Para entender bien el mundo que viene, hay que leer el mensaje entre líneas que acompaña al nuevo acuerdo de Donald Trump con el petróleo de Venezuela, porque revela un nuevo mapa del que ni México ni el resto de América Latina se escapan.

En los últimos días, el presidente estadounidense anunció que utilizará petróleo venezolano para rellenar su Reserva Estratégica y esto no es un detalle menor. El acuerdo contempla que Washington obtenga control mayoritario sobre más de 65,000 millones de barriles de las reservas probadas de Venezuela, que utilizará en parte para reconstruir una Reserva Estratégica que cayó a 286.6 millones de barriles, su nivel más bajo desde 1982, y bajar el precio de la gasolina en casa.

Pero más allá de evidenciar que la prioridad estadounidense en Venezuela de medirse en términos de transición democrática y comenzó a medirse en barriles, el movimiento de Trump se vuelve más interesante cuando se conecta con Irán.

Porque mientras EEUU mira hacia el sur para asegurar petróleo, el renovado intercambio de ataques entre EEUU e Irán, ha hecho que Ormuz le recuerde al mundo que tener petróleo no sirve de mucho si no puedes garantizar el acceso a él.

La globalización nos había hecho olvidarlo, porque su lógica consistía en estar cada vez más interconectados y confiar en que las rutas permanecerían abiertas, como cuando ates de esta guerra, una quinta parte del petróleo mundial atravesaba diariamente ese estrecho.

Desde febrero, Washington ha comprometido 172 millones de barriles de su Reserva Estratégica para amortiguar el impacto energético del conflicto, y aquí es cuando lo que ocurre en Venezuela cambia completamente de significado, y revela otra historia.

Porque sus reservas ya no son solamente un botín económico ni una pieza de la confrontación política con Caracas. Son una reserva energética gigantesca situada dentro del hemisferio occidental, lejos de Ormuz, del Golfo Pérsico y de una de las regiones más explosivas del planeta. Lo que se traduce en que más allá de acumular petróleo, la jugada de Trump consiste en reducir distancia.

Porque en el nuevo mundo que comienza, lo más importante es tener energía más cerca, minerales más cerca y cadenas de suministro más cortas. Lo que se traduce en que en esta nueva visión global, todo esto se debe encontrar en un espacio que EEUU pueda defender y controlar, que en marzo de este año Pete Hegseth nombró como la Gran Norteamérica, y aquí aparece una coincidencia histórica fascinante.

Después de la Gran Depresión de 1929, el movimiento tecnocrático estadounidense encontró una fórmula geopolítica para salvar a su país de sus problemas económicos, con la creación de un Tecnoestado, que abarcaba el territorio comprendido de todos los países que están desde el norte del ecuador hasta Groenlandia. Porque en esta zona del mundo se encontraban los recursos naturales, energéticos e industriales necesarios para construir un sistema prácticamente autosuficiente, que hoy no sólo coincide con el área designada para ser la Gran Norteamérica, sino que también responde a la pregunta centra de la regionalización que está desplazando a la globalización, y que se observa en Ormuz : ¿Qué ocurre cuando las rutas comerciales dejan de estar abiertas?

Venezuela podría ser parte de la respuesta. Mientras que México y el resto de América Latina la otra. Porque aunque nuestros recursos nos conviertan en una pieza indispensable de cualquier proyecto norteamericano de autosuficiencia, eso no traduce necesariamente en poder.

Por eso el petróleo venezolano importa mucho más allá de Venezuela. Porque lo que Trump está rellenado no es una reserva, es un mapa, y se llama Gran Norteamérica.

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