Dr. Juan Jesús Gutiérrez Trejo
Integrante del Comité de Resiliencia, CICM
La resiliencia se ha incorporado al lenguaje cotidiano para describir la capacidad de sobreponerse a situaciones adversas. Sin embargo, su significado es más amplio que simplemente "resistir" o "aguantar". El concepto proviene del latín resiliens, asociado con la idea de volver al estado anterior después de un impacto. Inicialmente fue utilizado en la física y la ingeniería para describir la capacidad de los materiales de recuperar su forma tras una deformación. Posteriormente, en la década de 1960, fue adoptado por la psicología y, durante los años setenta, por disciplinas como la sociología, la economía y la ingeniería ambiental. Actualmente, la resiliencia se entiende como la capacidad de un sistema para absorber los efectos de un evento disruptivo, adaptarse y recuperar su funcionalidad en el menor tiempo posible.
En el caso de la infraestructura urbana —edificaciones, redes de agua potable y drenaje, electricidad y transporte—, la resiliencia adquiere especial importancia frente a fenómenos como sismos, huracanes, inundaciones, incendios y tsunamis. Determinar qué tan resiliente es una infraestructura no es sencillo, pues la resiliencia no depende únicamente de las características físicas de una construcción o sistema, sino de diversos factores externos. Después de un desastre es necesario evaluar si la infraestructura continúa siendo segura, cuánto costará repararla, cuánto tiempo permanecerá fuera de servicio y qué recursos serán necesarios para recuperar su funcionamiento.
La resiliencia de una sociedad y de su infraestructura depende principalmente de cuatro factores interrelacionados: económico, organizacional-social, técnico y rapidez de respuesta. El aspecto económico es indispensable para financiar reparaciones, reforzamientos y reconstrucción. Los recursos pueden provenir de fondos propios, créditos, seguros o mecanismos gubernamentales. Por ello, la transferencia de riesgos mediante seguros y la creación de fondos destinados a desastres pueden contribuir significativamente a una recuperación eficiente.
El factor organizacional también es fundamental. Una sociedad preparada debe contar con protocolos, instituciones coordinadas, personal capacitado y una cultura de prevención. Japón constituye un ejemplo de preparación frente a los sismos, gracias a sus simulacros, protocolos y capacidad para restablecer servicios esenciales en periodos relativamente cortos. Antes de un desastre, es necesario identificar vulnerabilidades y realizar acciones preventivas, como reforzar edificaciones o sistemas de suministro. Después del evento, la coordinación de los servicios de rescate y salud resulta esencial, especialmente durante las primeras horas y días.
El conocimiento técnico permite diseñar, evaluar, reparar y reforzar la infraestructura. Ingenieros estructurales, hidráulicos, especialistas en riesgos, actuarios y otros profesionales deben contar con las capacidades necesarias para responder antes y después de un desastre. La tecnología también puede contribuir a acelerar las labores de rescate mediante herramientas como robots y sensores capaces de localizar personas entre los escombros.
Una vez concluidas las labores de emergencia comienza la recuperación. Para ello se requieren recursos económicos, materiales y personas, además de instituciones capaces de administrarlos de manera eficiente. La demora en reparar una infraestructura no solo genera costos directos, sino también pérdidas económicas indirectas debido a la interrupción de actividades. Por ello, las políticas posteriores al desastre deben considerar simultáneamente los aspectos técnicos, económicos y organizacionales. Estos factores no funcionan de manera independiente. Una recuperación eficaz requiere estudios de riesgo, instituciones transparentes y eficientes, recursos suficientes, personal capacitado y estrategias de prevención y mitigación. La rapidez de respuesta dependerá, en gran medida, del nivel de preparación alcanzado antes del evento.
México inevitablemente enfrentará nuevos desastres naturales; la verdadera cuestión es su capacidad para recuperarse de ellos con rapidez y eficacia. Los sismos de 2017 y el huracán Otis de 2023 muestran avances importantes, pero también evidencian limitaciones. Aunque la funcionalidad general de las ciudades pudo recuperarse en meses o algunos años, ciertas edificaciones e instalaciones requirieron periodos mucho mayores para su recuperación física.
Estas experiencias demuestran que la resiliencia no consiste únicamente en responder después de una emergencia. Su elemento fundamental es la prevención. Una sociedad resiliente necesita anticiparse a los riesgos, fortalecer su infraestructura, establecer mecanismos financieros, capacitar a sus instituciones y desarrollar protocolos de respuesta. En consecuencia, la recuperación de un desastre comienza mucho antes de que este ocurra: prevenir, planificar y prepararse es la mejor estrategia para reducir sus consecuencias sociales y económicas.
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