Durante años nos quitamos los zapatos antes de subir a un avión. Tiramos botellas de agua antes de pasar el filtro. Aprendimos a llegar con horas de anticipación, a no perder de vista una maleta, a enseñar documentos, atravesar escáneres y aceptar que alguien revisara minuciosamente nuestro equipaje.
Nos acostumbramos tanto que dejamos de preguntarnos por qué.
Muchas de esas rutinas tienen una fecha detrás: 11 de septiembre de 2001.
Hace veinticinco años, 19 terroristas secuestraron cuatro aviones comerciales. Dos fueron estrellados contra las Torres Gemelas en Nueva York, otro contra el Pentágono y el cuarto cayó en Pensilvania después de que los pasajeros intentaran recuperar el control.
Murieron 2,977 personas.
Pero el verdadero alcance del 11-S no puede medirse solamente por lo ocurrido aquella mañana. Hay que mirar lo que vino después.
Estados Unidos creó una gigantesca estructura de seguridad interior, reorganizó sus agencias de inteligencia, endureció fronteras y aeropuertos y amplió extraordinariamente sus capacidades de vigilancia. Otros países siguieron el mismo camino.
También cambió nuestra relación con la privacidad.
El Patriot Act amplió las facultades del Estado para investigar, vigilar comunicaciones y rastrear movimientos financieros. Con el paso de los años algunas medidas fueron corregidas o limitadas y varias terminaron incorporándose a la normalidad.
La discusión permanece intacta: ¿cuánta libertad estamos dispuestos a entregar a cambio de sentirnos seguros?
También cambió la manera de hacer la guerra.
Afganistán comenzó pocas semanas después. Luego vino Irak. Después las operaciones antiterroristas, los drones, las fuerzas especiales, las cárceles secretas y Guantánamo.
El proyecto Costs of War, de la Universidad de Brown, calcula que las guerras posteriores le han costado a Estados Unidos alrededor de ocho billones de dólares. Estima además más de 940 mil muertes directas por violencia en las distintas zonas de conflicto y millones más como consecuencia indirecta de esas guerras.
Son cifras discutibles en sus alcances y metodología, pero sirven para comprender una dimensión que solemos olvidar: las consecuencias de aquel atentado se extendieron durante décadas y mucho más allá de las fronteras de Estados Unidos.
Y todavía seguimos pagando algunas facturas.
El viernes, durante la ceremonia del 25 aniversario en Nueva York, se agregó por primera vez un séptimo momento de silencio. Los anteriores recuerdan los impactos de los aviones y el derrumbe de las torres. El nuevo honra a quienes murieron posteriormente por enfermedades relacionadas con la exposición al polvo tóxico de Ground Zero.
Más de 600 integrantes del Departamento de Bomberos de Nueva York han muerto desde entonces por enfermedades vinculadas a las labores de rescate. El día de los ataques murieron 343.
Veinticinco años después, comienza además a pasar de la memoria a la historia. Uno de cada diez adultos estadounidenses nació después de aquellos atentados. Para ellos, las Torres Gemelas cayendo son imágenes de archivo. Para quienes las vimos caer en tiempo real, resulta difícil imaginarlo así.
Tal vez por eso este aniversario merece algo más que ceremonias, flores y minutos de silencio.
Diecinueve hombres secuestraron cuatro aviones aquella mañana. En unas horas mataron a casi tres mil personas. Lo verdaderamente difícil de dimensionar es todo lo que ocurrió después.
Provocaron guerras, modificaron leyes, transformaron aeropuertos, ampliaron la vigilancia, reorganizaron servicios de inteligencia, alteraron la política exterior de la principal potencia del planeta y cambiaron para siempre nuestra manera de pensar la seguridad.
Las Torres Gemelas desaparecieron el 11 de septiembre de 2001.
El mundo que nació de sus escombros sigue con nosotros.
POSTDATA – Desde 2020, las fiscalías omiten registrar hallazgos en fosas clandestinas. Sin incorporar esos cuerpos a la estadística, las cifras oficiales quedan incompletas. La pregunta es obligada: ¿Qué tanto realmente han disminuido los homicidios?
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