Hay noticias que deberían provocar una discusión nacional y, sin embargo, apenas sobreviven unas horas en la conversación pública. Los resultados de PISA 2025 deberían sacudirnos. México obtuvo 388 puntos en matemáticas, frente a 463 puntos promedio de la OCDE. En lectura alcanzó 408, contra 461, y en ciencias 414, frente a 482. Apenas tres de cada diez estudiantes mexicanos de 15 años alcanzan el nivel mínimo de competencia en matemáticas. En ciencias, sólo la mitad llega a nivel básico. No estamos hablando de formar científicos excepcionales ni de exigir conocimientos extraordinarios, estamos hablando de lo indispensable, de jóvenes capaces de comprender lo que leen, razonar, resolver problemas y adquirir las herramientas necesarias para desenvolverse en un mundo cada vez más competitivo.
PISA comenzó a evaluar las capacidades de los estudiantes en el año 2000; desde entonces han cambiado presidentes, partidos y secretarios de Educación, hemos tenido reformas educativas, contrarreformas y, ahora, una Nueva Escuela Mexicana, pero seguimos sin resolver lo elemental: garantizar que nuestros niños y jóvenes aprendan. El problema, por supuesto, no comenzó con Morena, el fracaso educativo es una responsabilidad acumulada durante décadas. Pero tampoco puede ignorarse que después de siete u ocho años de un nuevo modelo educativo, los resultados no muestran la transformación prometida.
Las becas son necesarias, para muchas familias representan la diferencia entre que un joven continúe o abandone la escuela. Pero una beca no enseña matemáticas. Una transferencia económica no sustituye a un buen maestro, materiales adecuados ni un sistema capaz de medir si los alumnos están aprendiendo. Y ahí está una de las mayores contradicciones, hablamos más de apoyos y menos de aprendizaje, nos preocupa que los jóvenes estén inscritos, pero no parece preocuparnos con la misma intensidad qué ocurre con ellos una vez que entran al salón de clases. Mientras tanto el mundo no espera, los países que encabezan las evaluaciones internacionales entendieron hace tiempo que la educación no es solamente una política social, es una estrategia de supervivencia y desarrollo. No hay innovación sin conocimiento, industria avanzada sin preparación, crecimiento sostenible sin capital humano.
México aspira a traer inversiones, aprovechar su cercanía con EU y Canadá, desarrollar tecnología y convertirse en una potencia económica. Pero, ¿con quién vamos a hacerlo? Nuestro capital humano es nuestra verdadera divisa, más importante que cualquier discurso sobre crecimiento, porque ningún país puede adquirir indefinidamente en el extranjero el conocimiento que dejó de formar en sus propias aulas. Podemos tener petróleo, remesas, turismo, inversión extranjera y una ubicación privilegiada, pero ninguna de esas ventajas compensará generaciones enteras de jóvenes que salen de la escuela sin los conocimientos mínimos para competir con el mundo.
Esta debería ser una emergencia nacional, no podemos esperar otra reforma educativa para volver a empezar de cero ni seguir modificando programas cada seis años como si la educación fuera un experimento político, necesitamos saber qué aprenden los alumnos, medirlo con rigor, corregir lo que no funciona y exigir resultados, porque estamos perdiendo algo mucho más grave que puntos en una evaluación internacional: estamos perdiendo tiempo irrecuperable. El futuro de México está sentado hoy en un salón de clases.
Analista político
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