Hay gobiernos que aspiran a que los ciudadanos trabajen, estudien, emprendan, discutan y vivan sus vidas. Hay otros que solo se interesan en movilizar a sus adeptos. México empieza a parecerse demasiado a lo segundo. Siempre hay una nueva convocatoria. Una asamblea para defender la transformación. Otra para defender la soberanía. Una concentración para celebrar una victoria electoral. Ahora está el Informe y después la gira para explicar el Informe.
La política nunca termina. Morena parece necesitar demostrar todos los días que sus simpatizantes siguen ahí. Por supuesto, movilizar es legítimo. Los partidos existen también para organizar ciudadanos, ocupar la plaza pública y defender sus ideas. El problema comienza cuando la movilización deja de ser un instrumento excepcional de participación y se convierte en una forma permanente de ejercer el poder.
Porque existe una diferencia fundamental: una democracia necesita ciudadanos, un movimiento necesita militantes. El ciudadano puede apoyar hoy y cuestionar mañana. Puede votar por un partido y después exigirle cuentas. El militante vive una relación distinta: hay una causa que defender, adversarios que combatir y una organización a la cual demostrar lealtad.
La historia del siglo XX obliga a observar con cuidado esa diferencia. Los grandes proyectos totalitarios entendieron muy pronto que controlar las instituciones no era suficiente: había que mantener movilizado al pueblo. El fascismo convirtió las concentraciones, los símbolos y las demostraciones multitudinarias en instrumentos de legitimidad.
Juan Linz, uno de los grandes estudiosos de los regímenes políticos, identificó precisamente el grado de movilización como una variable fundamental para distinguirlos. Los autoritarismos tradicionales frecuentemente prefieren sociedades despolitizadas y pasivas; los proyectos con pretensiones totalizantes necesitan otra cosa: participación incondicional, adhesión visible y demostraciones periódicas de entusiasmo.
Ahí está la advertencia para México. Una plaza llena demuestra capacidad de movilización, pero no demuestra capacidad de gobierno. Diez mil personas coreando una consigna no sustituyen diez mil consultas médicas no atendidas. Una marcha por la soberanía no explica la falta de crecimiento económico. Una asamblea en defensa del gobierno no responde cuánto están aprendiendo nuestros niños ni por qué un comerciante debe pagar derecho de piso.
La democracia inventó algo bastante más difícil que llenar plazas: rendir cuentas. Quizá por eso la movilización incondicional en torno al Informe gubernamental resulta tan tentadora. Convierte preguntas complejas en respuestas simplistas y emocionales. Frente al dato, la consigna.
Así, casi imperceptiblemente, la política deja de ser una conversación sobre cómo gobernar mejor y empieza a convertirse en una sucesión de pruebas de lealtad.
En una democracia plena se puede votar sin militar, apoyar sin obedecer, disentir sin convertirse en enemigo. México debe tener cuidado. Entre otra concentración y una nueva celebración, podemos estar cambiando silenciosamente algo esencial: una sociedad plural por una sociedad militante; ciudadanos por seguidores; deliberación por movilización.
La democracia no necesita un país permanentemente en las plazas. Necesita algo mucho más poderoso: un país que se informa y se expresa. Otra vez el Informe quedó a deber.
Senador de la República por Yucatán
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