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París.— Portugal vive al ritmo de Cristiano Ronaldo, de sus estados de ánimo y de sus golpes de genio. Su ansiedad llevó al equipo al borde del precipicio, de donde su maestría acudió a rescatarle.
Todo pasa por la figura del 7 en el grupo portugués, donde desde su seleccionador al último de los utileros asumen que tener a una estrella de su talla marca cada instante de la expedición.
Su falta de puntería contra Islandia y Austria —diez remates a portería en cada partido, un penalti estrellado contra el poste contra los segundos— dejó a Portugal en una posición difícil, obligado a no perder frente a Hungría para seguir en la Eurocopa.
El estado de nervios era patente y se dejó ver incluso en la víspera, cuando durante el paseo matutino por Lyon, Ronaldo arrebató el micrófono a un periodista luso que se interesaba por su estado y lo lanzó a un lago cercano.
Portugal salió al campo atenazada ante la perspectiva de quedarse fuera a las primeras de cambio, pese a que el equipo se había marcado una meta elevada, levantar el trofeo el próximo 10 de julio en Saint Denis.
Y fue ahí, noqueados y huérfanos de su estrella, cuando apareció el triple Balón de Oro para prolongar la aventura. Cuando parecía que el rastro de Ronaldo por la Eurocopa de Francia iba a limitarse a unas cuantas líneas en su nómina de récords individuales —primer jugador en marcar en cuatro ediciones diferentes, primer jugador en llegar a los 17 partidos en un europeo, plusmarquista luso de duelos internacionales—, el madridista emergió para rescatar al colectivo.
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