Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia a plagar América de miserias en nombre de la libertad” (Simón Bolívar, 1829, Carta, desde Guayaquil, al coronel Patricio Campbell).

El actual gobierno de los Estados Unidos, una oligarquía despojada de cualquier sentido de la ética, ha convertido a la gestión gubernamental en una fuente inagotable de enriquecimiento personal o familiar obsequiando lecciones, antes inimaginables, a los cleptócratas de hoy y de mañana; la prolongación sine die de la agresión a Irán, en una guerra de enorme impopularidad entre los electores estadounidenses por la alucinante elevación del precio internacional del petróleo y, muy particularmente, de sus derivados de consumo cotidiano, simultáneamente beneficia a los valedores de Trump, incrustados en el negocio de los combustibles fósiles.

El reparto indiscriminado de aranceles, en ningún caso cobijados por la política industrial que les daría sentido siempre que ese manto protector beneficiara a industrias infantas de EUA y, especialmente, fuese de corta duración (List dixit), solo tiene el extraño propósito de reindustrializar a una economía post industrial, sueño guajiro, y de poner en práctica una confrontación económica y comercial con la potencia emergente, China, que -al igual que Gran Bretaña durante el siglo XIX- se ha convertido en el obrador planetario y que es un adversario demasiado poderoso para la plutocracia estadounidense. Al igual que la guerra, es una política sin sentido, condenada al fracaso, previa elevación del costo de la vida de su propio electorado, pero arroja las ganancias del rentismo monopolista.

En 2019, Giuliano Da Empoli publicó un texto extraordinario, Los ingenieros del caos (Anaya Multimedia, Madrid), que describe con detalle el costal de mañas del que dispone el populismo de derecha para sacar raja de la desestabilización del capitalismo democrático, sumido en una profunda crisis que analiza a profundidad Martin Wolf (2023). El del caos, es el ambiente propicio para erosionar una institucionalidad democrática liberal, de suyo anémica por sus propias, profundas contradicciones internas; con el caos, también, se engendran inconcebibles paranoias, ahora anti comunistas, que evocan los inquietantes años (1950-1954) del macartismo que -en obvio de términos- inhibió hasta el silencio sepulcral la libertad de expresión en el país auto percibido como faro de libertad. El subnormal, y los proto fascistas que le acompañan dentro y fuera de los EUA, ha descubierto una campaña orquestada por la ultra izquierda terrorista (¿?) y convoca a combatirla a docenas de países “leales” al suyo. Los distractores se emplean por todo el mundo, no hay duda; pero echar mano de semejante anacronismo para poder entrometerse en donde nadie le llama, es un recurso tan perverso como tonto.

¿Dónde existe la <<ultra izquierda radical>>, por añadidura terrorista, más allá que en la desmayada inteligencia trumpiana? Como en los buenos tiempos del Senador Joseph McCarthy, se puede acusar, sin ningún tipo de pruebas y a quien sea, de ser comunista. Con ello, resulta muy sencillo descalificar a cualquier punto de vista distinto al gubernamental; el Partido Demócrata, aliado de la clase trabajadora, durante los muy idos tiempos del orden del New Deal, parece la primera víctima -por su auto parálisis- de esta nueva ola anticomunista. La segunda, volveremos a ser todos los involucrados en el corolario Trump de la Doctrina Monroe: el patio trasero del renacido imperio.

“No hay mal que dure cien años” (ni pendejo que los aguante), reza la esperanzadora conseja popular; una rebaja, digamos a 81, no la vendría nada mal al sufrido planeta. Morenita del Tepeyac, compadécete de este mundo y amplia la nómina del otro. Por favor.

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