Emotivo gol de Maradona en Cuba: entre la gloria y el dolor

En un partido en 2000 entre amigos de “El Pelusa” y corresponsales extranjeros en la isla, el argentino anotó y festejó… como si fuera un juego contra Inglaterra, Brasil o Alemania

En un partido en 2000 entre amigos de “El Pelusa” y corresponsales extranjeros en la isla, el argentino anotó y festejó… como si fuera un juego contra Inglaterra, Brasil o Alemania
El periodista costarricense José Meléndez, uno de los corresponsales extranjeros que jugó contra Maradona en Cuba en 2000, posa junto al hoy fallecido ex astro del fútbol mundial en la cancha del Estadio Pedro Marrero, de La Habana. Foto: José Meléndez
Universal Deportes 25/11/2020 17:41 José Meléndez, corresponsal Actualizada 08:42
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San José. – “Gol”, gritó y festejó, con júbilo desbordante, Diego Armando Maradona al atardecer del sábado 11 de junio de 2000 cuando consiguió, en un remate de tiro libre que cobró a la perfección, una de las seis anotaciones de su equipo de amigos argentinos en la cancha del Estadio Pedro Marrero, de La Habana, frente a un improvisado rival de corresponsales extranjeros en Cuba.

Con el 10 a su espalda en una casaca azul con el escudo de Cuba, Maradona reaccionó feliz con un gol que pareció disfrutar tanto como si hubiera perforado la valla de una escuadra contraria en una final de Argentina en una Copa del Mundo.

En esa tarde, ya casi noche, el hombre—futbolista que, con 60 años, falleció este miércoles en Buenos Aires confirmó una verdad: nunca tuvo límites para gozar el balompié, ya fuera en un cotejo ante Brasil, Alemania, Inglaterra o Italia o en contra de un grupo de simples aficionados.

La historia de aquel sábado, sin embargo, fue precedida por una cadena de frecuentes y violentos choques de Maradona con la prensa internacional desde que el 18 de enero de 2000 arribó a la isla para someterse a un tratamiento con el que infructuosamente intentó superar su adicción a las drogas.

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Diego Armando Maradona cobró un tiro libre, que convirtió en gol, frente a un equipo de corresponsales extranjeros en un estadio de La Habana, Cuba, el sábado 11 de junio de 2000. Foto: Archivo/José Meléndez

La orden recibida por los corresponsales extranjeros acreditados en Cuba—entre los que figuró el autor de estas líneas—de sus jefaturas en el exterior fue la de tratar de seguir paso a paso, minuto a minut0, las andanzas públicas (y secretas) de Maradona en la capital cubana.

Procedente del balneario uruguayo de Punta del Este, donde ingresó de urgencia a un sanatorio por hipertensión y arritmia ventricular, “El Pibe” llegó a Cuba con un informe médico de Uruguay: el análisis de sangre y orina detectó rastros de cocaína.

Ya en los pasillos del aeropuerto internacional José Martí, de La Habana, doblegado por los fármacos y vacilante y obeso, soltó algunos ruidos entrecortados.

Tras las primeras semanas en Cuba, Maradona mostró su desobediencia con reiterados pleitos con periodistas o líos con vigilantes de La Pradera, un centro de salud en el oeste de esa ciudad en el que debía permanecer sin salir para rehabilitarse de la adicción a la droga.

Pleito. En una de las tantas trifulcas, reaccionó sumamente molesto con los reporteros y, en una concurrida vía del oeste de La Habana, detuvo la caravana de vehículos de seguridad que el gobierno cubano asignó a su servicio.

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Tras sufrir una falta en un partido en junio de 2000 en Cuba que jugó un equipo de sus amigos y contra corresponsales extranjeros en ese país, Diego Armando Maradona reclamó, desafiante, al árbitro. Foto: Archivo/José Meléndez

Con matonismo, malhumorado y protegido por un séquito de obedientes guardaespaldas que le asignó el gobierno, Maradona descendió de un automóvil en la calle 70 en La Habana, entre las avenidas Quinta y Tercera, y caminó desafiante a la parte trasera a enfrentar a la caravana vehicular de periodistas, camarógrafos y fotógrafos extranjeros y cubanos en un caluroso día de mayo de 20o0.

Dentro de sus automóviles, los corresponsales de medios del exterior observaron al “Pelusa” cuando se aproximó al coche colocado de primero y, sin mediar preguntas, golpeó y destrozó la ventanilla del conductor: un camarógrafo argentino.

Al unísono, los reporteros reclamaron a un hombre atado a una amistad—huésped de honor del entonces presidente de Cuba, Fidel Castro—para hacer y deshacer a su antojo en esa nación. Molesto, el camarógrafo acusó a Maradona en una estación policial. Pero una llamada de disculpas que le hizo “El Pibe” selló la paz entre ambos argentinos.

Ese y otros incidentes marcaron el escenario del nexo Maradona—corresponsales en un estado de límite y sin retroceso.

¿Qué hacer para resolver el conflicto? Así como las luces de las cámaras de televisión y de fotografía y las crónicas de periódicos, radioemisoras y canales televisivos molestaron al ya entonces ex—astro del fútbol mundial, también le alimentaron en su ego y le permitieron mantenerse en uno de los focos de la atención deportiva internacional.

Pese a la respuesta agresiva del mundialmente famoso futbolista retirado en su contra, la prensa internacional también comprendió que, por más incomodidad y molestia, Maradona prolongó y pulió en la isla sus condiciones de figura siempre e indiscutiblemente apetecida por cámaras y cronistas.

En ese panorama, la solución al pleito entre el individuo que deslumbró al planeta con sus maravillas en el terreno de juego y los periodistas urgidos de satisfacer a un mercado urgido y ansioso de noticias, relatos e imágenes sobre la estrella argentina de manera sorpresiva: jugar un partido de fútbol entre Maradona y un grupo de sus amigos argentinos de visita casual en Cuba y los corresponsales extranjeros.

La contienda fue organizada por la Federación Cubana de Fútbol, que prestó el Pedro Marrero—viejo e histórico estadio capitalino—y los uniformes de la Selección de Cuba: blanco y rojo con letras negras para los periodistas y azul y blanco con letras rojas para Maradona y sus allegados.

El resultado del enfrentamiento—6 a 1 a favor de los argentinos—fue secundario, ya que al final hubo un saldo principal: Maradona entendió que los periodistas que le siguieron por uno u otro rincón de Cuba en busca de noticias, nunca hicieron ese trabajo por ser sus amigos o enemigos ni fueron monstruos demoledores de ídolos y solo se limitaron a cumplir su misión profesional y laboral de informar.

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Diego Armando Maradona se fotografió junto al equipo de corresponsales extranjeros (rojo y blanco) al que, con su grupo de amigos (de azul), derrotó en un juego amistoso en junio de 2000 en una cancha de un estadio en Cuba. Foto: Archivo/José Meléndez

Del lado de los informadores emergió otra enseñanza: pese a la calidez y a la simpatía que mostró aquella tarde en el Marrero, antes, durante y después del juego, Maradona nunca dejaría de ser un tipo incómodo, inesperado o sorpresivo.

Goles. Un segundo partido que se realizó 15 días después en ese escenario y con los mismos protagonistas también concluyó con una abultada victoria de Maradona y su grupo y terminó con abrazos y saludos entre competidores en un terreno de fútbol.

Maradona anotó dos o tres veces en el primer encuentro y otras en el segundo.

En el primero, un réferi cubano del fútbol de la máxima categoría de Cuba que, sin dudar ni un instante, aceptó arbitrar un partido en el que uno de los 22 protagonistas saltó al campo con un apellido de renombre global, obligó a Maradona a repetir un tiro libre que, desde los linderos del área rival, convirtió en gol.

En la jugada inválida, Maradona remató de izquierda y, preciso, colocó el balón pegado al piso en el ángulo inferior del poste derecho de la portería contraria, sin opción para el arquero, y la pelota entró con suavidad para decretar el gol.

Obligado a repetir la acción, Maradona hizo lo mismo: remató de izquierda y, preciso, colocó el balón pegado al piso en el ángulo inferior del poste derecho de la portería contraria, sin opción para el arquero, y la pelota entró con suavidad.

“Gol”, gritó “El Pibe: corrió con alegría a abrazarse con sus compañeros de equipo.

Pese a que aquel aparentó ser solo un instante intrascendente en la espectacular vida deportiva del hombre—futbolista, Maradona, entonces de 39 años, pareció acariciarlo como uno más de sus momentos de ascenso a la gloria, ya que se le apareció en una época de descenso a la oscuridad.

Insignificante en comparación con las jornadas épicas mundiales que demostró en canchas de América y Europa y compartió en otras partes del mundo, aquel irrumpió como un gol de oro de Argentina a uno de sus grandes adversarios del orbe y exhibió la sencillez de un ser humano que jamás tuvo límites para gozar de su única y real pasión infantil y juvenil: el fútbol.

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