Presidente del Consejo Directivo de Métrica Educativa, A.C.

@EduardoBackhoff

El proceso de ingreso a una universidad es mucho más que un trámite administrativo o un filtro académico; es el primer contacto real que un alumno tiene con una institución. Esta interacción inicial es fundamental: deja en el estudiante una huella indeleble. Si el proceso destaca por su pulcritud, eficacia y transparencia, el aspirante desarrolla un sentido de respeto y pertenencia. Por el contrario, si el proceso se percibe opaco, vulnerable o injusto, la primera impresión es de desconfianza.

Evaluar a cientos de miles de aspirantes no es una tarea fácil que se base en la improvisación. Los exámenes de ingreso a gran escala, como el de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), están sólidamente respaldados por décadas de avances en las ciencias cognitivas, la psicometría y, recientemente, las ciencias de la computación. Gracias a este rigor metodológico, los resultados de estas pruebas se caracterizan por ser considerablemente confiables y estables a lo largo del tiempo. Un ejemplo de esta estabilidad son los resultados de la prueba PISA, que después de 25 años de administración sus puntuaciones se mantienen dentro de ciertos rangos

En condiciones normales, la distribución de las puntuaciones y los indicadores estadísticos de un examen estandarizado no cambian drásticamente de una aplicación a otra, aunque se trate de generaciones distintas. Históricamente, las calificaciones de los aspirantes se agrupan de manera natural formando la clásica campana de Gauss, una distribución "normal" donde la gran mayoría obtiene puntuaciones cercanas al promedio poblacional y solo una minoría obtiene las calificaciones más bajas o alcanza las más altas.

Sin embargo, la adopción de los exámenes en línea introdujo una variable crítica capaz de fracturar esta estabilidad. Al eliminar la supervisión presencial y el ambiente controlado de un aula, el proceso queda expuesto a prácticas indeseables, como es la copia o la ayuda de terceras personas. Para mitigar este problema, las instituciones han confiado en la supervisión a distancia mediante Inteligencia Artificial (IA), con sistemas conocidos como proctoring. Pero hoy sabemos que esta tecnología es insuficiente para garantizar la integridad de los resultados de una prueba. Existen múltiples formas de burlar estos sistemas de vigilancia; desde puntos ciegos en la cámara de la computadora del estudiante, hasta el uso simultáneo de herramientas de IA generativa en dispositivos secundarios que dictan las respuestas correctas en tiempo real.

Es bajo esta lente que los resultados del examen de la UNAM de 2026 resultan insostenibles. Estamos frente a un comportamiento estadístico profundamente anómalo. El problema no radica únicamente en una inflación desmedida de las puntuaciones —que llevó a carreras como Medicina a exigir la perfección absoluta de 120 aciertos—, sino en que la distribución matemática de los resultados de este año es atípica y no se parece en nada a las curvas normales de las generaciones anteriores. Hubo una concentración artificial e inverosímil de aspirantes en los puntajes máximos.

Todo lo anterior es un síntoma claro de que en el proceso de 2026 hubo una disrupción masiva. Cuando la estadística de una evaluación se rompe de esta manera, la validez misma del instrumento queda en

duda. Y al perderse la validez, se fractura el principio de justicia y equidad que debe regir de forma innegociable cualquier proceso de ingreso a la educación pública.

Ante la evidencia de los datos, la UNAM no puede simplemente dar vuelta a la página. La institución está obligada, por su propia historia y prestigio, a revisar a fondo los resultados de este año. Debe identificar, transparentar y corregir las vulnerabilidades y problemas estructurales que su proceso de admisión en línea demostró tener. Restaurar la confianza en su examen no es solo un asunto técnico de psicometría, es un deber ético con los miles de jóvenes que compitieron honestamente y que merecen tener la certeza de que su esfuerzo fue evaluado en igualdad de circunstancias.

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