Con la información más reciente disponible sobre la producción de las 32 entidades federativas, que llega hasta 2024, se observa en principio que México ha avanzado hacia una menor desigualdad económica entre las regiones. Sin embargo, los datos a primera vista ocultan una realidad preocupante. Aunque la brecha entre las entidades más prósperas y las más rezagadas disminuyó, ello se debió fundamentalmente al retroceso de una de las primeras y no a un avance significativo de las segundas.

Esta conclusión se sustenta en el análisis del comportamiento del producto interno bruto (PIB) real total y del PIB real por habitante de las entidades federativas durante el periodo 2007-2024. La producción por habitante se obtuvo dividiendo el PIB real de cada estado de la República Mexicana entre su población, con base en información del INEGI y las estimaciones y proyecciones demográficas del Consejo Nacional de Población.

Lo primero que debe destacarse es que, entre 2007 y 2024, Campeche registró el peor desempeño económico del país, con una tasa de crecimiento promedio anual de -3.68 %. Lejos de crecer, su PIB real acumuló una contracción de 47.1 % durante el periodo referido. Este marcado retroceso obedeció, en lo fundamental, al declive de sus grandes yacimientos petroleros, a la consecuente caída de la producción del energético y a la elevada dependencia de la economía estatal respecto de esta actividad.

Paradójicamente, pese a semejante retroceso, en 2024 Campeche seguía siendo la entidad con mayor PIB real por habitante del país, incluso por encima de la Ciudad de México. Esto obedece a que combina una población comparativamente pequeña con una economía petrolera que, incluso después de su pronunciada contracción, sigue generando un elevado valor de producción. De ahí que su PIB por habitante sea sorprendentemente alto, aunque ello no se traduzca en un ingreso promedio igualmente elevado para los campechanos. En concreto, en 2024 los niveles de PIB real por habitante de Campeche y de la Ciudad de México ascendieron a 497,274 y 422,481 pesos a precios constantes de 2018, respectivamente.

Ahora bien, para evaluar si las brechas regionales se atenuaron o se profundizaron se utilizó el coeficiente de variación, que mide la dispersión del PIB real por habitante de las entidades respecto de su promedio. Es decir, para cada año, este indicador muestra qué tan alejados se encuentran, en conjunto, los niveles de producción estatal por habitante de su promedio. De este modo, una caída del coeficiente referido implicaría la existencia de un proceso de convergencia regional, mientras que un aumento apuntaría a una mayor divergencia entre las entidades.

En este contexto, entre 2007 y 2024 la dispersión del PIB real per cápita de las 32 entidades federativas pasó de 85.11 % a 45.82 %, lo cual indicaría un proceso de convergencia regional. Sin embargo, como aquí se demuestra, esta aparente convergencia no se debió a que los estados más rezagados estuvieran alcanzando a los más prósperos, sino a que Campeche, la entidad con mayor PIB real por habitante, retrocedió drásticamente durante el periodo de análisis. La prueba de ello es que, si se excluye esta entidad atípica, durante el mismo periodo la dispersión del PIB real per cápita apenas pasó de 39.69 % a 39.12 %; es decir, las disparidades entre las 31 entidades restantes se mantuvieron prácticamente sin cambio.

En suma, una vez aislado el efecto estadístico de Campeche, estrechamente ligado a su economía petrolera, resulta que las entidades más pobres no aceleraron suficientemente su crecimiento para atenuar los desequilibrios regionales. De ahí que la convergencia observada para el conjunto del país sea, en buena medida, engañosa.

Este resultado se produjo en el contexto de una integración comercial cada vez más profunda con Estados Unidos, impulsada por los tratados de libre comercio entre México, Estados Unidos y Canadá que entraron en vigor en 1994 y 2020. La apertura comercial abrió una oportunidad histórica para México, pero las entidades del Norte y las del Bajío figuraron entre las que alcanzaron una mayor inserción exportadora y captaron más inversión extranjera directa (IED). En contraste, varias entidades del Sur-Sureste permanecieron muy rezagadas en materia de integración comercial y atracción de IED.

Si dejamos fuera el caso atípico de Campeche y el de la Ciudad de México, los tres estados con mayor PIB real por habitante promedio durante el periodo 2007-2024 son Nuevo León, Coahuila y Querétaro, que ocupan, respectivamente, el tercero, cuarto y quinto lugares a nivel nacional. De acuerdo con estimaciones propias con datos del INEGI, del Banco de México y de la Secretaría de Economía, durante el periodo 2007-2024 las exportaciones acumuladas de estas tres entidades representaron 36.3 %, 83.9 % y 35.5 % de su PIB acumulado, respectivamente. Se trata, por tanto, de entidades con una marcada orientación exportadora. Asimismo, durante el periodo 2018-2024, la IED acumulada de estas tres entidades representó 3 %, 2.15 % y 2.8 % de su PIB acumulado, respectivamente, lo que las coloca en la mitad superior del ranking nacional de IED en relación con el tamaño de sus economías.

En el extremo opuesto, Oaxaca, Guerrero y Chiapas ocupan, respectivamente, los lugares 30, 31 y 32 en cuanto a PIB real por habitante. Sin sugerir que la relación sea automática, la participación de sus exportaciones acumuladas en el PIB estatal acumulado durante el mismo periodo (2007-2024) es mucho más baja: 4.25 %, 4.4 % y 5.3 %, respectivamente. Paralelamente, durante el periodo 2018-2024, la IED acumulada de estas tres entidades del Sur-Sureste representó 0.55 %, 1.39 % y 0.62 % de su PIB estatal acumulado, respectivamente. De hecho, Chiapas y Oaxaca ocupan los lugares 31 y 32 del ranking nacional de IED en relación con el tamaño de sus economías, mientras que Guerrero se encuentra en la mitad inferior.

En este contexto, el coeficiente de correlación entre el PIB real por habitante y la orientación exportadora es de 0.91, donde 1 representa la correlación positiva perfecta. Se trata, por tanto, de una asociación positiva muy fuerte, además de estadísticamente significativa al 1 %. Aunque asociación no significa causalidad, el resultado es consistente con la idea de que las entidades con mayor orientación exportadora tienden a registrar niveles más altos de PIB por habitante, mientras que las menos vinculadas a los mercados externos suelen ubicarse en los niveles inferiores del ranking.

En suma, aunque la mayor inserción de México en los mercados externos generó oportunidades para exportar y atraer IED, estas fueron aprovechadas principalmente en el Norte y en el Bajío, y en mucha menor medida en el Sur-Sureste. Sin embargo, una explicación fundamental de esto radica en que las entidades del Norte y del Bajío se encontraban en mejores condiciones para capitalizar las ventajas derivadas de los tratados comerciales con Estados Unidos y Canadá. Las entidades del Sur-Sureste, por el contrario, presentaban rezagos en materia de capacidades productivas, infraestructura, capital humano y seguridad. El hecho de que, en lo fundamental, estas disparidades persistan desde la entrada en vigor del TLCAN en 1994 no debe imputarse a la apertura per se, sino a la insuficiencia, las omisiones y los desaciertos de la política pública bajo gobiernos de distintos partidos, así como a la tendencia a reportar avances que, examinados bajo la lupa, distan mucho de serlo.

Profesor-investigador de la UAM-Azcapotzalco e Investigador Nacional Nivel III

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