“¿Are you enjoying the show? Refill your popcorn You will love the next part”

Christopher Landau.

La simultaneidad de los mensajes recientemente enviados por Washington difícilmente puede leerse como un accidente diplomático. Mientras el director de la DEA, Terrance Cole, eleva públicamente a Omar García Harfuch en plena Conferencia Global para el Control de Drogas llevada a cabo en Buenos Aires, Argentina, a la categoría de “socio de confianza y buen amigo de Estados Unidos” reconociendo la cooperación y fluida comunicación bilateral en el combate al narcoterrorismo, el gobierno de Trump revoca la visa de López Beltrán, hijo del fundador del movimiento transformador que tanto abrazó a narcocriminales empujando a México al precipicio de la violencia e impunidad.

La doble señal resulta políticamente mucho más elocuente que cualquier comunicado. El gobierno estadounidense parece establecer una distinción entre el funcionario mexicano, hombre clave y de absoluta confianza de Sheinbaum para el intercambio de información sensible en materia de seguridad regional, y el núcleo político del obradorismo que se bate en el escándalo de corruptelas y al que ya no le concede automáticamente el beneficio de la confianza.

Para la presidenta la paradoja es especialmente incómoda; el mismo vecino al que se ha hartado de acusar públicamente de injerencista por el caso López Beltrán valida con extraordinaria claridad a uno de los hombres más poderosos de su gabinete, hasta el punto de que ella misma ha señalado el aparente “doble discurso” de la DEA.

El mensaje implícito es casi quirúrgico.

Estados Unidos no está descalificando indiscriminadamente al gobierno mexicano.

Está discriminando entre interlocutores.

Premiando públicamente la cooperación de García Harfuch mientras aplica presión individualizada sobre personajes vinculados al corazón político de Morena.

Para el partido transformador eso es potencialmente más corrosivo que una confrontación frontal, porque destruye la comodidad del relato según el cual, todo cuestionamiento estadounidense puede reducirse a una ofensiva ideológica e intervencionista. Resulta difícil sostener que Trump persigue a Morena en bloque cuando simultáneamente exhibe como interlocutor ejemplar a un secretario federal perteneciente al gobierno de Morena.

El dilema es todavía más fino; defender sin matices con admirable entusiasmo retórico al junior de Palenque sosteniendo que México pierde soberanía cada vez que Washington decide quien cruza su frontera.

La ironía institucional se torna difícil de manejar y eso sin hablar de la contradicción más deliciosa. Para denunciar una supuesta agresión a la soberanía nacional hay que elevar primero al hijo de López Obrador —quien tiempo atrás amenazó con regresar a la arena pública si la cacareada soberanía estaba en riesgo— a la categoría simbólica de asunto de Estado.

Y eso plantea un sinfín de preguntas incómodas dentro del régimen que cruje gracias a la estirpe obradorista.

En medio de las conversaciones y tensiones que rodean el T-MEC justo cuando el régimen necesita administrar con precisión quirúrgica una relación con Estados Unidos atravesada por comercio, aranceles, seguridad, migración e inversión se decide añadir al inventario estratégico la defensa política de la visa del hijo de un expresidente que no es funcionario ni representa al Estado mexicano.

El engrudo, en efecto, no se hizo bolas solo. Se han mezclado deliberadamente partido, familia, gobierno y Estado.

Complicado desenredar la madeja política narcotransformadora sin que llegue a ser un peligroso juego de suma cero.

@GomezZalce

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