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hector.morales@eluniversal.com.mx
Río de Janeiro.— Ismael Hernández es un atleta que bien podría ser comparado con un fénix. Se acostumbró a resurgir de sus cenizas, a regresar de los castigos que le ha impuesto el infortunio.
De formación castrense, porque su madre es miembro del Ejército. Llegó al Pentatlón Moderno como una cuestión de deber, porque le impusieron que no sólo debía dedicarse a los estudios, sino tener evitar tener la tarde libre para desarrollarse íntegramente. Junto con otros niños, comenzó a formar su carrera deportiva en los campos de la Secretaría de la Defensa Nacional.
Un entrenador le propuso ser de un selecto grupo de atletas. Le dijeron “vas a correr, nadar, montar a caballo, practicar tiro y esgrima. La idea le fascinó. Fue el comienzo hacia una medalla de bronce inesperada para México.
Pero vinieron los problemas para su trayectoria. Tras ganar plata y bronce en los Juegos Centroamericanos de Mayagüez, tuvo un problema de dopaje por clembuterol que le provocó una suspensión de un año; encontró consuelo en su familia. Previo a Londres 2012, sufrió fracturas en la cara que le impidió acudir a la justa.
Volvió. El estruendo de su tenacidad está demostrado con una medalla de bronce en Río 2016.
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