El lío del examen de ingreso abre el callejón de la nostalgia que me lleva al día en que El Supremo declaró que “yo no estoy por los exámenes de admisión. Todos tienen que tener (sic) la oportunidad de estudiar, incluso si llegan con rezagos, para que puedan estudiar”. Sapiencia explicable en alguien a quien le tomó 14 años vencer sus rezagos para titularse.

El Supremo decretó presto que las universidades públicas ya no rechazarían a nadie y que no habría exámenes de admisión, ni siquiera para el bachillerato. Dijo con sintaxis elegante: “Sé que si todos los jóvenes tienen acceso al estudio, que no ha sucedido porque ha sido muy irresponsable lo que han hecho de que se les niega la posibilidad de estudiar a los jóvenes con la mentira de que no pasan el examen de admisión cuando no es cierto.” No. La verdadera causa del “rechazo” es que “No hay presupuesto, no hay espacio, pero no es que no pasen el examen de admisión”.

Antes, cuando era sólo “jefe de gobierno”, para combatir esa falta de espacio y presupuesto, fundó una Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) que, en congruencia con su líder, prefirió a los exámenes de admisión una tómbola supervisada por un notario público. Nació así la universidad AMLÓnoma.

Como todos suelen ser muchos, en su primer año entraron a la tómbola 5 mil aspirantes de los que escogió a 600 que tuvieron más suerte, pero no más conocimientos. Así, la UACM y El Supremo podían argumentar que a los aspirantes los rechazó la tómbola, no la falta de espacio o presupuesto. En palabras de El Supremo, se erradicaban así “la dictadura de los diplomas” y los criterios eficientistas neoliberales, dado que la tómbola eficaz eligió (sin IA) a los “intransigentes con la injusticia, la miseria y el sojuzgamiento”. (El Supremo egresó de la UNAM con un promedio de 6.2, pero ameritó magna cum laude en intransigencia.)

Reactivo: ¿cómo se construye un puente peatonal? Si la respuesta es “con voluntad férrea para que por él transite una sociedad más justa e igualitaria”, el aspirante merecerá 10 en conciencia, pero no necesariamente en ingeniería. ¡Siguiente!

En sus primeros 10 años, la UACM graduó sólo a 47 alumnos de los 12 mil que tombolearon: la tómbola fue igualitaria, pero más lo fue la mala suerte. Luego de esos 10 años, que costaron 5 mil 500 millones de pesos, hasta la rectora Esther Orozco declaró que la UACM era un fraude y un desastre. La Asamblea del entonces DF del Supremo la echó de la rectoría y puso en su lugar a Enrique Dussel, pensador con conciencia social…

En fin, que la UNAM revisará el entuerto, repondrá el examen y deslindará responsabilidades. El daño, lamentablemente, está hecho y no tardarán en aprovecharlo los licenciados y doctores para quienes, como ordena su Pontifex Maximus, examinar y evaluar es una “mentira”. No es pequeño el riesgo de que las universidades se conviertan una vez más en escenario de la pugna entre nuestro constitucional régimen democrático liberal y el “igualitarismo” regido por las tómbolas.

Hasta ahora, la 4T sólo han reconocido pertinentes dos exámenes de admisión: el que se aplica a quienes desean ingresar al Instituto Nacional de Formación Política del MoReNa, sede de robustos pensadores, y el que El Supremo dispuso para los aspirantes a su escuela de beisbol, que sueñan llegar a las grandes ligas en Estados Unidos.

Mientras tanto, en las universidades, como declaró el Lic. Andrés Manuel López Obrador, “no hay presupuesto y no hay espacio”. Lástima que haya preferido entregarles el presupuesto y el espacio a los trenecitos, más interesado en los turistas posibles que en los universitarios probables…

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