El promedio de las encuestas coloca la aprobación de la presidenta entre 67 y 71 por ciento al llegar a su Segundo Informe. Dos años y el número apenas se mueve.

Según “las encuestas”, a Sheinbaum no le pega que una fiscalía de Nueva York acuse formalmente a un gobernador de Morena y a otros nueve funcionarios de trabajar para el cártel; ni que Estados Unidos le quite la visa al hijo de López Obrador y a decenas de funcionarios mexicanos, en una clara muestra de desconfianza hacia México; ni que se agudice la violencia en varios estados; ni que siga creciendo la tragedia de los desaparecidos, a la par del desdén del gobierno hacia las madres buscadoras; ni que la extorsión se haya convertido en un lugar común en la vida de los mexicanos; ni que la economía se estanque; ni que el país pierda inversión. A la presidenta no le afecta nada, según “las encuestas”.

¿Pero, de qué sirve un termómetro cuando no te mide la fiebre que te enferma?

Y si no es verdad eso de que los asesores ganan comisiones inconfesables por publicar resultados convenientes, entonces, ¿qué otra cosa ganan esos flamantes y premiados consultores de comunicación en Palacio Nacional promoviendo un mensaje que cada vez menos gente compra porque cada vez menos gente cree?

Porque la cosa no para en las encuestas, la verdad es que la presidenta ha perdido control en casi todos los frentes.

En el político se le rebela el lopezobradorismo más rancio y cuestionado por sus presuntos vínculos con el narco. Prueba de ello es la narcopolítica de Sinaloa: un Rubén Rocha Moya que desafió a Palacio Nacional con su fugaz regreso al gobierno y un Enrique Inzunza al que parece resbalar todo y que regresó a su curul después de 124 días de ausencia, pese a estar incluido en la acusación estadounidense, aferrado al fuero y al presupuesto.

En lo electoral, la presidenta es rehén de los caprichos del Verde y del PT, que amagan con romper alianzas y dinamitar la elección en varios estados clave del país.

En lo económico, vive un estancamiento que comienza a sentirse en los bolsillos, un endeudamiento que crece a la par que crece la desconfianza para invertir en el país.

En seguridad, el país es un hervidero de tragedias y aberraciones brutales: desde coches bomba hasta fosas clandestinas.

Y en la narrativa, el gobierno sabe que, a pesar de su red de propagandistas, bots y paleros de YouTube, tiene perdida buena parte de la conversación real y orgánica en las redes sociales que consumen millones de mexicanos y que apenas les alcanza para conservar espacios cómodos en algunos medios tradicionales y, por supuesto, en “las encuestas”: un espejito de fantasías para evitar que decaiga la moral.

La presidenta llega a su Segundo Informe con el bastón de mando roto y la brújula de su legado extraviada. ¿Qué dejará la primera presidenta de México si no es tibieza y complicidad con lo peor de su movimiento? ¿Cuál será la obra insigne por la que se le recuerde? ¿Qué logro marcará su nombre en la historia?

De entrada, faltan 277 días para la elección de 2027, que se antoja no solamente polarizada, sino marcada por un régimen dispuesto a aferrarse con todo al poder acumulado.

Ya vimos que es capaz hasta de usar al narco para ganar elecciones.

De Colofón.- Ahora resulta que los programas sociales no se pagan con impuestos, sino que son producto de la “austeridad republicana” de AMLO. Quizá a la senadora Malú Micher no se le dan bien los números porque es más fácil vivir del dinero público que generan los contribuyentes del sector privado.

Casi 60 de cada 100 pesos que gasta el gobierno provienen de los impuestos, el resto proviene en su mayoría de deuda. El dinero no aparece por arte de magia o por decreto mesiánico.

Y la “austeridad” de AMLO fue otro invento que roza en la mentira, su gobierno terminó gastando mucho más: en 2018 el gasto neto ejercido con respecto al PIB era de 23% y para el cierre en 2024 fue de más de 27%, concretamente un 4% más.

Y lo peor de todo es que ese dinero se va en pagar sueldos como el de la senadora y otros peores.

@LuisCardenasMX