Los derechos de las mujeres no retroceden con el mismo uniforme. En Afganistán avanzan mediante decretos; en Pakistán, a través de la ; y en algunas democracias, por discursos que convierten la obediencia femenina en virtud y la autonomía en amenaza.

Desde el retorno del Talibán al poder, en agosto de 2021, las afganas han sido expulsadas de la educación, del empleo y de la vida pública, mientras se les exige cubrirse, callar y desaparecer hasta reducir su existencia a la obediencia. En Pakistán, las conviven con condenas mínimas y, cuando la ley existe pero no protege, la impunidad administra una ciudadanía incompleta.

Resulta cómodo preguntarse por qué permanecen en sociedades que las violentan y silencian, pero la pregunta incómoda es por qué quienes las someten se sienten con derecho a expulsarlas de un espacio público que les pertenece. No somos nosotras quienes debemos irnos para dejar de incomodar; si alguien debe hacerlo, son quienes pretenden borrarnos.

Sería un error pensar que esta ofensiva termina en Asia del Sur. En , sectores de la ultraderecha y de la manosfera han difundido “repeal the 19th”, contra el voto femenino, y mensajes como “your body, my choice”. No son decretos talibanes, pero sí intentos de normalizar que una mujer libre amenaza a la familia, la religión o el orden social.

La advertencia atribuida a Simone de Beauvoir sigue vigente, porque basta una crisis política, económica o religiosa para que nuestros derechos vuelvan a ponerse en duda y no puedan darse por adquiridos. El retroceso rara vez comienza con una prohibición absoluta; antes se , se relativiza la igualdad y se presenta la pérdida de autonomía como un regreso a los valores tradicionales.

Ninguna democracia está exenta. Solo un Estado de derecho laico, con instituciones independientes, leyes aplicadas y derechos humanos por encima de los fundamentalismos, puede contener ese deterioro. Una verdadera democracia no negocia la ciudadanía de las mujeres, sino que protege y amplía los derechos conquistados.

Incluso para quien prefiera mirar hacia otro lado ante el argumento feminista, la economía vuelve imposible la indiferencia. Las mujeres somos la mitad de la humanidad, millones de hogares dependen de nuestros ingresos y 708 millones permanecen fuera del mercado laboral por cuidados no remunerados. En un mundo que envejece, excluirnos del empleo y de la toma de decisiones agravaría la pobreza, debilitaría los cuidados y haría que conocemos.

El concluyó en 2026 que ninguna de las 190 economías evaluadas garantiza igualdad económica plena. Pedir a una mujer que renuncie a votar, estudiar, trabajar o decidir sobre su vida no defiende la tradición, sino que prepara una sociedad más pobre, autoritaria y menos libre. Nosotras pertenecemos aquí; que se vayan quienes pretenden borrarnos.

Por Andrea Navarro De la Rosa, Internacionalista y Mercadóloga Digital. Es Asociada del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales, y Secretaria del Programa de Jóvenes COMEXI.

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