Dmitro Kuleba, exministro exterior de Ucrania, a quien le tocó encabezar todo el esfuerzo diplomático de su país durante los primeros años de la guerra, llevaba ya varios minutos describiendo los muchos y grandes logros alcanzados por Kiev en los últimos meses al provocar enormes disrupciones en Rusia mediante la campaña aérea lanzada contra su infraestructura. Y, sin embargo, su voz sonaba muy poco optimista; así se lo hizo notar el entrevistador, editor en jefe de Foreign Policy. “No, yo sí soy optimista, pero soy realista”, respondió Kuleba. La esencia de su argumento era esta: una guerra tan prolongada como la que libran Rusia y Ucrania no se define por victorias tácticas. Es imposible saber hoy, sin la perspectiva que solo ofrece la historia, si nos encontramos realmente en un punto de inflexión, continuó. Ante lo mucho que hoy se está escribiendo acerca de un giro en la tendencia de la guerra a favor de Ucrania, me parece importante rescatar esta voz, una voz con enorme experiencia, que habla desde Kiev con los pies sobre la tierra y que, aun así, confía en que su país saldrá victorioso. Vale la pena profundizar en su argumento.

Partamos por reconocer los impresionantes logros de Ucrania. Kiev no solo consiguió detener las ofensivas iniciales rusas y posteriormente arrebatar grandes porciones del territorio que Moscú había conquistado; después logró contener los avances rusos y estabilizar el frente. Sino que, además, ha encontrado la forma de trasladar la guerra desde Ucrania hasta Rusia, provocando con ello profundos impactos económicos, psicológicos, simbólicos y políticos dentro de la sociedad rusa. Más aún, Ucrania está consiguiendo, al menos por ahora, redefinir esta guerra: pasar de un combate predominantemente terrestre, donde concentra sus mayores vulnerabilidades, a uno aéreo, ámbito en el que está desarrollando y desplegando capacidades sorpresivas.

Hay un elemento adicional, explica Kuleba. El verdadero cambio no radica únicamente en el desarrollo de drones. Esa es apenas una pieza del rompecabezas. Lo realmente relevante es el desarrollo de toda una industria militar capaz de adaptarse a las circunstancias que vive el país y de proveer soluciones con rapidez frente a los retos que Ucrania enfrenta.

Quizás, añadiría yo, uno de los mayores logros ucranianos reside en el impacto narrativo y, por consiguiente, político que toda esta última etapa está produciendo. La historia que hoy se cuenta sobre la guerra es distinta, y esa narrativa circula, por un lado, en los pasillos de reuniones como el G7 o la cumbre de la OTAN en Ankara, con efectos directos sobre el respaldo que Kiev recibe. Y, por el otro, produce costos políticos para Putin tanto entre las élites como dentro de la sociedad rusa, lo que eventualmente podría traducirse en presiones capaces de obstaculizar el esfuerzo de guerra del Kremlin.

Dicho lo anterior, un análisis más profundo revela varios factores. Primero, esta no es la primera vez que Moscú atraviesa circunstancias similares. Recordemos, por ejemplo, el repliegue ruso de Kiev o las contraofensivas ucranianas de 2022, que quebraron de manera sorpresiva las líneas rusas y arrebataron a Moscú el control de buena parte del sur y del noreste del país. O incluso cuando Ucrania ocupó una porción del territorio ruso, en Kursk, en 2024. En cada uno de esos casos, Rusia fue capaz de recomponerse y adaptarse. Su velocidad de adaptación no ha sido especialmente elevada, pero sí suficiente para estabilizar la situación, sostener su esfuerzo de guerra y continuar provocando enormes daños a Ucrania.

En ese sentido, Kuleba, también detalla los avances rusos en materia de drones y sistemas antidrones, explica que está completamente seguro de que, tarde o temprano, Rusia terminará adaptándose al nuevo estilo de ofensivas ucranianas. Eventualmente encontrará nuevas formas de infligir daños a Kiev, aprovechando el mayor talón de Aquiles que hoy tiene Ucrania: la escasez de misiles para defenderse de los ataques rusos con misiles balísticos.

Hay un segundo factor que Kuleba no menciona y que resulta indispensable considerar. Putin ha apostado demasiado para alcanzar sus objetivos estratégicos. El presidente ruso tiene demasiadas fichas colocadas, tanto a nivel de política interna como externa. El costo de ser percibido como débil o derrotado es, para él, tan alto que, por lo general, opta por escalar y proyectar la línea en la que tanto cree: “una superpotencia nuclear simplemente no puede ser derrotada, y quien piense lo contrario haría bien en recalcular”.

En el pasado, esa escalada ha adoptado distintas formas: desde la anexión de territorios hasta el bombardeo sostenido de infraestructura civil o campañas de reclutamiento masivo para multiplicar la presencia de tropas en el frente. En un momento dado, Rusia incluso recurrió a la importación de miles de soldados norcoreanos para combatir contra Ucrania. En el presente y hacia el futuro, habrá que observar hasta dónde está dispuesto a llegar Putin, tanto en Ucrania como frente a sus aliados occidentales. De lo que sí podemos estar seguros es de que hará falta mucho más para alterar el cálculo estratégico del presidente ruso y, por lo tanto, debemos esperar nuevas espirales de escalada que podrían cruzar líneas que hoy todavía desconocemos.

Al final del camino, una guerra de este tipo está definida por factores como la competencia entre las partes para sostener un conflicto de largo plazo. Esto implica mantener sus finanzas y su economía de guerra, sus capacidades industriales, su velocidad de adaptación y desarrollo de nuevas tecnologías, su disponibilidad de fuerza humana y, bajo las circunstancias actuales, también el nivel de respaldo que sus economías, finanzas y capacidades militares reciben por parte de actores terceros. A ello se suman los apoyos políticos y la determinación de esos terceros para mantener ese respaldo a lo largo del tiempo.

Todos estos factores, seguramente, pasaban por la mente de Kuleba cada vez que le preguntaban si el punto de inflexión al que parecía estar entrando esta guerra representaba ya una tendencia definitiva a favor de Ucrania. La respuesta de fondo era clara: falta mucho todavía.

Instagram: @mauriciomesch

X: @maurimm

Comentarios