Para las personas más jóvenes, déjenme les cuento que en los años 70 y 80 existía una figura amada y odiada en las discotecas de moda de todo México: El Cadenero. Sí, con mayúscula, porque se trataba, en el mundo del ocio y esparcimiento nocturno, de una especie de institución venerada y temida, sobre todo por los hombres. Las mujeres no lo padecían tanto, al contrario, a menos que tuvieran la ocurrencia de presentarse en una disco (eso de “antro” no se usaba, estaba reservado para verdaderos tugurios, de acuerdo con el infame Manual de la Vela Perpetua) con Un Impresentable. Si las chicas iban acompañadas de un remedo de señorito de muy mal ver tanto en su vocabulario y ademanes como en su aliento etílico y sus ojos inyectados y luminosos por las inhalaciones de cocaína, y encima, y muy importante, su vestimenta era de muy mal gusto para el dress code del lugar, no había forma de que entraran al lugar, a menos que acataran la orden:

-Pasas tú sola. -Aish, pero es que viene conmigo, Beto… -tuteaban infructuosamente a Mr. Cadenero Brazos Cruzados Mirada Matona.

-Sólo pasan tú y tus amigas, él no puede entrar, Adriana… -El Cadenero, sí, tuteaba a las Abejas Reinas, faltaba más.

La joven no tenía más que de dos: o dejaba al intento de galán ahí botado con su mala vibra, o mandaba al demonio al Politburó del Buen Existir Discotequero y se buscaba otra disco, o un bar menos exigente.

El Cadenero no tenía piedad. Con un gesto casi imperceptible le señalaba a la joven los zapatos de su acompañante. Los zapatos eran vitales. Mamado, uno de esos cadeneros épicos en el Acapulco del Baby’O, miraba de manera fugaz los papos que presentaba el moconete que pretendía entrar al lugar, identificaba la autenticidad (o no) de la marca, el modelo, el lugar de venta, y en cinco segundos ya había decidido si el prospecto y sus amigotes ingresarían al desmadroso paraíso nocturno.

Pero no era sólo un asunto de clases sociales o de ropa de marca. Había juniors que eran los más peligrosos, los peores, los más corruptos, y esos, tarde o temprano, iban justamente a corromper todo, hasta a los cadeneros que no parecían débiles de voluntad. Un fin de semana y otro también armaban tremendas broncas, no pagaban completa la cuenta, se robaban botellas, no dejaban propinas, se drogaban, se emborrachaban nivel chillar y vomitar, incomodaban mujeres solas o acompañadas, hasta el punto del acoso sexual.

El Cadenero tenía que evitar eso a toda costa. El Cadenero tenía que ser inmune a los intentos de corrupción y los amagos de los grupos, ya fueran niños judíos, libaneses, españolizados, agringados, chilangos a secas, hijos de policías (¿conocieron al Negro Durazo?), o bien, nenes de los presidentes de la república y sus gobers preciosos, además de herederos de los más ricos empresarios mexicanos.

El Cadenero era una especie de incorruptible sumiller que olfateaba y probaba potenciales clientelas explosivas y corruptoras y le daba sentido al letrerote invisible que tenía tatuado en la frente y en orgullo del oficio: NRDS. Nos-Reservamos-el-Derecho-de-Admisión, güey, así me amagues con tus guaruras, guarros (escoltas) o con tu papá no sabes quién soy, gato, o tu jefe narco y sus advertencias de te vas a morir, perro.

-No estás en la lista -les decía El Cadenero, si acaso se dignaba a dirigirles la palabra, se tratara o no de personajes influyentes. Los miraba de frente como diciendo no me intimidas y no los volvía a ver en toda la noche. No mercy. Recibía insultos, amenazas, incluso boicots: la manada de juniors rechazados dejaba de ir a la disco durante meses y por tanto había una merma significativa para la empresa porque esos indeseables solían gastar mucho dinero en todo tipo de alcoholes.

Cuando los insoportables volvían al lugar, se portaban del carajo para perjudicar no sólo a la empresa (el lugar podía ser clausurado por riñas y balaceras, por ejemplo), sino para joder lo más que pudieran a El Cadenero porque, ¿acaso no había sido él el que los había dejado entrar y ayudado a conseguir puestos privilegiados, una de las mejores mesas del lugar antes de que desataran una guerra nocturna cualquier jueves, viernes, sábado y hasta domingos?

Al paso de los años unos cuantos cadeneros prevalecieron por encima de las ínfulas de esos jóvenes lacras y sus prepotentes clanes que todavía en sus años 30 y 40 y hasta 50 seguían yendo a los mismos lugares para pasear su impunidad y ejercitar una vez más sus abusos, frecuentemente contra mujeres, pero la verdad es que la mayoría de los cadeneros terminaron resignados formando parte del mismo estercolero de corrupción y excesos. Se asimilaron al sistema. Se corrompieron, quizá no de acción, pero sí debido a su incapacidad y su frecuente omisión. O a al menos dada su imposibilidad de doblegar al establishment.

Su NRDA sucumbió. Y llevo esa historia a la política de hoy. Claudia Sheinbaum ha querido ser La Cadenera de la 4T y Morena, pero no lo ha conseguido. Vaya que lo intentó, pero la mayoría de Los Impresentables de su movimiento ahí siguen, campantes, aunque ella los haya mermado momentáneamente en sus poderes, transas y excesos. En estos dos años de política, la verdad es que la Presidenta sí falló con los Adanes, los Noroñas, las Maras, las Nahle, las Laydas, los Andis, los Rocha y tantos más que no sólo no se moderan, sino que se reproducen como hiedras.

Ni modo. Así son las herencias cuando no te liberas: un lastre con eslabones irrompibles.

Quizá la culpa sea de su predecesor, El Cadenero Mayor, que nunca lo fue: carecía de un NRDA y dejó entrar a cualquiera por las mismísimas puertas de Palacio Nacional y… ya ven ahora el desmadre que traen en el antro guinda sus camaradas con ínfulas fifís y arranques Daniel Ortega.

Claudia Sheinbaum tiene menos de un año para devenir una implacable cadenera, La Cadenera, o los estropicios podrían ser mayúsculos en el 2027 electoral si su partido sigue avalando personajes que jamás deberían entrar al escenario político local, ni mucho menos al nacional.

Veremos.

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