Un cambio no requiere que desde el principio salgan millones de personas a las calles para ser posible, necesita algo más fácil de alcanzar: una minoría de ciudadanos que conozca sus derechos, se organice, exija y obligue otra vez al poder a tener límites. Las grandes transformaciones democráticas rara vez empiezan con todos; en realidad empiezan con algunos que deciden dejar de acomodarse.
De esto platiqué con Alfonso Zárate en el podcast En Blanco y Negro, cuya conversación completa puedes ver aquí: https://www.youtube.com/watch?v=L6ixM6_gg2w Su explicación sobre nuestra cultura política ayuda a entender mucho de lo que estamos viviendo. Durante décadas aprendimos frases como "el que no tranza no avanza" o "no me den, pónganme donde hay". Sabemos que las reglas están torcidas y, demasiadas veces, en lugar de exigir que se enderecen buscamos cómo sacarles provecho.
Ahí está una parte del problema. Cuando una institución no funciona, aparece el conocido que consigue la inscripción escolar fuera de tiempo, el contacto que acelera un trámite o el "cómo nos arreglamos" frente al agente de tránsito. Resolvimos el problema de hoy, pero reforzamos el problema de siempre: aceptar que las reglas dependen de a quién conocemos.
Zárate sostiene que México arrastra desde hace mucho una cultura democrática débil. Se argumentaba, durante el Porfiriato, que la prioridad era la paz; igualmente, después de la Revolución, era la justicia social. De esta manera, se construyó una perspectiva que invitaba a creer que la democracia podía esperar. El problema el día de hoy, es que seguimos pagando parte de esa factura: millones desconfían de las instituciones, conocen poco sus derechos o sencillamente no creen que exigir sirva para algo.
La paradoja es dura: quienes más necesitan que el Estado funcione pueden terminar siendo quienes menos esperan de él.
Pero hay una razón para no caer en el pesimismo. Como explicó Zárate, no necesitamos movilizar al 100% de los mexicanos. En los años noventa, grupos relativamente pequeños de ciudadanos, académicos e intelectuales empujaron cambios que parecían lejanos: instituciones electorales más independientes, reconocimiento de triunfos opositores y reglas que fueron abriendo el sistema. Una minoría organizada terminó moviendo mucho más de lo que indicaba su tamaño.
Por eso las democracias no se defienden solamente el domingo de una elección. También se defienden exigiendo mejores candidatos, mejores partidos y mejores instituciones durante los años que hay entre una boleta y otra.
Y aquí tenemos una responsabilidad que solemos olvidar. Los partidos reciben recursos públicos. Los pagamos nosotros. Sin embargo, cuando sus dirigentes son mediocres, cuando presentan malos candidatos o cuando dejan de representar a los ciudadanos, nuestra reacción suele limitarse a despreciarlos. Ignorar esta realidad no la mejora, sino que deja el terreno más libre para que las cosas permanezcan como están.
Esperar simplemente a que Morena se desgaste sería un error parecido. Un gobierno puede acumular contradicciones, pleitos internos y malos resultados y aun así durar muchos años si enfrente no existe una alternativa que inspire confianza. Las fracturas tampoco aparecen solas: hay que construir opciones capaces de aprovecharlas.
Por eso la meta de 2027 no tendría que ser "desaparecer a Morena". Tendría que ser recuperar contrapesos. Que ningún partido pueda cambiar la Constitución sin escuchar a los demás. Que el Congreso vuelva a ser un espacio donde el gobierno tenga que explicar, negociar y rendir cuentas. Y que en los estados aparezcan candidatos defendibles, incluso ciudadanos sin militancia, capaces de sumar más allá de las siglas.
México no tiene que esperar una gran crisis para reaccionar. Podemos empezar antes. Un ciudadano que exige vale más que diez resignados; miles de ciudadanos organizados pueden cambiar instituciones enteras. El futuro del país no depende solamente de cuándo se desgaste un partido. Depende, sobre todo, de lo que seamos capaces de construir nosotros mientras eso ocurre.
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