Hay una parte bastante incómoda cuando consumes a una persona como autora, activista, música o cualquier otra figura pública y descubres algo que contradice la imagen que habías construido de ella. Porque todo lo que consumimos es político.

Esta semana, Angela Davis se presentó en la UNAM como parte de la FILUNI 2026. Su presencia ocurrió, además, en medio de cuestionamientos que no podemos esconder debajo de la alfombra: sus posiciones sobre Palestina e Irán, sus acercamientos políticos y, ahora, su encuentro con la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada.

Para mí, Angela Davis no es cualquier persona. Es una de las pensadoras a partir de las cuales he construido mi manera de entender los feminismos, el punitivismo y, particularmente, el derecho penal. Es una mujer que fue perseguida por el Estado y que convirtió esa experiencia en una crítica profunda a las estructuras de poder, al racismo y al sistema carcelario.

Su obra nos obliga a formular preguntas incómodas: ¿por qué castigamos?, ¿a quién castigamos?, ¿qué entendemos por justicia? y ¿por qué hemos asumido que la prisión es una respuesta natural frente a la violencia?

Por eso me resulta difícil mirar la reunión entre Angela Davis y Clara Brugada como una simple fotografía protocolaria. Brugada le entregó las Llaves de la Ciudad de México y la presentó como una referente imprescindible de la lucha antirracista, feminista y por los derechos humanos.

Y yo no puedo dejar de preguntarme: ¿de qué hablaron? ¿Hablaron de las mujeres que han muerto recientemente en Santa Martha Acatitla? ¿De las condiciones de reclusión? ¿De la prisión preventiva oficiosa? ¿De las mujeres privadas de la libertad que han sido olvidadas por el sistema y que, precisamente, forman parte de las poblaciones que durante décadas han estado en el centro de la reflexión de Davis?

Entre marzo y junio de este año murieron seis mujeres dentro de Santa Martha Acatitla. No sabemos si estos temas fueron discutidos en aquella reunión. Y quizá ese es justamente el problema.

No basta con que un gobierno se presente como progresista, feminista o defensor de los derechos humanos. Las palabras también tienen que enfrentarse con la realidad. La Ciudad de México ha construido buena parte de su identidad política alrededor de la izquierda y la defensa de derechos, pero eso no la coloca por encima del escrutinio.

Y entonces regreso a BTS, que tampoco es un grupo cualquiera para mí.

Mi acercamiento a ellos nunca estuvo separado de la dimensión política de su música: las presiones económicas, la desigualdad, la juventud, las expectativas sociales y las contradicciones de crecer dentro de un sistema profundamente competitivo.

No los entendí nunca como un grupo apolítico. Su trayectoria está atravesada por cuestionamientos a las estructuras sociales y por una relación particular con la historia y la identidad coreanas. Por eso lo ocurrido hace unas semanas también me pegó.

RM y J-Hope asistieron a un concierto de Chris Brown en Toronto y posteriormente Brown publicó una fotografía con ellos. Y sí: Chris Brown es un potencial feminicida. Existe un historial público y documentado de violencia contra mujeres que hace imposible fingir que se trata simplemente de otro artista con quien coincidieron casualmente.

La reacción tampoco vino solamente de personas externas al fandom. ARMY se dividió. Y esto importa porque se trata de una comunidad compuesta mayoritariamente por mujeres, muchas de las cuales han encontrado en BTS un espacio de identificación, acompañamiento y resistencia ante violencias.

¿Cómo puede un grupo cuya música ha construido parte de su identidad alrededor de cuestionar determinadas estructuras de poder terminar dando visibilidad a un hombre cuya trayectoria representa algunas de las violencias que muchas de sus propias seguidoras han tenido que enfrentar?

No significa que RM y J-Hope sean responsables de los actos de Chris Brown. Significa que asistir públicamente a su concierto, aparecer junto a él y permitir que esa imagen circule tiene una dimensión política.

Y mientras tanto, el silencio. RM y J-Hope no han ofrecido una explicación pública sobre la controversia. Quienes tienen el poder de explicar una decisión permanecen en silencio y quienes quedan obligadas a gestionar la contradicción son las demás.

Eso está pasando dentro de ARMY: mujeres enfrentándose entre sí para defender o cuestionar a hombres que no están hablando. La división crece y la contradicción termina convirtiéndose en un problema entre fans, en lugar de permanecer como una pregunta dirigida a quienes tienen el poder de responderla.

Esto me lleva a una cuestión mucho más grande que Angela Davis o BTS: las luchas también se mercantilizan. Es evidente que el feminismo, la diversidad, la rebeldía y la resistencia venden.

Las industrias aprendieron que nuestras causas pueden convertirse en identidad de marca y que incluso el lenguaje de la emancipación puede utilizarse para producir capital. Por eso debemos tener cuidado cuando nuestros referentes ocupan espacios de poder, mercado o legitimidad institucional.

No es lo mismo cuestionar el capitalismo que convertirse en una mercancía dentro de él. No es lo mismo criticar el castigo que sentarse junto a quienes administran instituciones punitivas sin preguntar qué ocurre dentro de ellas. No es lo mismo hablar de feminismo que aceptar políticas que, bajo el nombre de protección, terminan castigando a las mismas mujeres pobres, racializadas y disidentes.

Angela Davis habló esta semana de no permitir que la desesperanza gane. Quiero creerle.

Pero también quiero preguntarme cómo vamos a evitar que la desesperanza gane si cada vez tenemos menos espacios que sentimos seguros; si nuestras luchas son convertidas en productos; si nuestros gobiernos progresistas también tienen que ser cuestionados; si nuestras universidades pueden convertirse en espacios de criminalización; y si incluso quienes construyeron su legitimidad desde la resistencia pueden encontrarse, en algún momento, del otro lado de aquello que nos enseñaron a cuestionar.

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