Se encuentra usted aquí

Gays y religión

09/12/2018
04:11
-A +A

La población homosexual no tiene problemas con las religiones. Las religiones sí tienen problemas con los gays. El orden de los factores sí altera el producto. Las declaraciones recientes del papa Francisco sobre la homosexualidad, vertidas, en el libro La fuerza de la vocación. La vida consagrada hoy, suscitan preguntas. Se trata de una conversación del Pontífice con el misionero Fernando Prado Ayuso. En el libro/entrevista, el papa Francisco explica su preocupación por el número de sacerdotes y religiosos homosexuales y sostiene “que su Iglesia podría verse invadida por la ‘moda’ de la homosexualidad”.

La simple idea alarma. Ser homosexual ni es moda ni es elección. Hubiese sido correcto que tanto el entrevistador, Fernando Prado Ayuso, como el Papa, se hubiesen informado, sobre todo con médicos, acerca de la homosexualidad. Preocupa que dentro de la Iglesia se considere que ese segmento de la población padece la “enfermedad de la homosexualidad”: “Cuando hay candidatos con neurosis y desequilibrios fuertes, difíciles de poder encauzar ni con ayuda terapéutica, no hay que aceptarlos, ni al sacerdocio ni a la vida consagrada… Tengamos en cuenta siempre que son personas que van a vivir al servicio de la Iglesia, del pueblo de Dios… La cuestión de la homosexualidad es muy seria. Hay que discernir desde el comienzo con los candidatos, si es el caso. Hemos de ser exigentes. En nuestras sociedades parece incluso que la homosexualidad está de moda y esa mentalidad, de alguna manera, también influye en la vida de la Iglesia”.

La homosexualidad ni es moda ni es enfermedad. Buena parte de la población gay, sobre todo en Occidente, afortunadamente, al dejar de “esconderse” ha optado por una “vida normal”, lo cual les ha dado mayor visibilidad. No es que se reproduzcan con mayor celeridad ni que sean una moda como sustenta el papa. Las modas, en la sociedad moderna, suelen ser un fardo. Las modas, pensemos en la ropa, en la delgadez femenina o en la proliferación de gimnasios, se contagian. La homosexualidad ni se contagia ni busca adeptos ni es proselitista.

Estigmatizar a la población gay tiene riesgos. La sociedad, homofóbica como es, lincha y asesina a gays. En los últimos cinco años, en México, 381 personas lesbianas, gays, bisexuales y transexuales fueron asesinadas por su orientación sexual. Excluirlos y estigmatizarlos desde la religión puede incrementar la agresión contra ellos: “Para evitar la entrada de los homosexuales en la vida consagrada, explica el entrevistador, Francisco pide a los responsables de los seminarios y noviciados que mantengan ‘los ojos abiertos’ y ‘detecten candidatos’ que podrían desarrollar ‘más tarde esas tendencias’”, una especie, pienso, de clero policial, cuya función ignoro cómo se cumplirá, pero presagio sus consecuencias negativas.

No existen ni exámenes médicos, ni genéticos, ni psiquiátricos, ni sociológicos capaces de establecer el diagnóstico de homosexualidad. Quienes desean ocultar su identidad sexual lo hacen con facilidad. Solicitar a los responsables de los noviciados la detección de posibles candidatos es inadecuado: evidentemente carecen de esa capacidad. Los dos extremos, equivocar o no “el diagnóstico de homosexualidad” conlleva peligros: ¿Qué sucederá cuando equivoquen su diagnóstico y qué sucederá con los candidatos cuando los entrevistadores “descubran” a un homosexual cuya meta era entregarse a Dios y contribuir con la religión?

Han transcurrido 28 años desde que la Organización Mundial de la Salud retiró la homosexualidad de su lista de enfermedades mentales, basada en la eliminación de la homosexualidad del Manual de diagnóstico de los trastornos mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría. A pesar de la declaración de la OMS, aproximadamente en 70 países la homosexualidad es considerada ilegal. Las ideas del papa Francisco parecerían avalar la “ilegalidad humana” de esa población.

Cinco años atrás el papa mostró otras ideas. Cuando se le interpeló acerca de los homosexuales dijo comprenderlos, “¿Quién soy yo para juzgarlos?”, se preguntó. Ignoro las razones del cambio de postura. Dar fuerza a ideas homofóbicas es inadecuado.

Avanzado el siglo XXI, en un mundo cada vez más dispar, incluir y no excluir, aceptar en vez de estigmatizar, comprender en lugar de señalar y abrazar en vez de abrasar es imprescindible. Ofrecer herramientas negativas a sociedades excluyentes y homofóbicas, muchas europeas, i.e., Rusia; muchas francamente religiosas, i.e., Polonia, fortalece fanatismos. Los fanatismos matan y excluyen. Los homosexuales comparten humanidad con los heterosexuales.
 


Médico

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor de la Facultad de Medicina, UNAM. Miembro del Colegio de Bioética. Colabora mensualmente en la revista Nexos. En 2013 publicó "Decir adiós, decirse adiós" (Mondadori).