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El nuevo mundo: el ADN de Trump

15/07/2018
02:14
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El ácido desoxirribonucleico —ADN— no es y no será nunca el culpable. Tampoco quienes lo descubrieron. Su amplia gama de beneficios en Medicina nada tiene que ver con la fascinación que el racismo, y sus fanáticos los racistas, sienten por las diferencias entre seres humanos. Desde siempre se ha creído que el ADN juega, además del color de la piel, la raza y otra variantes, un papel fundamental entre un ser de “primera clase” y otros de “otras clases”. La ciencia ha dado un varapalo a los supremacistas: ratones y humanos comparten, del total de los 30 mil genes, al menos 99%. El mundo del ADN para la ciencia es fascinante; para los racistas, sus implicaciones, altura, color de ojos, inteligencia, también lo es.

El uso adecuado del ADN salva vidas. Su uso inadecuado mata. La distancia entre sus beneficios y el discurso malévolo del racismo es infinita pero mensurable. Me refiero al ser humano. Unos leen los informes contenidos en las células y otros reivindican postulados racistas o favorecen y aplauden las infinitas desmesuras de Trump. Trump no es ni Hitler ni Pinochet ni Efraín Ríos Montt ni Pol Pot ni Slobodan Milosevic ni tantos otros. Trump es Trump, y Trump es la cara visible de 60 millones de seguidores cuyas opiniones no varían un ápice diga lo que diga, o más bien, a pesar de lo que espete. Sus hinchas han convertido la política tuitera en religión.

La prensa ha dado cuenta de los 3 mil niños que Estados Unidos y Donald han separado de sus padres. Ni un chico ha muerto y hasta ahora ninguno ha desaparecido. El tiempo dará cuenta del trauma psicológico y físico de los menores de por sí atormentados por las historias de vida que empujaron a sus familias a abandonar sus tierras en busca de esperanza. Tierra y esperanza son pilares en la vida. Cuando una y otra se resquebrajan, cuando morada y vida cotidiana se fracturan, arriesgar y apostar es necesario a pesar de los incalculables peligros implícitos en migrar sin recursos, sin idioma, sin dinero, sin permisos para cruzar fronteras. Quienes dejan sus terruños carecen de papeles. Su historia se inscribe en el rubro sinpapeles: no hay diplomas, no hay propiedades, no hay chequeras, no hay gobiernos protectores, no hay futuro. Existe lo inverso: miseria, desgobiernos, penurias indecibles, narcotráfico, trata de menores, humillación y un largo y doloroso etcétera; etcétera: apostarle a la vida, cuando la muerte y sus incontables caras son presencia cotidiana, es la única vía para escapar del destino trazado durante décadas por la satrapía política latinoamericana.

A pesar de muchas palabras y no pocos movimientos, la reunificación de 3 mil menores con sus padres no marcha. Hace pocos días se hablaba de efectuar pruebas de ADN para confirmar las relaciones parenterales. ¿Y si se equivocan los resultados de la pruebas de ADN —la ciencia es falible—?, ¿y si los señores del laboratorio aman a Trump y detestan a los latinos y etiquetan el tubo con la sangre de un niño con otro nombre y al cruzarlo con la de su supuesto padre resulta que no son compatibles?, ¿y si entre los celadores hay devotos del vecino sheriff y arpía, Joseph Arpaio, indultado por Trump en 2017 pese a que el Departamento de Justicia estadounidense lo acusó de racismo?, ¿y si los chicos encerrados, desahuciados humanamente, sin entender qué sucede, sin el calor familiar, enferman o mueren? Preguntas crudas. ¿Exagero?, ¿son banales? No exagero: quienes huyen de sus países lo hacen para salvaguardar la vida. Salvaguardar la vida por los conflictos en sus casas debido al nefasto ADN de sus dirigentes, sin obviar, ni un ápice, las nefandas implicaciones estadounidenses a lo largo de la historia en la vida de los países latinoamericanos.

La ecuación es muy compleja. Lo resume bien Miriam, hondureña de 38 años; mientras sostenía a Vanesa, su pequeña de un año, comentó, “Cuando venía por México vi en la televisión lo de las separaciones de los niños pero decidí seguir hasta aquí. A mí no me da miedo Trump. Me da miedo mi país”.

Cuatro escenarios. EU no tiene la obligación de recibir indocumentados. Segundo. Es responsable de un sinfín de eventos negativos en Latinoamérica. Tercero. EU es un país de inmigrantes. Último. Regresar o no a los menores con sus padres a partir de los aminoácidos del ADN no es nazismo, es Trump y sus secuaces racistas.

Médico

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor de la Facultad de Medicina, UNAM. Miembro del Colegio de Bioética. Colabora mensualmente en la revista Nexos. En 2013 publicó "Decir adiós, decirse adiós" (Mondadori).