Dos temas muestran a un presidente que está traspasando los límites de la prudencia para entrar a territorios ignotos, de alto riesgo. Uno es el de su salud y el otro el de su seguridad personal.

En sus conversaciones con Luis Suárez, el ex presidente Luis Echeverría reveló una de las claves de su propia sucesión: “...la experiencia indica —dijo— que algunas de las razones para la selección de un candidato presidencial deben ser precisamente su fortaleza física y su buena salud, que no sólo existan, sino que lo parezcan. Tienen que existir porque ese puesto tan ansiado de la Presidencia acabaría con los físicamente endebles. Y el deterioro de la imagen física es, entre nosotros, el deterioro de la imagen política”.

En estos días, el presidente López Obrador muestra una condición física excepcional para un hombre de 65 años: trabaja con intensidad y durante dieciséis horas diarias, de lunes a domingo; permanece de pie por dos horas o más durante sus conferencias mañaneras; recorre febrilmente el país...

Pero no es posible omitir que en diciembre de 2013 sufrió un infarto agudo al miocardio y, aunque el reporte sobre su estado de salud se mantiene en reserva, existen dudas sobre su verdadera condición física y se ignora cuáles son las recomendaciones de sus médicos para poder soportar el ritmo de trabajo y la carga de tensiones que entraña la responsabilidad de un jefe de Estado.

Ese ánimo de mostrar una energía sorprendente lo ha llevado a definir una agenda disfuncional para cualquier líder y mucho más para un presidente de la República. En las instituciones públicas y privadas suele ser una norma que el director general convoque a sus directores a reuniones semanales, no diarias, en las que se analizan los hechos que surgen, se evalúa el cumplimiento de las tareas y se redefinen prioridades.

En el caso de un jefe de Estado, cualquier experto en administración pública le recomendaría sustituir sus sesiones cotidianas con el gabinete de seguridad nacional, por otras semanales o quincenales, por una simple razón: para poder observar con mayor claridad las tendencias y evitar extraviarse con los saltos de la información diaria, lo que no impide que las áreas del gabinete de seguridad —las Secretarías de la Defensa Nacional, de Marina y de Seguridad Ciudadana—, le reporten de manera directa y breve los hechos más relevantes en el momento en que se presenten, incluso varias veces al día durante un episodio crítico.

Pero, entonces, ¿por qué realizar sesiones diarias a las seis de la mañana con su gabinete de seguridad a las que siguen reuniones con los medios de comunicación, de pie, sin un vaso de agua? ¿Para demostrar qué? Ese manejo febril, agitado, no le permite siquiera dejar que transcurra el tiempo suficiente para hacer una lectura más precisa de los hechos y sustentar decisiones estratégicas.

Durante el mandato del presidente Luis Echeverría —quien en sus distintas responsabilidades había mostrado una extraña capacidad para sobrellevar jornadas agotadoras y encabezar reuniones interminables— se instaló la simulación de las largas jornadas de la burocracia, en algunas oficinas llegaban a dejar encendidas las luces cuando ya se había retirado todo el personal, para que quienes pasaban por allí pensaran que había gente trabajando. Ahora el presidente reitera su llamado a los servidores públicos para que trabajen de lunes a sábado y, aún los domingos, lo que contraría la recomendación de los expertos: “Trabaja eficientemente, no arduamente”.

Pero hay otro aspecto en el que está provocando al destino y cuyas implicaciones pueden ser gravísimas para él, para su gobierno y para el país: el de su seguridad personal.

Poco a poco la ingenuidad o temeridad del presidente, y la patología de otros —como algunos capos de bandas criminales—, va configurando escenarios de alto riesgo. La desaparición del cuerpo de Guardias Presidenciales y su reemplazo por un puñado de guardaespaldas con precaria preparación, se suma a la desmesura de un criminal llamado José Antonio Yépez Ortiz, El Marro, que amenaza al propio presidente en una manta aparecida en el municipio de Salamanca. No existe la certeza de que su autoría corresponda a El Marro, pero de cualquier forma, no deben ignorarse las implicaciones de la bravata. La idea de que el pueblo lo protege es de una ingenuidad temeraria; las áreas de inteligencia deben estar en alerta. El titular del Poder Ejecutivo no puede darse el lujo de jalarle los bigotes al tigre. No se vale tentar al destino.

Presidente de GCI. @alfonsozarate

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