Los cruceros son peculiares y fomentan todo tipo de emociones y experiencias: amor, odio, cringe. Familias, generaciones, nidos vacíos, bebés en carriola, menores de edad con y sin supervisión adulta, los de silla de ruedas, viajeros en solitario y otros, conviviendo en una superficie flotante de dimensiones limitadas. Colores, sabores, lenguajes distintos y acentos inesperados, a veces para bien, otras para hacerse wey y subirse de cualquier manera al elevador. Un hotel sobre el mar que va dando la vuelta no sólo con elevadores y muchos pisos -que en el lenguaje marinero se llaman cubiertas- sino además espacios para todo tipo de eventos, teatro, un sinnúmero de bares y cafés, galería de arte, en fin, un poco de todo para pasarla entretenida entre puerto y puerto. 17 pisos en total, sin el 13, un par de ellos reservados para las clases altas de tarjeta dorada y acceso a todos lados además de su propia alberca y facilidades. 728 cabinas sólo para la tripulación.
Son finales de verano y el calor está insoportable por lo que la primera noche decido dormir con la ventana de mi camarote semi abierta y poder así disfrutar del sonido del mar. Mala idea. Me amanece como a las cinco, helada; logro volver a dormir, pero me pierdo del desayuno formal. Entonces, café, cuernitos y otras tantas ricuras recién horneadas en el café de arriba del bar principal. Los cruceros son sitios para comer y beber con singular alegría prácticamente a cualquier hora de la noche o del día. La comida es buena y los alcoholes empiezan a las 12 pm. No obstante y con una sola excepción, no llegué a ver pleitos ni provocaciones o ridículos demasiado graves. La excepción fue una rubia cuarentona de shorts blancos quien insistía en bailar con el solista de la banda en vivo que amenizaba la noche. Cada vez más cerquita, levantando los brazos y moviendo las caderas de manera sugestiva, mientras que el pobre hombre la esquivaba sin ser grosero. No pasó a mayores. Resulta que la mujer venía con pareja y el músico fue salvado por una niña de tres años que también quiso bailar.
Y es que los pasajeros a eso van, a olvidar inhibiciones, a ponerse el bikini con todo y a pesar de los kilos de más, la celulitis o, la antigüedad de la carcasa. Señoras y señores en sus mejores galas playeras y en las noches con vestido de coctel. No hice nuevas amistades pero sí experimenté buena voluntad, sonrisas gratis y el cuasi trauma de haber conocido a una chica de Querétaro con su hija de siete años quien no lograba hablarme “de tu”. Ya lo sé, amables lectores y lectoras, pero como el meme de Haaland en donde se asusta ante su propio reflejo, a veces mi imagen no corresponde a mi estado de ánimo eternamente juvenil. La tripulación trabaja incesantemente, rara vez sin una sonrisa. Me impresiona. Miles de pasajeros y a donde voy me conocen por nombre. Enrique, un filipino, es el encargado de mi camarote y se asegura de que en las noches no falte un chocolatito sobre mi almohada. El director del crucero y sus compinches se hacen cargo de las actividades alrededor de la alberca que van desde yoga y movimiento acuático hasta clases de zumba y cha-cha-chá. Lo que más disfruté fue el Silent Disco y lo recomiendo ampliamente.
Un crucero a Alaska es lo que está de moda. ¿Iría? No lo sé, la tentación está allí pero también el mar y todos los seres que ahí habitan. A estas alturas, un monstruo de metal es lo que menos necesitan.
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