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La palabra “apostador” tiene una connotación negativa. Suele asociarse con la pasión por los juegos de azar y el culto destructivo a la diosa Fortuna. La figura del apostador evoca la búsqueda desesperada de la riqueza a partir de un golpe de suerte que todo lo cambie. Nada parecería más alejado del hombre moderno, racional y calculador.
Sin embargo, como dice Anie Duke, en su reciente libro Thinking in Bets: Making Smarter Decisions When You Don´t Know All the Facts, casi siempre que tomamos decisiones estamos apostando. La mayoría de las veces no son apuestas contra otras personas, en las que uno pierde y el otro gana, sino contra “diferentes versiones futuras de nosotros mismos que no hemos elegido”.
En otras palabras, cada vez que decidimos estamos ante una encrucijada. Entre la ruta que escogemos y el resultado que obtenemos media la incertidumbre. No sólo enfrentamos factores que están fuera de nuestro control. Al decidir a menudo nos encontramos ante información valiosa que desconocemos.
Duke, una exitosa jugadora profesional de póker, encuentra asombrosos paralelismos entre el mundo de los tahúres y otros ámbitos como los negocios, la política o los deportes. En todos los casos, la toma de decisiones se lleva a cabo en condiciones de incertidumbre. Podemos escoger la mejor de las alternativas en cada punto y, aún así, perder la partida, porque desconocemos cuáles nuevas cartas se repartirán o se pondrán a la vista.
Asumir que cuando decidimos apostamos conlleva ventajas. De entrada, nos obliga al sano ejercicio de pensar en probabilidades y calcular el riesgo de que las cosas resulten de una manera distinta a la anticipada. “¿Cuánto apuestas?”, la típica pregunta que suele lanzarse para desafiar la veracidad de alguna información, nos lleva a pensar dos veces y contemplar la posibilidad de estar equivocados.
La consciencia del papel del azar y de la suerte nos ayuda a ser más objetivos a la hora de evaluar nuestras decisiones y las de los demás. Nos protege de una de las falacias más comunes: juzgar la calidad de las decisiones por los resultados. Como en el póker, en la vida real podemos haber tomado la decisión correcta y, aún así, obtener un mal resultado. También lo contrario suele ocurrir: malas decisiones seguidas de buenos resultados. El éxito sobreviene a pesar de nosotros mismos.
Ante ello, Duke tiene dos consejos: primero, no marearse con el éxito ni deprimirse con el fracaso (los dos grandes impostores, como diría Winston Churchill) y, segundo, aprender a discernir cuándo el resultado se debe a la suerte y cuándo a nuestra habilidad, independientemente si fue bueno o malo.
La tarea no es fácil, advierte Duke. Hay experiencias que tienen poco que enseñarnos, pues casi todo se debe al azar. Más comúnmente, los resultados se deben a una mezcla de suerte y habilidad, y separar una cosa de la otra se vuelve un proceso complicado e incierto. Los resultados por sí mismos no nos dicen qué es nuestra culpa y qué no.
Pero con frecuencia, la mayor dificultad para aprender de los errores, tanto de los propios como de los ajenos, somos nosotros mismos. Tenemos propensión natural a la autocomplacencia, que nos lleva a atribuir las cosas buenas a nuestra habilidad y las cosas malas a la suerte. Por ello, el conocimiento verdadero, tanto en los negocios, la política como en las apuestas, empieza por volvernos conscientes de nuestros impulsos irracionales y la tentación siempre presente de culpar a alguien más de nuestros propios errores.
Consejero electoral del INE
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