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Perdió la mano, pero no la pasión

Rolando González encabeza la “Perra Brava” de Toluca y cuando era joven un cohetón le voló una extremidad

“No era una luz, sino un cohetón. Enfrente de mí había unos niños y más abajo, gente, mucha gente” (JORGE ALVARADO. EL UNIVERSAL)
Universal Deportes 28/02/2017 00:45 Édgar Luna Cruz Toluca Actualizada 00:45

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La explosión resonó en toda La Bombonera, y marcó de por vida a Rolando González, un joven que en esa fecha —17 de marzo de 1999— había acudido al estadio para apoyar a sus Diablos, a sus rojos, en un duelo clásico en contra del máximo rival... El América.

Ese día, esa tarde, por un error, por una grave distracción, perdió la mano, pero no, no perdió la afición por su equipo y 18 años después es orgulloso líder de la barra “Perra Brava”, una de las más famosas del futbol mexicano.

Pero todo en la vida tiene un precio, que a veces es mucho más alto del que uno está dispuesto a pagar.

Rolando lo recuerda como si fuera ayer: “Cuando nosotros comenzamos en esto de hacer la barra, se nos permitía todo, podíamos meter al estadio cohetes, bengalas, todo tipo de artefactos”.

El líder, en entrevista exclusiva con EL UNIVERSAL, luce orgulloso su playera roja, la de los Choriceros, y no se molesta por ocultar el muñón que le recuerda lo que no debió pasar: “Para manejar la pólvora, uno debe tener conocimiento de lo que está manejando, y en esa época no hubo quienes nos orientaran”.

Ese día “metimos bengalas. Eran las 3 de la tarde. Metimos bengalas y cohetones. Los cohetones los poníamos en el alambrado y al gol nos retirábamos para encenderlos y hacerlos estallar. Había personas encargadas para hacer esa labor y las bengalas las encendíamos cuando comenzaba a oscurecer”.

Entonces sucedió... “Desgraciadamente no hubo una buena organización. Sobró un cohetón, no lo colgaron en el alambrado y lo metieron en las cajas de las bengalas. No había diferencia entre cohetones y bengalas, sólo que estaban en diferentes cajas”.

El estadio rugió de emoción, el Toluca acaba de anotar un gol, y la tribuna de sol, la de la “Perra Brava”, estallaba de júbilo. “Alguien se agacha y agarra lo que creía era una bengala. La prendo, pero algo me dice que no... No era una luz, sino un cohetón. Enfrente de mí había unos niños y más abajo, gente, mucha gente”, recuerda.

La decisión se tenía que tomar en segundos. “Le grito a los chamacos que se retiren, pero por el gol no me hicieron caso. Quise aventarlo hacia la cancha, pero podía darle en la cabeza a alguien. Miré hacia atrás y no había espacio”, prosigue. Rolando sólo alargó la mano, lejos de su cara, la apretó y “soporté el estallido. Perdí la mano, desgraciadamente”.

El muñón queda como testigo de los errores de la juventud, de cuando un segundo de indecisión se convierte en toda una vida de lamentos... Aún así, Rolando va cada ocho días a ver a sus Diablos. Aprendió la lección y espera que a los que vienen detrás “no les suceda algo así”.

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