En días recientes nos han horrorizado noticas de delitos cometidos por menores de edad. Crímenes inimaginables.
La Fiscalía General de Justicia del Estado de Zacatecas confirmó la localización de un adolescente de 13 años, quien es señalado como presunto responsable de una grave agresión física y sexual cometida en agravio de una niña de 10 años.
Tres menores de 13, 15 y 16 años de edad fueron detenidos como presuntos responsables de asesinar y calcinar un conductor de la plataforma digital DiDi.
Cuatro menores de edad fueron detenidos tras cometer un robo con violencia.
Parecen historias distintas, pero en realidad forman parte de una misma tragedia. México enfrenta una de las contradicciones más dolorosas de nuestro tiempo. Miles de niñas, niños y adolescentes son víctimas de violencia, pero también son victimarios.
Detrás de ambas situaciones existe una pregunta que no podemos seguir ignorando: ¿Qué estamos haciendo o dejando de hacer los adultos?
Las cifras dan cuenta de ello. De acuerdo con el INEGI durante 2024 se registraron 36 mil 447 delitos en carpetas de investigación del Sistema Integral de Justicia Penal para Adolescentes, la cifra más alta de los últimos años. Desde 2022 el robo dejó de ser el delito más frecuente para dar paso a las lesiones y al aumento de las investigaciones por amenazas, violencia sexual y narcomenudeo.
Entre enero y mayo de 2026, más de 14 mil niñas, niños y adolescentes fueron víctimas de delitos sexuales; casi 14 mil sufrieron violencia familiar, miles más padecieron lesiones dolosas, homicidios, desapariciones y delitos relacionados con la delincuencia organizada.
Diversas investigaciones advierten que los grupos criminales buscan adolescentes porque son más fáciles de manipular, enfrentan consecuencias jurídicas distintas a las de los adultos y, la escuela dejó de representar una oportunidad.
Una vez reclutados son piezas desechables, halcones, vendedores de droga, mensajeros, cobradores de extorsión, transportistas de armas e incluso sicarios.
La violencia que viven nuestras infancias tampoco termina en las calles. Hoy continúa en los teléfonos celulares, en las plataformas digitales y en las redes sociales, donde el ciberacoso, la explotación sexual, la sextorsión, el grooming y el reclutamiento criminal.
Permitimos que pasen horas frente a una pantalla sin acompañamiento. La ausencia también destruye, los silencios también dañan, la indiferencia deja cicatrices para siempre.
Hace poco una directora de secundaria resumía la realidad de gran parte de sus estudiantes con una sola palabra: “orfandad”, no necesariamente porque hayan perdido a sus padres, sino porque muchos crecen emocionalmente solos.
Por eso la pregunta ya no debería ser únicamente ¿por qué delinquen?, sino ¿dónde estuvimos los adultos cuando dejaron la escuela?
¿Dónde estuvimos cuando sufren violencia en casa?, ¿Dónde estuvimos cuando pasaban horas expuestos y sin supervisión en redes sociales?, ¿Dónde están las instituciones del Estado cuando sus familias pidieron ayuda?
La respuesta no puede limitarse a endurecer sanciones. Necesitamos fortalecer a las familias, invertir en la primera infancia, garantizar atención en salud mental.
Cada adolescente que hoy aparece como victimario, fue muchas veces un niño o niña al que llegamos tarde. La verdadera medida de una sociedad no está en la severidad con la que castiga a sus menores, sino en la capacidad que tiene para protegerlos antes de que se conviertan en víctimas o victimarios.
Porque cuando una infancia se pierde, no fracasa ese niño, fracasamos nosotros los adultos.

