Hay males que azotan por las “buenas” intenciones convertidas en fanatismo. Así pasa con algunos gobiernos, especialmente los que, una vez en el poder, se dedican a imponer dogmas de fe a la ciudadanía para construir religiones de segunda que prometen atajos al cielo. Sean de derecha o de izquierda, de esa pata cojean los especímenes que abundan hoy en la polarización o, en plural, en las polarizaciones que caracterizan el ambiente mundial. Con el afán de “impedir que llegue el enemigo”, rompen las reglas, producen estridencias infinitas y revuelven el espacio público a tal grado que al ciudadano promedio le generan aceptación o rechazo absolutos, pero nada o casi nada en medio de ambos.

Pongamos el caso de México. La “derecha” se ha convertido en el espantapájaros preferido del gobierno-partido (un partido que actúa como gobierno y un gobierno que actúa como partido; ellos le llaman “movimiento”). Llevan ocho años desafinando con esa caricatura de propuesta política que se vuelve más patética a medida que sus grietas internas se profundizan y la crítica sigue ofreciendo evidencias de su mala gestión, de la destrucción de instituciones de control del poder y, peor aún, de la vinculación de prominentes dirigentes con el crimen organizado.

En este ambiente de estigmatización de los adversarios, ¿cómo es posible no esperar que se exacerben los ánimos y que crezcan los brotes de su némesis? En la última oleada de gobiernos de izquierda en América Latina, esto ha ocurrido al menos con los gobiernos de Evo en Bolivia, de Correa en Ecuador, del chavismo en Venezuela, de Castillo en Perú o del peronismo en Argentina. Aun aceptando las diferencias de contexto, la constante es la incapacidad de la izquierda para establecer un piso común a todos los actores con poder de decisión o de veto. Un pacto de Estado basado en la negociación plural lo suficientemente consistente como para resistir la alternancia en el poder, intrínseca a la democracia, sin retroceder en los avances conseguidos (aceptando, sin conceder que haya alguno). No. Todos se han empeñado o se empeñaron en imponer una sola voz, la “voz del pueblo”, que ellos, en su arrogancia, se adjudican, y en romper con los principios elementales de la democracia: control popular del poder, no de un partido, e igualdad política de todos los miembros del Estado, no solamente de ellos. Gobiernos de derecha han hecho lo propio en muchos casos. Bolsonaro en Brasil, Fujimori en Perú, Macri en Argentina y el ciclo se repetirá con De la Espriella en Colombia, Fujimori en Perú, Milei en Argentina, Katz en Chile y Bukele en El Salvador.

Si la fuerza natural del péndulo es deslizarse de un lado a otro sin detenerse, la lógica política de los extremos lleva a paralizarlo. La manera de hacerlo es, precisamente, romper con los principios democráticos o, por lo menos, vulnerarlos lo suficiente como para permanecer en el poder sin competencia. Casos extremos: Venezuela, Nicaragua y El Salvador, donde ya no hay democracia, aunque haya remedos de elecciones. Casos limítrofes: Colombia, Bolivia, México, Perú o Costa Rica, donde aún subsiste el sistema electoral, aunque con pronóstico reservado.

Estas posiciones extremas truecan el lenguaje de la política por el de la guerra. Ya no se trata de competir contra el adversario, sino de eliminar al enemigo. Sean de derecha o de izquierda, cuando los gobiernos se adentran en esa lógica, necesitan llegar hasta su última consecuencia: la dictadura en alguna de sus formas, ya sea blanda o dura. De otro modo acaban siendo expulsados con todo y buena parte del tinglado que montaron.

Nada de esto es culpa de la democracia, sino al revés, de no asumirla como el núcleo elemental de un pacto de Estado.

Investigador del IIS-UNAM. @pacovaldesu

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