El Palacio de Lecumberri fue la cárcel principal de la Ciudad de México desde que Pofirio Díaz la inauguró en septiembre de 1900 hasta el año 1976. Desde 1980 resguarda el Archivo General de la Nación, pero sus historias y personajes no dejan de resonar en la capital que la recuerda como “El Palacio Negro”.
En 1982, EL UNIVERSAL realizó un repaso histórico de sus primeros días y de los criminales que terminaron detrás de sus barrotes, en algunos casos con información publicada décadas antes.
Este 27 de agosto se cumplen 50 años del cierre de Lecumberri como cárcel y toca a Mochilazo en el Tiempo compartir aquellas curiosidades y nombres infames para los lectores actuales, que quizá recuerdan algunos y otros tantos podrían ser una sorpresa.

Lecumberri se construyó en el Porfiriato
Recién comenzaba el mes de diciembre del 82 cuando Fernando Moraga, reportero de El Gran Diario de México, publicó una serie exclusiva sobre el “Palacio Negro” y sus peores internos. Si bien se enfocó en los detalles de cada crimen, también rescató datos que no dejan de impactar en este 2026.
Moraga arrancó sin rodeos. Sus primeras líneas eran una cita textual del discurso que dio el jurista Miguel Macedo, primer director de Lecumberri, en la ceremonia inaugural del 29 de septiembre de 1900:
“Aquí todo va a ser silencio, quietud, casi muerte; al poblarse estos recintos se advertirá a penas que albergan seres vivientes: al perderse el eco de vuestros pasos, comenzará el reinado del silencio y la soledad”.

El diseño de aquel edificio en efecto se proponía tener a cada recluso en aislamiento. Durante sus primeros años, cada celda encerraba sólo a una persona, que no tenía forma de comunicarse con sus “vecinos”.
Lee también Así iniciaron los indultos a reos el Día de la Independencia
El “Palacio Negro”, visto desde el aire, tiene la forma de una estrella de ocho puntas. Cada “punta” era un pasillo de celdas y todos estaban a la vista de la torre central.
Esta estrategia para hacer más eficiente la vigilancia se conocía como diseño panóptico, es decir, que todo era visible.

La Cárcel Preventiva de la Ciudad de México -que era su nombre oficial-, se construyó durante el Porfiriato, cuando el dictador insistía en definir su gobierno como “Paz, orden y progreso”.
Macedo y el gobernador del Distrito Federal, Rafael Rebollar, estaban seguros de que Lecumberri era una prisión modelo.
La prisión del temor y la esperanza
Los métodos de Lecumberri iban más allá de su edificio panóptico. Miguel Macedo y Rafael Rebollar dijeron que se impondrían sobre los delincuentes a través de la esperanza y el temor. En palabras de Rebollar:
“La psicología revela que los dos grandes móviles de nuestro espíritu son el temor y la esperanza; que sobre ellos descansa todo el sistema de motivos que contribuye a formar nuestras determinaciones en la vida”.

El mandatario del DF confiaba en que ambos sentimientos eran el “resorte” que impulsa o detiene todos los actos del ser humano, de modo que aquel método colocaría al delincuente “entre el dolor y el placer” y lo gobernaría como “dócil oveja”.
De acuerdo con el reportero Moraga, las ideas de Macedo y Rebollar tuvieron un fracaso estruendoso. El sistema no sólo era incapaz de mantener el orden, sino que Lecumberri se convirtió en una escuela para el crimen: los novatos aprendían y el resto refinaba sus capacidades.

Con los años, hasta cuatro personas vivirían hacinadas en cada celda y la corrupción de autoridades con reclusos redefinió la dinámica al interior.
Lo más difícil de cambiar eran las condiciones inhumanas, entre pésima higiene y castigos físicos, por no mencionar los "apandos": cuartos oscuros, sin sanitario ni ventilación, calurosos, reservados para las peores faltas de conducta.
Los reclusos débiles o pobres hacían los trabajos más pesados, incluyendo la limpieza de baños, mientras que los fuertes les imponían “multas” y los adinerados pagaban el lujo de vivir en solitario con alguna comodidad.

Lejos del modelo de cárcel moderna y perfecta que imaginaban los funcionarios porfiristas, en repetidas ocasiones hubo escapes de Lecumberri, tanto en sus inicios como en sus últimos años.
Bien dijo Fernando Moraga: la podredumbre física y moral ahogaba a todos. Uno de los pocos aspectos positivos fue la oportunidad de trabajar y generar ingresos para la familia.
Los reos podían laborar en alguno de los talleres, como sastrería, panadería y herrería. También se implementaron actividades deportivas y recreativas.

¿Quiénes estuvieron presos en Lecumberri?
En el “Palacio Negro” había convictos de los que toda la CDMX había escuchado, pues cometieron delitos que sacudieron a la capital. Fernando Moraga compartió algunos nombres del salón de la infamia de Lecumberri:
Arrestados en 1915, los integrantes de la Banda del Automóvil Gris eran fáciles de identificar porque se les consideró los primeros ladrones que usaban vehículos en sus atracos. De ellos, nueve fueron condenados a muerte aquel año.

En una maniobra sospechosa, otros nueve recibieron una conmuta por años de cárcel en el último momento, y gracias a eso se volvieron “huéspedes” de esta penitenciaría. Sin embargo, pocos años después comenzaron a eliminarlos:
En la Nochebuena de 1918 envenenaron a Rafael Mercadante. Tres días después, un criminal identificado como “el Negro Brown” asesinó a Francisco Oviedo. Al tanto de esto, José Fernández y Fidel Zambrano huyeron de la prisión, pero el primero fue hallado muerto y el segundo fue recapturado.
Por último, en abril de 1920, Luis Lara, Ramón Morfín y Lorenzo Valdez salieron del penal para una diligencia judicial, pero en el camino se fugaron y poco después hallaron el cuerpo de Lara.

Pedro Gallegos (o Alberto, según la fuente), recibió su condena por el asesinato de Jacinta Aznar, una mujer de alcurnia cuya muerte fue un misterio que acaparó la atención de la prensa en 1932. Gallegos no dejaba de cambiar la versión de los hechos y al final se le consideró culpable.
De acuerdo con Moraga, Gallegos pasó un tiempo en Lecumberri, hasta que se ordenó trasladarlo al penal de las Islas Marías, pero en el camino le aplicaron la “ley fuga”.

También en 1932, un español de apellido Peláez le quitó la vida al cantante Guty Cárdenas en el Salón Bach, que estaba en la esquina de Bolívar y avenida Madero.
Diez años después, un asesino serial estremeció a la Ciudad de México: se trataba de Gregorio “Goyo” Cárdenas, también conocido como “el Estrangulador de Tacuba”, quien mató al menos a cuatro sexoservidoras, incluyendo menores de edad.
Cárdenas fue en especial polémico porque décadas después le dieron la libertad. Según las autoridades, se trataba de un exitoso caso de rehabilitación social (en la Cámara de Diputados incluso recibió ovaciones).

Otros diez años después, en 1952, otro asesino y violador entró a Lecumberri: Higinio “El Pelón” Sobera de la Flor, que si bien tuvo un eventual diagnóstico de esquizofrenia, siempre se mostró frío y cínico sobre sus actos.

En cuanto a las mujeres homicidas, decía Moraga que toda una crujía era conocida como “el escuadrón de la muerte” y lo integraban en su mayoría asesinas de maridos.
Fue el caso de la primera Miss México, María Teresa Landa, que a los meses de que representó al país en el certamen de Miss Universo 1928, le asestó seis balazos a su esposo el general Moisés Vidal Corro, que la desposó sin decirle que ya era casado.

Moraga destacó a Ana Saavedra, quien mató a su esposo Miguel Miravete por una infidelidad. Mientras Miravete agonizaba, ella metió las manos en sus heridas mientras decía “Te juré que me habría de lavar con tu sangre”.
Por último, Moraga mencionó algunos reclusos que operaron como asaltantes de bancos, narcotraficantes y hampones: Hugo Izquierdo Ebrard, Fidel Corvera Ríos y Tony Espino.
El año de 1976 Lecumberri cerró sus puertas a los delincuentes de la capital. Tras casi ocho décadas en servicio, por fin se consideró que el sistema penitenciario requería mejores instalaciones.

Para 1977 el Palacio Negro quedó en manos del Archivo General de la Nación (AGN). Los barrotes que fueron cárcel de malhechores pasaron a ser el hogar de kilómetros de estantería con documentos centenarios.
Lecumberri cambió su oficio de la penitencia por el de la memoria, pero no está de más recordar que, más allá de cada expediente en su interior, el Palacio Negro es memoria en sí mismo.
Exclusivas
Experiencias El Universal¿Por qué dejamos de escuchar? Hábitos que pueden dañar tu audición sin que lo notes
Experiencias El Universal“Off The Record” tercera edición: desayuna junto a Carlos Loret de Mola
Experiencias El Universal4 destinos de ecoturismo en Veracruz para conectar con la naturaleza
Experiencias El Universal





