Hay mercados que no nacen porque la sociedad quiera evadir la ley, sino porque la regulación no consigue responder a una necesidad real. El mercado ilegal de medicamentos en internet es un ejemplo. Cuando existe desabasto, precios inaccesibles o dificultades para conseguir un producto, la demanda no desaparece: busca otra salida. Y hoy esa salida puede estar a un clic.

Los análisis recientes sobre la venta ilegal de medicamentos en plataformas digitales muestran una tendencia que México no puede pasar por alto. Redes sociales, servicios de mensajería y plataformas de comercio electrónico se han convertido en escaparates para productos falsificados, caducos o sin garantías sanitarias. El problema ya no está solamente en perseguir al vendedor clandestino: está en entender por qué existe ese mercado y cómo la tecnología lo está haciendo más grande y difícil de controlar.

La premisa también aplica al cannabis. México lleva años atrapado entre una demanda que existe y una regulación que no termina de construir canales legales suficientemente claros para atenderla. La Suprema Corte ha establecido que la prohibición absoluta no es la única vía para proteger la salud pública y que existen alternativas basadas en regulación, vigilancia y control.

Esta distinción es fundamental. Regular no significa liberar sin controles; significa sustituir la clandestinidad por trazabilidad.

En cannabis medicinal, el riesgo es todavía más evidente. Un paciente que adquiere un aceite, extracto o producto con cannabinoides a través de internet puede no saber realmente qué está comprando. La concentración declarada puede no corresponder con el contenido; pueden existir contaminantes o simplemente una composición distinta de la esperada. La diferencia entre un producto regulado y uno clandestino no está en el diseño del envase, sino en el laboratorio, las buenas prácticas de fabricación, la trazabilidad y la responsabilidad de quien lo comercializa.

Construir una industria regulada implica mucho más que cultivar plantas. Significa desarrollar genética, agricultura tecnificada, laboratorios, extracción, formulación farmacéutica, investigación clínica, empaques, logística y sistemas de trazabilidad. Es transformar una materia prima agrícola en productos de mayor valor agregado.

Otros países ya están construyendo esos mercados bajo esquemas regulatorios. Canadá ha desarrollado un sistema formal de producción y comercialización, mientras Alemania ha establecido controles específicos para el cannabis medicinal, incluyendo prescripción, farmacias y supervisión. La experiencia internacional demuestra que es posible combinar acceso, actividad económica y protección sanitaria.

México debería aprender antes de que el mercado negro digital vuelva a tomar ventaja.

La solución tampoco consiste únicamente en retirar anuncios ilegales. El Estado necesita herramientas digitales de vigilancia, bases de datos interfuncionables, mecanismos de verificación de registros sanitarios, códigos de autenticidad y trazabilidad por lote. Las plataformas digitales, por su parte, deben asumir una responsabilidad proporcional a la capacidad que tienen para facilitar transacciones.

En cannabis, esa infraestructura debería diseñarse desde el inicio. Cada producto legal tendría que permitir responder preguntas básicas: ¿quién lo produjo?, ¿qué contiene?, ¿fue analizado?, ¿de qué lote proviene?, ¿quién lo transformó y quién lo comercializó? Esa información protege al consumidor, pero también genera confianza, facilita inversión, fortalece a las empresas formales y abre posibilidades de exportación.

El escenario contrario es sencillo de anticipar: si la regulación permanece fragmentada, lenta o inaccesible, la demanda encontrará canales clandestinos. Los empresarios formales asumirán costos regulatorios mientras los informales capturarán el mercado sin garantizar calidad ni seguridad.

La experiencia del mercado ilegal de medicamentos es contundente: cuando la oferta legal no responde, el mercado negro ocupa el espacio. Internet simplemente lo hace más rápido.

México no necesita elegir entre regulación y salud pública. Necesita entender que una regulación inteligente es, precisamente, una herramienta de salud pública.

La pregunta ya no es si existe un mercado de cannabis. Existe. La verdadera pregunta es quién queremos que lo construya: empresas formales sometidas a reglas claras, o mercados clandestinos que operan sin trazabilidad ni responsabilidad.

Regular no es cerrar los ojos ante el riesgo. Es abrirlos para poder controlarlo.

¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.