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Miami empieza su era con Derek Jeter y sin Giancarlo Stanton.
El cinco veces campeón de Serie Mundial como pelotero de los Yankees de Nueva York, arranca su carrera como jefe ejecutivo de un equipo de Grandes Ligas, los Marlins. Y sus primeras decisiones no han agradado a la fanaticada en Florida.
Jeter se vistió de traje y corbata, se sentó detrás de un escritorio, intercambió un par de llamadas y mandó a Giancarlo Stanton, Jugador Más Valioso de la Liga Nacional en 2017, a los Yankees.
¿Cómo llegó el futuro miembro del Salón de la Fama a un puesto tan importante?
Tan sencillo como comprar acciones del equipo. Así es, Jeter es dueño del cuatro por ciento de la franquicia.
En agosto del año pasado, un grupo de inversionistas, liderado por el magnate Bruce Sherman, adquirió a los Marlins por 1.2 mil millones de dólares. El ex short-stop de Grandes Ligas fue nombrado jefe ejecutivo.
Jeter ha asegurado que sus movimientos son para empezar la reconstrucción del equipo, que no clasifica a Playoffs desde 2003, mismo año en el que ganó su primera Serie Mundial. Esta racha es la segunda peor en Grandes Ligas, después de las 16 campañas sin postemporada que acumula Seattle.
Ante las críticas, las palabras de Jeter fueron simples: “no había un producto ganador en el campo, tenía que cambiarse”.
Este 2018 es el primer paso para formar una nueva organización que pueda competir.
Todavía se tiene la esperanza de que Martín Prado se recupere de la lesión en la rodilla derecha y pueda tener una campaña saludable. El tercera base, de 34 años de edad, será el líder en Miami.
El pitcheo será una debilidad en el conjunto de Florida, ya que, sin contar al diestro José Ureña, no hay un lanzador que pueda destacar como un abridor confiable. Sus mejores prospectos para el montículo son Sandy Alcántara, quien ya debutó en septiembre, y Jorge Guzman, quien llegó en el movimiento de Stanton. El diestro ha registrado lanzamientos de 165 kilómetros por hora.
Para el manager Don Mattingly será cuestión de mantener la calma con los juveniles y aguantar muchas derrotas.
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