México y Brasil fueron los únicos países en negarse a apoyar la convocatoria de una reunión extraordinaria de cancilleres en el seno de la OEA para considerar la situación en Nicaragua. En la explicación de su voto, el representante mexicano argumentó que la OEA se excedería en sus funciones dado que Nicaragua ya no es miembro de la organización y no representa un riesgo a la seguridad hemisférica, quizás olvidando que ese país centroamericano todavía es parte de la Convención Americana sobre Derechos Humanos y está, por tanto, obligado a otorgar a sus ciudadanos el derecho al voto.

López Obrador se escondió detrás de la muy manoseada no intervención que aplicaba a contentillo dependiendo de si eran amigos o rivales. Quizás porque el doble rasero fue tan evidente, la presidenta Sheinbaum ha recurrido, para proteger a dictadores, a una interpretación tergiversada y malintencionada del principio de autodeterminación de los pueblos. Asentado en la Carta de Naciones Unidas mucho antes que en la Constitución mexicana, el principio emana de los procesos de descolonización de la post-guerra y se refiere al derecho de los pueblos a la independencia. Ahora es manipulado por regímenes autoritarios y por sus defensores, como Sheinbaum, para justificar los abusos del dictador en turno sobre pueblos que, irónicamente, han perdido todo derecho a elegir de manera libre y democrática su forma de gobierno. Con Nicaragua, la Presidenta se proyecta de nuevo.

Mal que bien, Lula y Sheinbaum encabezan gobiernos en los dos gigantes de América Latina y tienen, por historia y geografía, responsabilidad por lo que ha pasado y continúa ocurriendo en Nicaragua. Entonces, ¿qué les representan Daniel Ortega y su sandinismo autoritario y trasnochado? Si bien sus posiciones con respecto a los tiranos en Cuba, Venezuela y hasta Rusia son impresentables, éstas pueden explicarse —que no justificarse— con nostalgia adolescente por la epopeya de la revolución cubana, rebeldía, antiyanquismo anacrónico, deudas políticas y económicas con el chavismo o una lógica geoestratégica anti-Occidente con respecto a Putin. Pero, ¿Nicaragua? La gran tragedia de ese pueblo ha sido el olvido de la comunidad internacional tras el fin de la Guerra Fría. Irónicamente, nadie habría volteado a ver a Daniel Ortega de nuevo de no haber anunciado hace unas semanas que ya no habría elecciones en su país.

La reunión de cancilleres se llevará a cabo el 17 de septiembre. Se habla de reconocer a un movimiento democrático y plural cuya movilización política es impedida por un estado policiaco y la adopción de medidas que van desde presión o aislamiento diplomático hasta sanciones a funcionarios y empresarios vinculados al régimen, pasando por la suspensión del país en el Banco Interamericano de Desarrollo o restricciones financieras y comerciales. Sin embargo, tras la experiencia con Venezuela, hay justificada desconfianza sobre las verdaderas intenciones de EU, lo que ha impedido un acuerdo. El riesgo de un resultado meramente testimonial, con decisiones sin dientes, es real. Ojalá no sea así. Porque, a pesar de Lula y Sheinbaum, el hemisferio tiene ante sí una nueva oportunidad para dar el apretón que debió haberse dado hace ocho años con el grupo de trabajo para Nicaragua, establecido en la OEA a iniciativa de México. Otro México.

Diplomático de carrera por 30 años, fue embajador en ONU-Ginebra, OEA y Países Bajos @amb_lomonaco

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