Las universidades jesuitas siempre han sabido responder a los retos de su tiempo, sin permanecer ajenas a la realidad. Por ello, en días pasados, la Universidad Iberoamericana y la Universidad Javeriana realizamos unas jornadas académicas sobre los retos para la construcción de paz en nuestros países, en el marco del “Seminario Intercolegiado Alternativas para la Paz, la Reconciliación, la Memoria y la Verdad en México y Colombia”, en el que colaboran —también— otras instituciones de educación superior latinoamericanas como la UNAM.

Como rector de la Ibero, participé en el evento académico e impartí una conferencia a un nutrido grupo de jóvenes.

Al describir el contexto mexicano, precisé cómo aunque hay datos alentadores en cuanto a la reducción de homicidios, subsisten desafíos que no podemos soslayar. Señalé que la crisis de desapariciones continúa; que la impunidad persiste —93.4% de los delitos que fueron denunciados o, pese a haberlo sido, no derivaron en una sanción efectiva—; que las extorsiones y el cobro de piso no han sido aún controlados; y que la reforma judicial ha generado incertidumbre.

También, en consonancia con las posiciones que siempre hemos articulado, insistí en la necesidad de robustecer los controles civiles sobre la participación militar en labores de seguridad y alerté sobre los impactos que en la vida de las personas causa la prisión preventiva oficiosa, figura penal que la propia Corte Interamericana de Derechos Humanos ha criticado.

Finalmente, insistí en que la paz sin justicia puede ser violencia disfrazada de orden. Apunté que la vivencia de las madres buscadoras, tanto en México como en Colombia, es paradigmática en este sentido: sin procesos legales de justicia, sin esclarecimiento en clave de verdad, sin atención victimal empática, sin reparación del daño y sin restitución digna de los restos de sus seres queridos —cuando ese fuera el triste desenlace de las investigaciones—, convocarles a la paz resulta incluso cruel. Esta posición está firmemente arraigada en nuestra tradición, pues como enseñó el papa Francisco: “Sin justicia no hay paz. De hecho, si no se respeta la justicia, se generan conflictos. Sin justicia, se consagra la ley del fuerte sobre el débil”.

Al término de la conversación, dos preguntas quedaron en el aire: ¿Es realmente el enfoque de paz el más adecuado para entender y acometer la reducción de la violencia de los grupos delictivos ligados al narcotráfico? ¿Son todavía útiles las recetas tradicionales de la justicia transicional para contextos como los nuestros? Se trata de preguntas que, estimo, vale la pena sopesar.

Tras la ponencia se abrió un interesante debate entre las y los estudiantes. Este fue sin duda el momento más esperanzador del intercambio. Desde luego, Colombia y México tienen aún enormes retos por delante para reducir sus violencias. Pero en ese camino, en el que ambas naciones pueden aprender de sus experiencias comunes, un signo alentador es que existe hoy una creciente masa crítica de estudiantes y especialistas que, con empatía ante las víctimas de la violencia y con la frescura inherente a su juventud, analizan las causas de la violencia y buscan alternativas adecuadas a nuestro contexto latinoamericano.

En esa tarea, sin duda alguna se sitúan a la vanguardia las universidades jesuitas como la Ibero de México y como la Javeriana de Colombia que, fieles a su tradición e identidad, hacen lo posible por cargar y hacerse cargo de la realidad.

Rector de la Universidad Iberoamericana

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