México y Argentina son los países con mayor personalidad de Hispanoamérica. Curiosamente, están muy lejos uno del otro. Existe rivalidad, pero, más que nada, una competencia emocional. La antipatía surge de una extraña mezcla de admiración, frustración, orgullo nacional y narrativas que ambos países alimentan con entusiasmo. El pique tóxico nace de la necesidad de compararse constantemente.
Los mexicanos —y las mexicanas, imposible evitar la avalancha del lenguaje inclusivo— mantienen una magnífica relación con el mundo, incluyendo a Estados Unidos. Si alguna vez existió animadversión profunda hacia el vecino del norte, la integración ha demostrado que los estadounidenses quizá no sean nuestros hermanos, pero sí, primos cercanos. Basta calcular cuántos millones de estadounidenses pertenecen a familias mexicanas y cuántos millones de mexicanos viven —y desean seguir viviendo— en Estados Unidos. Con Argentina, persiste una tensión difícil de explicar.
Argentina es una potencia futbolística. México aspira a ocupar ese lugar. La diferencia ha producido una relación asimétrica. Mientras Argentina ocupa en México un espacio permanente en el debate futbolístico, México suele aparecer en Argentina como un rival menor, objeto de ironías. La percepción argentina de supuesta superioridad alimenta el resentimiento; el resentimiento, a su vez, fortalece la respuesta mexicana con estereotipos igualmente despectivos. Ambos países dedican una energía desproporcionada a celebrar los fracasos del otro.
Las razones tienen mucho que ver con el éxito del fútbol argentino. Sin dejar de considerar la definición del ego: ese pequeño argentino que se lleva dentro. Existen rasgos psicológicos que contribuyen a esa percepción de arrogancia. Javier Cercas, en su admirable libro El loco de Dios en el fin del mundo, analiza la personalidad del argentino más influyente de nuestro tiempo: no Maradona ni Messi, sino el papa Francisco. El periódico colombiano El Tiempo publicó un célebre titular tras su elección: “El Papa es argentino, pero modesto”. Cercas confirma que Jorge Bergoglio era “dulce, manso, tierno, misericordioso, apacible, humilde y sin ambiciones”, aunque también se pregunta quién es la persona que se ocultaba detrás de esa imagen. Recuerda, además, que antes de convertirse en Papa, Bergoglio fue perseguido por una reputación de soberbia, afán de poder, inflexibilidad y autoritarismo. La referencia ilustra que el estereotipo del argentino soberbio llegó hasta el Vaticano.
En el futbol esa percepción se refuerza con frecuencia mediante provocaciones, celebraciones excesivas o gestos de menosprecio hacia los rivales. Por ello, millones fuera de Argentina —entre ellos muchos mexicanos— celebraron el triunfo de España, particularmente por la derrota argentina.
México debería extraer una lección de este fenómeno. Ningún país construye una identidad deportiva sólida viviendo pendiente de otro. Mientras el fútbol mexicano siga definiéndose en comparación con Argentina, continuará aceptando un papel secundario en una historia escrita por alguien más. Conviene recordar, además, que el deporte no se reduce al fútbol. En béisbol ocurre exactamente lo contrario: numerosos jugadores argentinos llegan a México para aprender y desarrollarse. En ese terreno, los maestros somos nosotros.
México y Argentina tienen demasiado en común para reducir su relación a los insultos futboleros. Es tiempo de sustituir la obsesión recíproca por una relación más madura, en la que el respeto no excluya la pasión y donde ganar no implique necesariamente humillar.
Por lo pronto, gran triunfo de España.
Profesor de la UNAM

