El 17 de agosto el rendimiento de los bonos del Tesoro estadounidense a 30 años cerró en 5.31%, su mayor nivel en casi dos décadas. A diferencia de las tasas de corto plazo, que normalmente tienen una relación estrecha con la tasa de interés de política monetaria, las de largo plazo están influidas por múltiples factores.

La percepción generalizada es que este repunte de las tasas de largo plazo ha estado determinado en buena medida tanto por la situación presente como por la posible trayectoria futura de los excesivos niveles de deuda gubernamental. La porción de esta en manos del público representa actualmente alrededor de 100% del PIB, con déficits fiscales del orden de 6% del PIB, cifra sin precedente si excluimos periodos de guerra y recesiones.

A lo anterior se agrega la competencia por fondos derivada del auge de emisiones de empresas vinculadas a la inteligencia artificial. Un tercer factor frecuentemente señalado es la ausencia de una estrategia convincente de la Reserva Federal (Fed) para lograr la convergencia de inflación a la meta de 2%.

En respuesta a los referidos problemas, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, anunció el 19 de agosto que, a partir de la segunda semana de septiembre, la dependencia que encabeza cuando menos duplicará su programa de recompras de bonos a largo plazo, financiándolo parcialmente con la emisión de instrumentos de corto plazo.

Esta estrategia tiene sentido si los factores que están incidiendo sobre las tasas de interés de largo plazo son de naturaleza temporal. De ser este el caso, vale la pena tomar medidas para contener su incremento, evitar un comportamiento desordenado del mercado y sustituir el endeudamiento de largo plazo con emisiones con vencimientos más cortos.

Desafortunadamente, no existen bases para pensar que este escenario se materializará. Aun si la Reserva Federal diseña una estrategia creíble para combatir la inflación, la mayoría de los analistas considera probable que la debilidad de las finanzas públicas persista en los próximos años.

Pero, además, la estrategia del Tesoro está teniendo efectos secundarios negativos. Apenas a finales de julio el presidente de la Reserva Federal, Kevin Warsh, al referirse al incremento reciente de las tasas de interés estadounidenses a lo largo de la curva, destacó las ventajas de que “los precios de mercado respondan en la dirección y magnitud que consideren conveniente”. Así, las acciones del Tesoro operan en sentido contrario a lo que estima oportuno la Reserva Federal.

A lo anterior habría que añadir que, al acortar el plazo promedio de la deuda pública, estas medidas hacen su costo más sensible a la trayectoria de la tasa de política monetaria, lo que puede acentuar las presiones sobre la Fed para que baje, o al menos no aumente, dicha tasa.

Warsh ha manifestado su deseo de continuar disminuyendo el tamaño del balance de la Reserva Federal, que contiene montos elevados de bonos del Tesoro estadounidense. Aunque su posición podría ser influida por las recomendaciones de los grupos de trabajo que están revisando la operación de la Fed, la venta de parte de estos bonos, de llevarse a cabo, presionaría sus tasas de interés al alza, lo que también se contrapondría a las acciones que está tomando el Tesoro.

Existe al menos otro efecto lateral de las acciones del Tesoro que considero importante señalar. Los precios de los activos financieros permiten equilibrar los mercados y obtener información de importancia para guiar la política económica. Interferir con el funcionamiento de este sistema de precios, como lo está haciendo el Tesoro, también contamina a otros mercados, como el del dólar, e implica perder esa valiosa fuente de información.

La reacción del mercado al comunicado del Tesoro es elocuente. El día del anuncio los rendimientos cedieron a lo largo de la curva y la tasa a 30 años cayó nueve puntos base, hasta 5.19%. Al día siguiente subió 4 puntos base, a 5.23%, revirtiendo casi la mitad de la caída.

En su esperado discurso en Jackson Hole del viernes pasado, Kevin Warsh no abordó directamente las referidas acciones del Tesoro, aunque sí insistió en la necesidad de que la Fed cuente con señales del mercado, “lo menos filtradas posible”. Pero el aspecto más relevante del discurso para propósitos de este artículo, es que se interpretó en los mercados como un mensaje prudente en materia de combate a la inflación, reflejándose en mayores expectativas de un apretamiento de la política monetaria en septiembre. El resultado es revelador: las tasas de corto plazo aumentaron, las de largo plazo se mantuvieron prácticamente sin cambios y el dólar se apreció.

Esto refuerza lo que pareciera obvio: la disminución sostenida de las tasas de interés de largo plazo requiere atender las razones fundamentales por las que se han incrementado, es decir, una reducción del déficit fiscal estadounidense que tranquilice a los mercados y la puesta en marcha de una política antiinflacionaria creíble. Una estrategia inadecuada no solamente no soluciona el problema, sino que lo puede empeorar.

¿Alguna lección para México? Por supuesto. Ante un problema fiscal que se ve cada vez más complicado y expectativas de inflación de largo plazo que se han incrementado, hay que poner nuestras barbas a remojar. Con el agravante de que no emitimos la moneda de reserva del mundo y, por ello, nuestro margen para postergar los ajustes es mucho menor.

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