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Wonder Wheel: pasión en rojo

Se comete un error al minimizar con tal saña la última entrega de Woody Allen. Estamos, sin duda, frente a una obra mayor.
19/01/2018
08:40
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Que la crítica norteamericana tunda la nueva cinta allenesca en turno no es novedad, si por ellos fuera, el genio de Manhattan debió retirarse a principios de los 00’s y así perdernos de obras mayores como Match Point (2005), Midnight in Paris (2011), Blue Jasmine (2013) y esta última, el largometraje 46 de su prolífica carrera.

 

Pero este año es imposible apelar únicamente al mal gusto (que la crítica gringa ataque con saña a Allen mientras al unísono le levanta el brazo a Rian Johnson es un asunto digno de terapia colectiva), lo de hoy es denostar al director, una vez más, por cargos de los cuales ya ha sido juzgado y encontrado inocente; pero como la ley de plaza es la única que cuenta, el sabio tribunal de internet declara culpable a Allen de todo supuesto y por ende llama al arrepentimiento hipócrita de todos aquellos que, aún a sabiendas de estos alegatos, accedieron a trabajar con él en plena conciencia del prestigio que ello representaba en sus carreras.

 

Allá ellos y su conciencia, el punto que nos atañe es que se comete un error al minimizar con tal saña la última entrega de Woody Allen. Estamos frente a una obra mayor donde el director hace con Kate Winslet lo que en 2013 hizo con Cate Blanchett: arrebatarles una de las mejores actuaciones (si no es que la mayor) de sus respectivas carreras.

 

Ambientada en el Coney Island de los años 50, Wonder Wheel narra (vía la voz en off de uno de sus protagonistas) el triángulo amoroso entre un apuesto salvavidas con gusto por la dramaturgia, Mickey (Justin Timberlake), una mujer casada, Ginny (enorme Kate Winslet) y Carolina (Juno Temple), y la hija del primer matrimonio de Humpty (impresionante Jim Belushi) casado en segundas nupcias con Ginny.

 

Las obsesiones autorales del neoyorkino son evidentes: el triángulo amoroso, la relación prohibida, el peso fatal del destino que no es sino la excusa de todos los personajes por las pésimas decisiones de vida que han y siguen tomando. Ginny es la personificación misma de la frustración. Otrora actriz de poca monta, se casa con el regordete Humpty porque no queda de otra y se autocondena a un trabajo que aborrece en medio del peor lugar para odiar la vida: un parque de diversiones.

 

Winslet aborda el personaje mediante una extraña combinación de fuerza interpretativa y sutileza contenida. Tras ese uniforme de mesera, o esos camisones nada prometedores, se esconde una belleza clásica que como Fénix, quisiera renacer. Enamorado de su personaje y de su pelirroja cabellera, Allen junto con el legendario director de fotografía, Vittorio Storaro, hacen del rojo ocre un motivo mismo de todo el filme, que pareciera suceder siempre en los atardeceres más candentes de aquella zona, tiñendo de color rojo la pantalla y particularmente la cabellera de Winslet. La pasión encerrada, los sueños frustrados, la posibilidad de un futuro distinto, todo ello está contenido en esas tomas, mezcla de iluminación y CGI que, premeditadamente, hacen explícito el artificio del montaje, que no es sino el artificio mismo de las vidas, sin esperanza, de todos los personajes.

 

Pero si Winslet hace gala de una actuación digna de otro Oscar (que no se lo darán, adivine usted por qué), el asombro apenas empieza ahí, y es que Allen rescata del olvido a un Jim Belushi quien no se queda atrás en el papel del atribulado Humpty, un hombre de buenas intenciones, perseguido por las decisiones de las personas a las que ama y por un alcoholismo que cree dominado. Hace décadas que no veíamos a Belushi en tal despliegue de habilidades.

 

Y como colofón, la pequeña broma alleniana en el personaje de Richie (Jack Gore), el hijo de Ginny, producto de su primer matrimonio y quien, en medio del caos de gritos, golpes y violencia que es su fracturada familia, se refugia en su gusto por ir al cine y su obsesión piromaniaca de prender fuego a lo que se deje para observar cómo se consume. Aquel niño, que ve con atención el caos y la destrucción, para presumiblemente en un futuro plasmarlo en el celuloide, no es otro que el propio Woody Allen. “Ese niño no va a entender hasta que le pase algo”. Tal vez así sea.

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Crítico de cine con 9 años de experiencia profesional. Ha colaborado en revistas y periódicos como 24 Horas, Newsweek, Chilango, Quién, Esquire, Cambio, entre otros.

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