Mucho hemos hablado, y también se ha escrito, sobre las consecuencias que provocan la incertidumbre, la desconfianza y la ausencia de un proyecto de nación que reconozca a toda la ciudadanía en sus derechos y obligaciones.
Un proyecto que sustituya las complicidades de grupos y los intereses de unos cuantos que terminan siendo tribus o pandillas.
Y mientras estos debates que son relevantes van dominando gran parte de la conversación, el odio también se va apoderando de múltiples espacios, encontrando más eco y es respaldado por miles de personas que lo normalizan o piensan que trabajar a favor de la justicia y la paz son batallas perdidas.
Es hora de preguntarnos: ¿Qué consecuencias está provocando el odio en nuestras vidas?, ¿Qué costos genera en una familia, una comunidad y en el país? ¿Cómo impacta el odio y el resentimiento en las decisiones?, ¿Quiénes son los ganadores?
La historia nos ofrece buena parte de las respuestas a estas interrogantes, y sin embargo, parece que hemos preferido ignorarlas. Ninguno de nosotros nace odiando, pero se aprende cuando los adultos “resuelven” sus problemas con violencia.
El odio está desplazando los valores esenciales de una comunidad, la compasión va en declive, la indiferencia se abre espacio y se normaliza la defensa de aquello que hasta hace poco resultaba indefendible, el desprecio a las víctimas y la protección a los victimarios.
Una sociedad dividida hace añicos a la confianza, descalifica los acuerdos y promueve el conflicto, porque en la cultura del odio ganan muy pocos, pero adquieren poder quienes lo promueven.
Ganan los que quieren controlar, los que traducen el rencor en seguidores, en votos, en ganancias y en ventajas que jamás hubiesen conseguido en una cultura de paz.
Las pérdidas por el odio son incalculables. Pierde quien escucha y debate sobre quien ofende. Pierden las libertades y los derechos. Pierde la democracia y las oportunidades, ya que hay más energía en buscar enemigos que en encontrar soluciones.
Cada vez que el odio da un paso al frente, la esperanza retrocede y desaparece la posibilidad de construir un propósito común. El odio mata los sueños, el porvenir, la empatía y el aliento indispensable para avanzar y crear mejores condiciones de vida.
Ejemplos de lo que el odio está provocando sobran. Ahí están los multihomicidios que horrorizan unas cuantas horas, porque en las siguientes 24, otro peor habrá de cometerse.
Amenazas cobardes a todo aquel que piense distinto o que publique y difunda lo que afecta a los promotores del odio y a sus ganancias. La paz exige mucho más que el odio, y para desgracia, es el único camino que puede garantizar certeza, confianza y esperanza.
Es la única opción que garantiza libertades e instituciones sólidas, y es por eso que resulta urgente preguntarnos sí seguimos abonando al odio o caminamos hacia la paz.
El odio es hoy tan popular y de altísima “rentabilidad” para unos cuantos, pero no para la gran mayoría de mexicanos, somos más los que trabajamos a favor del diálogo y la escucha.
Empecemos en nuestro metro cuadrado, en nuestras redes sociales, en nuestra vida cotidiana, no esperemos a que nadie nos convoque. Al final de cuentas, nuestra nación es la suma o resta de nuestras decisiones y acciones cotidianas.
Estoy convencida que la mejor forma de honrar nuestras vidas, y también a nuestro país, es no dejar que el odio gobierne nuestra vidas. ¿Es fácil?, sinceramente no lo es, pero seguir por donde vamos es peor, así que tomemos de la mano a la paz y acabemos con la indiferencia.
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