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¿Por qué no había venido antes? Esa es la pregunta que nos hacíamos al disfrutar la soberbia faena que el riojano Diego Urdiales realizó con el magnífico toro de su confirmación de alternativa, ayer ante una aceptable entrada en la Monumental Plaza México. Tuvieron que transcurrir 16 años para que al fin viniera a ratificar el doctorado que obtuvo en la plaza francesa de Dax en 1999 de manos de Paco Ojeda. Diego le tuvo paciencia a un toro que tardaba en acometer, pero que una vez que pegaba la primera arrancada se iba como hilo de media hasta repetir sus embestidas en las generosas series de toreo clásico que hilvanó este maduro y técnico diestro español. Un atributo importantísimo del trasteo fue la rapidez con la que se acopló a la embestida del toro mexicano en apenas su primer contacto con el ganado nacional dentro de una plaza y vestido de luces. Poco importa que haya perdido las orejas, pues una faena tan bien vertebrada y con tanta profundidad no se ve todos los días. En su segundo turno, Urdiales volvió a brindar pasajes de gran toreo pero el toro impidió la unidad y la redondez.
Fermín Rivera tuvo que salirse de su estilo para arrancarle una oreja al segundo toro de su lote, que fue reservón y terminó rajándose. Sólo destellos había brindado el sobrino de Curro Rivera ante el segundo del encierro, en el que escuchó un aviso.
Fermín Espinosa ‘Armillita’ pasó de puntillas tras estrellarse con un lote desabrido.
Se lidió un encierro disparejo de presentación y de juego desigual de la ganadería de Bernaldo de Quirós, que dio poco juego y careció de raza, con excepción del excelente primer ejemplar que cayó en las torerísimas manos de Diego Urdiales.
En el prólogo ecuestre, lucieron la frescura, el temple, la buena monta y la precisión para clavar los rejones del bisoño caballista queretano Alejandro Zendejas.
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