La pobreza está estancada. Sus reducciones son mínimas en estos 10 años.

¿Qué está fallando? La respuesta común es que el gasto social no sirve. ¿Para qué tantos recursos dedicados al combate a la pobreza?, preguntan muchas personas, incluso desde los medios de comunicación.

Pero la raíz de la permanencia de la pobreza y su magnitud está en la economía —y no en la política social. En concreto, en el campo laboral. El reto central es para el mundo del trabajo y la política laboral.

Veamos: En la serie de medición de la pobreza 2008 -2018 que presentó Coneval, hay dos variables que siempre han sido las más altas: la carencia de seguridad social y el ingreso insuficiente.

Para 2018, la carencia de seguridad social afecta a casi 72 millones de personas (57% de la población) y el ingreso insuficiente para adquirir la canasta básica a 61 millones de personas, casi la mitad de la población (49%). (Ver análisis de “Frente a la Pobreza” en https://bit.ly/2MCtkfQ)

Estas dos variables dependen directamente del trabajo: ¿Cómo se logra seguridad social? Mediante el empleo, si se cumple con la obligación legal. ¿Cómo se logran ingresos suficientes para comprar lo más básico? Con salario suficiente.

Pretender reducir la pobreza mediante programas sociales, es equívoco, insuficiente y puede resultar un fracaso.

Y no porque las grandes inversiones sociales en educación, en salud o en programas de equidad e inclusión no sean importantes. Si funcionan bien —y no es así en la mayoría de los casos— son esenciales para proteger y garantizar derechos de las personas. Pueden incluso mejorar su potencial productivo, porque son parte de su “capital humano”, como dicen los economistas.

Pero por más “capital humano” que tengan las personas, si no hay un entorno económico de trabajos con salario suficiente y seguridad social, la pobreza, no se reduce de manera significativa.

Y la respuesta “simplista” de que el problema es el sistema, no es explicación suficiente. Incluso dentro del sistema capitalista, hay países con mucho menos pobreza y con condiciones de trabajo digno.

Hay países de la región y por supuesto de Europa y el mundo desarrollado, donde el capitalismo y las políticas económicas que se identifican como “neoliberales”, no están asociadas con violación de derechos laborales y con bajos salarios.

Por eso urge cambiar estructuras del mundo laboral que son fábricas de pobreza en México. De entrada, dos cambios urgentes: superar la política de contención salarial, mediante un proceso gradual de recuperación del salario mínimo; y erradicar los modelos de negocios basados en bajos salarios y cero prestaciones, que evaden la obligación de afiliación a la seguridad social.

En una perspectiva a más largo plazo, es indispensable avanzar en el debate sobre cómo lograr seguridad social como un derecho de las personas y no como una prestación laboral, vinculada al contrato de trabajo.

Aunque lleve décadas es posible construir un sistema de protección social universal —que inicie por el acceso efectivo a la salud— financiado por impuestos generales, y no como impuesto a la creación de empleos, como es ahora.

Dos aclaraciones: 1. No basta el crecimiento económico, en este contexto laboral crecer no logra reducciones significativas de pobreza. 2. El trabajo precario no es privativo de micro y pequeñas empresas o de quienes trabajan por su cuenta en “autoempleo”. También hay empleos con bajos salarios y sin seguridad social en grandes y medianas empresas.

Los reportes recientes del Observatorio de Trabajo Digno de “Frente a la Pobreza” contabilizan que la mitad de quienes tienen empleo subordinado y asalariado carecen de ingreso suficiente y que el 43% carecen de afiliación a la seguridad social. Esto es inaceptable y explica los malos resultados en materia de pobreza.

Sí hay otro camino: Trabajo Digno. #QuienTrabajaNoDebeSerPobre.


Experto internacional en programas sociales.
@rghermosillo

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