos debates, temerosos de decir que nos gustan los proyectos que transformen la realidad. Sospecho que hay muchos que sí queremos ver innovación pero no nos atrevemos a decirlo públicamente por miedo a ser tachados de ingenuos o comprados. Sospecho que habemos muchos que deseamos un debate en torno al país que queremos y no al lado al que pertenecemos. Sospecho que hay muchos que queremos exigir transparencia y buena planeación y un debate público serio sin tintes partidistas. Sospecho que hay muchos que creen que este país si necesita cambios; que se necesitan bicicletas, metrobuses, parquímetros, parques, trenes, aeropuertos y una política ambiental seria. Sospecho que somos muchos pero estamos desorganizados y nos auto-censuramos; entonces el debate público lo monopolizan los cangrejos.

Analista político

Google News

TEMAS RELACIONADOS

Noticias según tus intereses