No es ninguna sorpresa. Al final de mi Breve historia de Canadá (2025) decía que el nuevo primer ministro, Mark Carney, prometió defender al país, a las familias, a las empresas a la hora del “desafío existencial” a la soberanía y la economía de Canadá. Durante la primera presidencia de Donald Trump, el país había sufrido los límites de la convivencia. Las primeras semanas de su segundo mandato prendieron todas las alarmas con la guerra de los aranceles. El peligro viene de Washington. En 1947, André Siegfried, amigo y conocedor del país, escribía: “Canadá sigue siendo una construcción precaria, sin embargo, susceptible, en las condiciones del equilibrio existente, de mantenerse de manera independiente… tiene una personalidad a la cual no renunciará”.
Trump rompe todos los equilibrios, en el mundo entero. Para él, Canadá es el Estado 51 de la Unión y a su primer ministro le dice “gobernador”, porque, entre muchas cosas, codicia sus tierras raras y valiosos minerales: níquel, asbestos, platino, radio, oro, mercurio, zinc; sin olvidar petróleo, gas y electricidad. Mark Carney no olvida que, a veces, el ratón debe ir a la cama con el elefante, pero sabe también que no hay que darle la mano cuando aprieta rudamente. Es el caso ahora cuando fracasaron las negociaciones económicas después de 18 meses de guerra comercial a base de aranceles. México ha de seguir con mucha atención la crisis, porque cuando ves a tu vecino bajo la navaja del barbero, tienes que poner tus barbas a remojar.
Las negociaciones de la última oportunidad se suspendieron sine die y el 22 de agosto Mark Carney pronunció un verdadero Discurso a la Nación. Empezó con decir, en francés, que “somos maîtres chez nous” (amos en casa) y terminó, otra vez en francés, con “En Canadá somos amos en casa, de un océano al otro”. La expresión “amos en casa” remite al particularismo de la provincia de Quebec. La acuñó el primer ministro de Quebec, Jean Lesage, en los años 1960. “De un océano al otro” es, en latín, el lema de Canadá: mari usque ad mare. Mark Carney, al hablar así, combina sagazmente el nacionalismo quebequense y el patriotismo federal. Con acentos a la Churchill, promete tiempos difíciles a los canadienses:
“En la primavera pasada, señalé que los Estados Unidos intentaban quebrarnos para poder dominarnos. Y les prometí que eso no llegaría jamás, jamás y jamás. Respetamos ese compromiso. Somos nosotros los que trazamos nuestro camino. Nosotros los que moldeamos nuestro propio destino. En Canadá, somos amos en casa, de un océano al otro. Construimos un Canadá fuerte —para todos”.
¿Por qué habló así, en inglés y en francés? “No podemos aceptar lo que nos han ofrecido, y nos negamos a darles lo que han pedido”. ¿Qué pidieron los enviados de Donald Trump? Bajo la amenaza de levantar inmediatamente altos aranceles de 50 por ciento, pretendían hacer de Canadá su Estado 51, sino inmediatamente, por lo menos su vasallo. La lista de exigencias señala la voluntad de poner al país bajo tutela económica, militar, cultural, lingüística. Hagamos el inventario para ver cómo atentaba a la soberanía canadiense: Los EU tendrán derecho a supervisar los acuerdos de Canadá con otros países. Canadá tendrá que desmantelar su sistema de gestión de la producción de leche. Tendrá que modificar la reglamentación lingüística de Quebec porque afecta a la oferta de espectáculos en lengua inglesa. Alineará sus tarifas aduanales sobre la política comercial de los EU. Los Estados Unidos controlarán la explotación de los minerales raros. Controlarán también los objetivos de los gastos canadienses en materia de defensa.
Trump aplicó inmediatamente el castigo arancelario y dijo que el lago Ontario se llamará América “porque ya no haremos comercio con Ontario”. A partir del 8 de septiembre, Canadá contratacará con aranceles de hasta 50 por ciento. México debe apoyar la resistencia canadiense.
Historiador en el CIDE
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