Las últimas encuestas electorales traen muy nerviosos al PRI y al PAN. Las tres principales encuestadoras —Buendía y Márquez, Mitofsky y Enkoll— sitúan a Movimiento Ciudadano muy por encima de ambos partidos en los niveles de aprobación, donde ocupamos el segundo nivel (sólo después de Morena). El PRI es el partido con mayor rechazo, seguido por el PAN. Y son estos partidos de la vieja política, aquellos a los que les debemos el ascenso de la 4T, quienes piden la confianza de la ciudadanía como si no le hubieran fallado al país en demasiadas ocasiones.

Hoy Alito insiste —desesperado— en que la oposición debe unirse en un solo gran frente opositor para ganar las elecciones. “No es momento de mezquindad, ni de cálculos políticos”, dijo, como si no estuviera presentando un cálculo político mezquino. Sin coalición el PRI peligra el registro, con coalición arrastra a su bajeza al resto de la oposición. Mientras tanto, el PAN no se decide. Por un lado, Romero ha dicho hasta el cansancio que no se aliarán con el PRI porque la alianza de años anteriores diluyó la identidad y el discurso del PAN. Sin embargo, en los últimos días instó a las dirigencias locales a aliarse con el PRI. Dice que debe ser una decisión local porque “no hay uniformidad” dentro del PAN en torno a realizar o no alianzas con otros partidos. Así es, el PAN está optando por diluir su propia identidad de forma abierta y deliberada.

Nada de esto es nuevo. En México, las coaliciones responden exclusivamente al oportunismo electoral. A diferencia de otros países, aquí no existe el gobierno de coalición, sino coaliciones electorales cuyo único fin es ganar elecciones, salvar a los partidos pequeños y engrosar los porcentajes de representación de las grandes fuerzas en el Legislativo. Son, en suma, una trampa en contra de la ciudadanía. El desdibujamiento de una política partidista basada en principios, valores y la representación legítima de los intereses de la ciudadanía.

Incluso en países donde sí existe la posibilidad de formar gobiernos de coalición, las coaliciones debilitan a las fuerzas menores, lo que termina por alejar a la ciudadanía de estos partidos que no logran representar sus intereses —aquello que prometieron— por ser el menor denominador de la coalición. En la Alemania de Merkel se observó que la coalición del partido de Unión Demócrata Cristiana (CDU) con el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) diluyó la identidad del SPD, lo que provocó conflictos internos y la pérdida de votos. La fusión de ambas fuerzas en esta masa amorfa donde la ciudadanía no encuentra representación ha puesto la alfombra para el ascenso de la ultraderecha.

No es cosa menor. El populismo conecta mejor con las pasiones del electorado, llena aquel vacío de principios y fundamentos que deja la política tibia, aquella que solamente se activa en procesos electorales, que hace cálculos como los de Alito. La oposición auténtica no se puede construir desde la debilidad, sino desde la fortaleza, esa que el PRI de Alito busca desubicado en una foto con Fox. Es un ahogado que busca hundir a otro. Ya lo dijo Máynez con toda claridad, “el objetivo del PRI no es construir una alianza… Lo que quieren es evitar el crecimiento de la Fuerza Naranja: la única alternativa a Morena”.

Una verdadera oposición no puede estar en esa vieja política donde se originó el morenismo. La ciudadanía nos ha dicho ya en demasiadas ocasiones que no confían —con toda razón— en el PRI. La lucha por la democracia, en contra del autoritarismo y la ineptitud oficialista, está en la única fuerza política que ha crecido en las últimas elecciones: en Movimiento Ciudadano. No se trata de cálculos electoreros. Sólo es cuestión de escuchar a la ciudadanía y construir con ella, no con quienes la han defraudado.

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