Hace unos días la presidenta Sheinbaum tuvo un encuentro con el historiador escocés Niall Ferguson. En sus redes publicó un apretado resumen de su charla. “Conversamos sobre el momento histórico que vive México y la relación con Estados Unidos”.
Ferguson es reconocido por sus investigaciones sobre el rol de las instituciones sociales, políticas y económicas en el esplendor u ocaso de las naciones. Una de ellas: “La gran degeneración; cómo decaen las instituciones y mueren las economías” (2012).
Pocos días después la Presidenta tuvo que ocuparse del escandaloso sainete montado por el enfurruñado delfín Andy, con la difusión de su plañidero mensaje al presidente Trump por la cancelación de su visa.
Desde la tribuna mañanera lo arropó, con el poder de la banda presidencial amonestó a quien ose sospechar que el impedimento para gozar del privilegio —Rubio dixit— de ingresar al país del norte, se debe a malos pasos por los placenteros meandros del soberano y nacionalista huachicoleo.
La charla con Ferguson y el “Andygate” ocurrieron mientras en Palacio se trabaja con entusiasmo en la implementación del Plan México; estrategia sexenal de transformación económica y desarrollo industrial, mediante la atracción de inversiones, impulso al nearshoring, sustitución de importaciones, el incremento del contenido nacional y consolidar a México entre las diez principales economías del mundo.
Según se ha dado a conocer, el Plan México está bajo revisión de Mariana Mazzucato, economista del Instituto para la Innovación y el Propósito Público del University College de Londres, quien según lo expresó en estupenda entrevista con Sabina Berman, publicada en estas páginas de EL UNIVERSAL (12-08-26), ya presentó recomendaciones “para impulsar un crecimiento verdaderamente transformador”.
Propone “lograr prosperidad compartida y de economía popular mediante un nuevo modelo de desarrollo que no solo genere crecimiento sino que haga que ese crecimiento se distribuya territorialmente…”
Aconseja romper con “alianzas clientelistas”. Es decir, demoler la economía de compadres, esa inquebrantable asociación entre los políticos y el puñado de putrimillonarios que se renueva sexenio tras sexenio sin importar colores partidistas y sabores ideológicos.
Sostiene que no puede haber prosperidad compartida sin reforma fiscal: “Redistribuir la riqueza acumulada por quienes más se han beneficiado en las últimas décadas”. “Los impuestos sobre la riqueza, las herencias, la propiedad y las ganancias de capital pueden fortalecerse…” y, agrego yo, tampoco sin desarticular la narcoeconomía.
Para ello “el Estado debe fortalecerse, el sector privado transformarse”. Un “gobierno progresista no es sólo que distribuya la riqueza. Lo importante es que sea capaz de crear riqueza de una manera distinta desde el principio”.
Ferguson retoma el pensamiento de Adam Smith, al describir la decadencia a causa del “Estado estacionario” que tiene dos características: 1.- Salarios bajos, 2.- Élite corrupta y monopolista explotadora del orden jurídico y de la administración en su propio beneficio.
Los mensajes de estos personajes imponen una pregunta: ¿podrá nuestro país salir del “Estado estacionario” decadente y alcanzar las metas del Plan México sin comenzar por la liberación de sus instituciones públicas de la cooptación criminal de la que han sido objeto?
Analista político @lf_bravomena
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