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ana.pinon@eluniversal.com.mx
En la obra XX veces +, con la que José Rivera celebra los 20 años de la compañía La Cebra Danza Gay, hay una escena en la que se escucha la canción “No me arrepiento de nada” en voz de Edith Piaf. El coreógrafo que ha luchado en contra de la homofobia, la estigmatización y la discriminación de las personas con VIH y a favor de los derechos humanos, hace un corte de caja y confiesa: “Todo lo que hice valió la pena. Cometí muchos errores, como todos, y los voy a seguir cometiendo. Yo no me arrepiento de nada”.
La compañía se encuentra en pleno proceso creativo tras una pausa de casi un año, debido a que Rivera se dedicó por casi tres años a dirigir el Ballet Independiente, grupo emblemático de la escena nacional.
En su nueva obra, que presentará del 20 al 22 de mayo en el Teatro Benito Juárez, hace una revisión histórica de lo que ha sido La Cebra. Hoy, dice, las nuevas batallas de las presentes y futuras generaciones debe ser por la eliminación de la segregación. “Un día no deberían de existir los bares gay”.
¿Hubo un receso de la compañía La Cebra mientras dirigiste el Ballet Independiente?
Nunca hubo una pausa como tal porque siempre dimos algunas funciones, por ejemplo, fuimos a los reclusorios, a Mérida, pero sí eran muy esporádicas. El receso, en realidad, fue de unos ocho meses. Yo le di todo al Ballet Independiente, pero en mi interior siempre hubo una voz que me decía que no debía dejar morir mi proyecto; además había mucha gente que me pedía ver a La Cebra. Salí un poco cansado del Ballet porque no soy medias tintas, me importaba mucho la compañía, el legado de Raúl Flores Canela, me dediqué a formar nuevos bailarines, a remontar sus obras, cosa que no es fácil; realicé obras mías y también formé coreógrafos, nos fuimos Cuba, a Alemania, inauguré un foro, así que llegó el momento de hacer una pausa, la necesitaba. Después de tres años dejé el Ballet y entonces comencé a prepararme para los 20 años de La Cebra, a reflexionar sobre el rumbo que quería tomar con mi proyecto.
La Cebra fue un boom en su momento, pasaron muchas cosas cuando estrené obras que hoy son emblemáticas, como Antes que amanezca; la Sala Miguel Covarrubias se llenaba, también el Teatro de la Danza. Yo no quería bajar el nivel, no podía ser menos de lo que ya había hecho, pero tampoco quería repetirme. Pasé seis meses de reflexión profunda, empecé a estudiar la historia de La Cebra.
¿Qué descubriste en ese proceso?
Que quería hacer una obra de los 20 años de La Cebra, pero no sobre nuestra historia en la escena, sino sobre todo lo que pasó en mi casa. No soy un coreógrafo que ensaya y se despide. En mi compañía, después de trabajar, vamos a mi casa, comemos juntos, nos tomamos un café, seguimos haciendo cosas como sesiones de foto, celebramos los cumpleaños, hacemos fiestas que se prolongaban hasta el otro día. Mi relación con los bailarines ha sido muy estrecha, muy profunda y muy intensa, claro, con unos más que con otros. Hubo bailarines que dejaron una profunda huella, otros ya no están, han fallecido seis.
¿Se volvieron tu familia?
Sí, por supuesto. He hecho un recuento y han pasado por La Cebra unos 120 bailarines, son muchos. Algunos vivieron en mi casa por temporadas. Revisar esta historia no fue fácil porque se abren las maletas, los baúles, las nostalgias, los dolores. Por ejemplo, están muy presentes bailarines como Manuel Stephens, Israel Del Río y Roberto Robles.
¿Hiciste escuela?
Sí. Christian Rodríguez estuvo mucho tiempo en la compañía y ahora tiene su grupo, aunque hubo gente que me dijo que copiaba mi concepto, yo no lo vi así, para mí es un tronco más del árbol. Hay otros como César Romero y Bruno Ramírez que se han ido por la misma vertiente de la danza gay y me da mucho gusto. Espero que los que están ahora continúen conforme a los nuevos tiempos, porque mi discurso también se ha transformado, ya no es militante porque el país ha cambiado. Espero que los bailarines continúen con cosas que tuvieron en su nacimiento en La Cebra.
Hace tiempo decías que pensabas en un retiro. ¿Aún lo piensas?
Una de las cosas que más disfruto es estar en escena, pero el tiempo me ha enseñado que se puede abordar la escena de muchas maneras, hay que escuchar al cuerpo. Ahora bailo toda la obra que vamos a presentar, pero no van a ver al José de antes, con todo el rigor físico, ahora soy un personaje que entra en juegos oscuros con los bailarines, pero que también es capaz de encontrar cosas muy luminosas con ellos.
¿En estos 20 años ha habido culpas, yerros?
Sí. Fundé La Cebra siendo muy joven, no fui a una escuela de dirección y cometí muchos errores, como los cometieron otros, como Raúl Flores, pero los errores son parte de la historia. Lo importante es ver todo lo que pasó sin tapujos. A veces los bailarines se van muy enojados de la compañía, pero años después me han llamado y me siento reconfortado, hay otros que quizá nunca me vuelvan a llamar, a otros les tomará más tiempo; a otros me acercaré yo. Estoy tan bien que no me aferro a los fantasmas del pasado. Quiero soltar cosas.
¿Soltar es la pauta para una nueva visión de La Cebra?
Todo depende de cómo yo siento. Ahora estoy muy bien, tengo muchas ganas de darle vida a la compañía desde este José Rivera de casi 48 años, con todo este bagaje, con todo su historia. Quiero seguir formando bailarines, quiero seguir en la escena, pero teniendo en claro cuál es mi papel, sería ridículo que yo quisiera bailar como si tuviera 20 años; habrá proyectos que sólo dirigiré, ya tengo un proyecto para el otoño, quiero seguir en las cosas, tengo ganas. Mi reestructuración fue en muchos niveles. Tiré cosas, tiré muebles, regalé cosas, tiré vestuario de 10 obras porque estoy convencido de que ya no se va a bailar más. Tiré el vestuario de Antes que amanezca, de Oraciones, ¡se acabó! Deseo hacer muchas cosas nuevas, que mis bailarines tengan ese ímpetu, que el público sepa que se le presentaran cosas nuevas, no quiero ser una compañía de repertorio. Sé que había parte del público que magnificó algunas obras y las quería seguir viendo. Antes que amanezca fue un caballito de batalla, fue una obra de protesta, pero ya no estamos en el mismo tiempo en que la hice, la comunidad para la que he trabajado durante tantos años ya no es la misma, ya tenemos voz y voto en la Ciudad de México y en algunas provincias, así que mi discurso no puede seguir siendo el mismo. Si no cambio, es aceptar que no tengo la capacidad. Además soy joven, Guillermina Bravo creó obras maravillosas cuando tenía 80 años, yo no puedo pararme a ver mi repertorio.
¿Y cambiaría la estética?
Tirar mi vestuario no fue fácil, de verdad me cuestioné si podría ser capaz de no volver a bailarlas. Mi cuerpo es diferente y sé que tengo razón, que tomé la decisión correcta. Lo que estoy pensando es subir los videos de algunas obras a YouTube. Tengo registro de todo, siempre fui muy cuidadoso, tomé fotos de todo, de los viajes, de los pasteles, de las sesiones, del avión, de los hoteles, de las fiestas. En el invierno me voy a dedicar a ver todo lo que tengo, porque quiero hacer un libro, no sólo escénico, sino también detrás de bambalinas. Hay cosas entrañables y tengo muy presentes a algunas personas que estuvieron en la compañía. Manuel Stephens es uno de ellos, él siempre me dijo que estábamos haciendo historia y lo consideré un loco, ahora sus palabras están presentes, por eso quiero plasmarlo todo y presentárselo a las nuevas generaciones.
En los ensayos soy muy riguroso, tengo fama de eso y sé que por eso algunos bailarines están enojados conmigo; pero cuando se acaba el trabajo todo es para reír, para divertirnos, me gusta que me cuenten lo que está pasando en su mundo de juventud, quiero seguir siendo el José que mucha gente conoció, no quiero olvidar a ese José.
¿Cuáles deberían ser las nuevas batallas de la comunidad gay?
La Cebra contribuyó con su granito de arena a que la comunidad a la que pertenezco viva en mejores condiciones. Los jóvenes tienen ahora una libertad que yo no tuve cuando llegué a la ciudad. Lo que hice no fue para que un día se me agradeciera, sino porque lo tenía que hacer. En su momento hicimos lo que teníamos que hacer. Ahora me gustaría ver un México y un mundo donde no nos segreguemos. En un futuro no debe haber bares gay ni bares hetero, las personas deberíamos poder entrar a cualquier lugar; que no nos defina ni la orientación sexual ni religiosa ni política ni ideológica, eso sería para mí la verdadera libertad.
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