El 11 de septiembre de 2026 se cumplen cinco lustros de los ataques contra las Torres Gemelas, el Pentágono y otros símbolos del poder en Estados Unidos, que marcaron un antes y un después en la sociedad estadounidense.
Millones de personas de todo el mundo expresaron su solidaridad con la ciudad de Nueva York, con las cerca de 3 mil víctimas y sus familias. Esos ataques unieron a los estadounidenses en contra de un enemigo común: el terrorismo extranjero.
Sin embargo, esa unidad fue efímera. Hoy las inquietudes predominantes son de índole nacional. Una encuesta de Reuters/Ipsos encontró que los estadounidenses están más preocupados por los extremistas locales que por los grupos terroristas extranjeros.
Los tiroteos y actos de violencia en escuelas, centros comerciales y sitios públicos en Estados Unidos no son cometidos por extranjeros, sino por estadounidenses.
De hecho, las amenazas más importantes a la democracia han surgido desde adentro: por ejemplo, el asalto al Capitolio por una turba violenta el 6 de enero de 2021, impulsado por el propio Donald Trump para tratar de impedir la confirmación del triunfo electoral de Joseph Biden y su toma de posesión como el presidente 46 de Estados Unidos.
La otra cara de la moneda es absolutamente alarmante: el belicismo estadounidense. Durante los cuatro años de Trump 1.0 y los veinte meses de Trump 2.0, las fuerzas armadas de Estados Unidos han bombardeado once países. El presidente que prometió no iniciar guerras ha bombardeado Afganistán, Irán, Irak, Gaza, Libia, Nigeria, Pakistán, Siria, Somalia, Venezuela, y Yemen. Ninguno de estos gobiernos ha bombardeado o atacado a Estados Unidos.
En una encuesta realizada en 2025 por el Chicago Council, la corrupción gubernamental y el debilitamiento de la democracia fueron identificados como las mayores amenazas críticas a los intereses vitales de Estados Unidos en los próximos diez años, por encima de otras preocupaciones externas.
Prevalecen las inquietudes internas del ciudadano promedio respecto a la polarización política, el elevado costo de la vida, la desconfianza institucional y la erosión de la democracia. Por ejemplo, existe una viva preocupación de que el propio Trump intente interferir en la celebración misma de los comicios intermedios del 3 de noviembre de 2026 y en el derecho al voto libre.
Durante estas dos décadas, la relación bilateral de Washington con México ha sufrido una mutación muy importante. Pasamos del lenguaje de vecinos, socios e incluso aliados, al de adversarios.
La diplomacia del Departamento de Estado sigue allí, pero el centro de gravedad de la relación bilateral se ha movido hacia el Departamento de Justicia, el Departamento de Seguridad, las agencias de inteligencia, e incluso el Comando Norte de las fuerzas armadas estadounidenses.
La imagen de liderazgo internacional de Estados Unidos se ha deteriorado al punto de que incluso en los países de Occidente que consideraba sus aliados, hay quienes opinan que Washington representa un mayor peligro para la paz mundial que la República Popular China o los países que los propios estadounidenses consideraban parte del ‘eje del mal’.
Es muy paradójico que quien detenta el poder político socave su propia autoridad. Si distinguimos entre poder y autoridad, el hombre más poderoso del mundo está muy lejos de ser un estadista.
Profesor asociado en el CIDE. @Carlos_Tampico
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